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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, La cadena se rompe - 04

La cadena se rompe - 04

El viejo echó á andar hacia la puerta; pero viendo que Athelney Jones se recostaba de espaldas contra ella, se convenció de la inutilidad de toda resistencia.

- ¡Linda manera de tratar á la gente! - exclamó, golpeando en el suelo con su palo. - ¡Yo he venido aquí en busca de un caballero, y ustedes dos, á quienes en mi vida he visto, me agarran y me tratan de esta manera!

- No por eso le pesará á usted haber venido - le dije. - Nosotros lo recompensaremos por la pérdida de su tiempo. Siéntese usted aquí en él sofá, y no tendrá que esperar mucho tiempo.

Se acercó al sofá, de muy mal modo, y, sentándose, apoyó la cara en ambas manos. Jones y yo volvimos á nuestros cigarros y á nuestra conversación. Pero súbitamente oímos la voz de Holmes junto á nosotros.

- Me parece que ustedes podrían obsequiarme con un cigarro - decía.

Ambos saltamos de nuestros asientos. Holmes estaba allí, sentado junto á nosotros, divirtiéndose tranquilamente con nuestro asombro.

- ¡Holmes! - exclamé. - ¡Usted aquí! ¿Pero, dónde está el viejo?

- Aquí está el viejo - contestó Holmes, alzando en la mano un montón de pelo blanco. - Aquí lo tienen ustedes: peluca, patillas, cejas y todo. Yo creía mi disfraz bastante bueno, pero me parecía difícil que hasta ustedes se dejaran engañar por él.

- ¡Ah, bribón! - exclamó Jones entusiasmado y contento. - ¡Qué actor tan extraordinario habría sido usted! La tos era exactamente la de un pobre en camino del asilo, y esas piernas tambaleantes valdrían en cualquier teatro cincuenta pesos por semana. Pero, con todo, hubo un momento en que yo creí descubrir que al viejo le brillaban los ojos como acostumbran á brillar los de usted. Ya ve usted que no le dejamos escaparse tan fácilmente.

- Todo el día he estado ocupado en nuestro negocio - dijo él, encendiendo un cigarro. - ¿Saben ustedes que ya hay mucha gente de la clase criminal, que empieza á conocerme - especialmente desde que este amigo (y me señaló) tomó á su cargo la publicación de mis pesquisas? - De manera que ya no puedo ponerme en campaña sin disfrazarme, como lo he hecho ahora. ¿Recibió usted mi telegrama?

- Sí, y por eso he venido.

- ¿Y ha adelantado usted mucho en el asunto?

- Todos mis planes han quedado reducidos á nada. He tenido que poner en libertad á dos de los presos, y contra los otros dos no tengo pruebas.

- No importa. Nosotros le daremos á usted un nuevo par en reemplazo de aquél. Pero para eso es necesario que usted se ponga bajo mis órdenes. Puede usted aprovecharse oficialmente de todo el crédito que resulte de nuestra obra. Pero usted no procederá sino conforme á las instrucciones que yo le daré. ¿Conviene usted en ello?

- En todo, si con eso conseguimos cazar á los criminales.

- Bueno. En primer lugar, necesito que un vaporcito de los más rápidos de la policía esté á las siete en el malecón de Westminster.

- Eso es fácil. Siempre hay uno en los alrededores de ese lugar; y para estar seguro, voy á salir y telefonear desde aquí cerca.

- Además, para el caso de resistencia, necesito dos hombres bastante fuertes.

- En el vaporcito nos esperarán dos ó tres de los míos. ¿Qué más?

- Una vez capturados los criminales, nos apoderaremos del tesoro y creo que a mi amigo Watson le agradaría llevar él mismo el cofre á la señorita dueña de la mitad de esos bienes. Que ella sea la primera en abrirlo, ¿no, Watson?

- Mi placer sería inmenso - contesté.

- El procedimiento es irregular - dijo Jones moviendo la cabeza. - Pero todo en este asunto es irregular, y es lógico que pasemos también por esto. Sin embargo, después que aquella señorita vea el tesoro, lo entregaremos á las autoridades para la investigación oficial.

- Así lo haremos. Pero hay otro punto. Desearía conocer de los mismos labios de Jonathan Small algunos pormenores de este asunto. Usted sabe que á mí me gusta descubrir hasta los últimos detalles de los crímenes cuya investigación tomo á mi cargo. ¿No habrá inconveniente para que él y yo tengamos una entrevista aquí, en mi casa ó en otra parte, con la condición de que yo impediré que se escape?

- Usted es dueño de la situación. Yo no poseo todavía prueba alguna de la existencia de Jonathan Small, y si usted es quien lo captura, no veo cómo podría negarme á que hablara con él.

- ¿Convenido, entonces?

- Perfectamente. ¿Hay algo más?

- Solamente que me empeño en que usted coma con nosotros. Dentro de media hora nos sentaremos á la mesa. Tenemos ostras, aves y algo escogido en materia de vino blanco. Watson, usted nunca ha reconocido mis méritos como anfitrión.

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