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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, La extraña historia de Jonathan Small - 10

La extraña historia de Jonathan Small - 10

En estos tiempos vivíamos de lo que producía la exhibición del pobre Tonga en las ferias y otros lugares por el estilo, donde yo lo presentaba como «el negro Caníbal:» comía carne cruda delante del público y bailaba sus danzas guerreras, lo que nos dejaba al final del día un buen puñado de centavos. Yo seguía recibiendo noticias de Pondicherry Lodge, y durante mucho tiempo no supe sino que los hijos buscaban el tesoro y no lo encontraban. Pero por fin sucedió lo que esperábamos con tanta impaciencia: el tesoro había parecido. Estaba en el techo de la casa, encima del laboratorio químico de Bartolomé Sholto. Fuí á observar el lugar y no me fué posible trazarme en seguida un plan para llegar hasta allá arriba con mi pierna de palo. Averigüé, y supe la existencia de la puerta-claraboya, informándome también de la hora en que el señor Sholto comía. Me pareció entonces que con el auxilio de Tonga podría realizar mi deseo; y, poniendo manos á la obra, lo llevé hasta el sitio mismo, después de haberle atado una larga cuerda en la cintura. Tonga era un gato para trepar, y pronto estuvo en el techo; pero la mala suerte de Bartolomé Sholto lo retuvo en el cuarto, y esto le costó la vida. El negrito creyó haber hecho algo magnifico matándolo, pues cuando yo llegué al cuarto, izándome por la cuerda, lo encontré ufano como un pavo real. Mucho se sorprendió cuando lo acometí á golpes con la punta de la cuerda, echándole mil maldiciones por su insaciable sed de sangre. Tomé el cofre del tesoro y lo arrié por la cuerda, deslizándome yo por ella después; pero primero dejé sobre la mesa la señal de los cuatro, para hacer ver que las piedras preciosas habían ido á dar por fin á manos de aquellos que tenían más derecho que nadie sobre ellas. Tonga tiró la cuerda desde arriba, cerró la ventana, y salió por donde había entrado.

No sé si me falta algo que contar. Había oído hablar á un marinero de la velocidad de La Aurora, la lancha de Smith, y pensé que ésta podía servirnos para nuestra fuga. Contraté, pues, al viejo Smith, y le ofrecí una gruesa suma de dinero si nos ponía sanos y salvos á bordo del vapor. Es probable que Smith se diera cuenta de que á nosotros nos pasaba algo extraño, pero nunca le revelamos nuestro secreto. Todo lo que he referido es la verdad, señores; y si lo he dicho á ustedes no ha sido para divertirlos, pues ustedes no han trabajado ciertamente por mi felicidad, sino porque he creído que mi mejor defensa consistía en no ocultar nada, en hacer que todo el mundo sepa cuál fué el comportamiento del mayor Sholto conmigo, y cuán inocente soy de la muerte de su hijo.

- La historia es extraordinaria - dijo Sherlock Holmes. - Interesante hasta el extremo. En la última parte de su narración no ha habido más que una cosa que yo ignoraba: que la cuerda había sido llevada por usted. Yo suponía que la habían encontrado en el cuarto. Y ahora que recuerdo mi creencia era que Tonga había dejado caer todos sus dardos; pero después tuvo uno más para dispararlo sobre nosotros.

- Sí, señor; todos se le habían caído, excepto el que le quedaba en el tubo con que los lanzaba.

- ¡Ah! ¿De veras? - dijo Holmes; - pero eso tampoco se me había ocurrido.

- ¿Tiene usted alguna otra pregunta que hacerme? - preguntó afablemente el presidiario.

- Creo que no, gracias - le contestó Holmes.

- Bueno, Holmes - dijo Athelney Jones. - Usted es digno de todo género de elogios, y su habilidad para descubrir el crimen queda otra vez comprobada; pero el deber es el deber; y yo he ido muy lejos al hacer lo que usted y su amigo me pedían. Mucho más tranquilo me sentiré cuando nuestro narrador de historias esté bajo cerrojo y llave. El carruaje espera en la puerta, y abajo están los dos inspectores. Reciban ustedes mis agradecimientos por la ayuda que me han prestado. Naturalmente, ambos tendrán que declarar en el juicio. Buenas noches.

- Buenas noches, caballeros - dijo Jonathan Small.

- Usted primero, Small - le dijo á él con intención el corpulento Jones cuando iban á salir del cuarto. - Tengo especial interés en que no me golpee usted con su pierna de palo, como á ese caballero de las islas Andaman.

- Bueno; y aquí ha terminado nuestro pequeño drama- observé yo, después de haber fumado un rato en silencio. - Temo que ésta sea la última investigación en que me haya sido permitido estudiar los procedimientos de que usted se sirve. La señorita Morstan me ha hecho el honor de aceptarme como su esposo en perspectiva.

Holmes soltó un feo gruñido.

- Me lo temía – dijo; - pero realmente, no lo felicito á usted.

Yo me sentí ofendido.

- ¿Tiene usted algún motivo para no estar satisfecho de mi elección? - le pregunté.

- Ninguno. Es una de las más encantadoras jóvenes que he tenido ocasión de tratar, y creo que podría ser muy útil para trabajos como el que acabamos de ejecutar. Tiene dotes marcadísimas para el oficio; recuerde usted cómo supo conservar el plano de Agra, separándolo de todos los otros papeles de su padre. Pero el amor es un agente emocional, y todo lo emocional se opone á aquella fría y exacta razón que yo coloco por encima de cuanto existe. Yo nunca me casaré, porque el matrimonio me haría perder el criterio.

- Yo confío en que el mío sobrevivirá á la prueba - le dije riéndome. Pero lo noto á usted cansado.

- Sí; la reacción comienza ya. Voy á estar por lo menos una semana tan flojo como un trapo.

- Es extraño - le repliqué, - la manera cómo se alterna en usted eso que yo llamaría desaliento, con sus accesos de espléndida energía y de vigor.

- Sí; en mí existen los elementos de un bribón redomado y los de un hombre delicadísimo, lo que me hace recordar con frecuencia estos versos del viejo Goethe:

Schade dass die Natur nur einen Menschem aus dir schuf.

Denn zum würdigen Mann war und zum Schelmen der Stoff.

- Y hablando una vez más del asunto de Norwood, ya se habrá fijado usted en que Small tenía un aliado en la casa, el que no puede haber sido otro que Lal Rao, el criado; de manera que á Jones le corresponde personalmente el honor de haber cogido un pez en su gran red.

- El reparto me parece poco equitativo - observé yo. - Usted lo ha hecho todo en este asunto; yo saco de él una esposa, Jones se llevó la fama, puede usted decirme lo que á usted le queda?

- A mí me queda todavía el frasco de cocaína - fué su respuesta… Y su larga y blanca mano se acercó al frasco.

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