×

우리는 LingQ를 개선하기 위해서 쿠키를 사용합니다. 사이트를 방문함으로써 당신은 동의합니다 쿠키 정책.

image

Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, La cadena se rompe - 03

La cadena se rompe - 03

El día me pareció interminable. Cada vez que sonaba la puerta ó alguien pasaba aprisa por la calle, me imaginaba que era Holmes que regresaba, ó alguna respuesta al aviso.

Quise distraerme leyendo, pero mi pensamiento no se apartaba de nuestra extraña empresa y de la infame pareja en cuya persecución nos habíamos empeñado. ¿No habrá acaso - me preguntaba mentalmente - algún defecto radical en los razonamientos de mi compañero? ¿Si se estará engañando á sí mismo? ¿No cabe en lo posible que su mente cavilosa y deductiva haya construido sobre falsos puntos de partida la teoría que le sirve de norma?

Yo no le había visto nunca equivocarse, pero el razonador más perspicaz puede engañarse una vez. Y era posible que á él lo indujera á error el extremado refinamiento de su lógica, de su preferencia por las sutiles y caprichosas explicaciones sobre las fáciles y comunes que estaban al alcance de su mano.

Pero, al recorrer con el pensamiento esa larga cadena de curiosas circunstancias, algunas de ellas triviales, pero todas tendientes á la misma dirección, no puedo disimularme que aun en el caso de que las explicaciones de Holmes fueran incorrectas, la verdadera teoría debía ser igualmente excepcional y sorprendente.

A las 3 de la tarde tocaron fuertemente la campanilla, una voz autoritaria resonó en el vestíbulo, y luego entró en mi cuarto, con no poca sorpresa mía, el mismo Athelney Jones en persona. Pero su actitud era muy diferente á la del brusco y sentencioso profesor de sentido común que con tanta confianza en sí mismo se había hecho cargo del asunto de Upper Norwood. Sus ojos miraban con expresión de abatimiento, sus maneras eran moderadas, y todo su ser parecía pedir disculpa.

- Buenos días, señor.

- Buenos días - dijo. - Parece que el señor Sherlock Holmes está ausente.

- Sí, y no sé con seguridad cuándo volverá. Sin embargo, si usted desea esperarlo, siéntese y pruebe uno de estos cigarros.

- Gracias, con mucho gusto - me contestó, enjugándose el rostro con un pañuelo rojo.

- ¿Y con un poco de whisky con soda?

- Bueno, medio vaso. Hace mucho calor por esta época del año, y estoy cansado de tantos trabajos y sinsabores. ¿Conoce usted mi teoría sobre el asunto Norwood?

- Recuerdo haberle oído á usted exponer una teoría.

- Bueno; pues me he visto obligado á reponerla. Ya tenía al señor Sholto estrechamente envuelto en mis redes, ¡paf! de improviso se me escapa por un agujero abierto en el centro mismo de la malla. Ha podido probar una coartada incontrovertible: desde el momento que salió del cuarto de su hermano, no ha estado un solo instante fuera de la vista de alguna persona, de modo que no pudo ser él quien saltó por las ventanas y trepó por los techos. El asunto es extremadamente obscuro, y mi crédito profesional está en juego. Mucho me serviría ahora una pequeña ayuda.

- Todos necesitamos ayuda alguna vez - dije.

- Su amigo el señor Sherlock Holmes, es un hombre maravilloso, señor - continuó el detective en voz baja y tono confidencial. - Es un hombre que nadie puede vencer. He visto á ese joven operar en gran número de asuntos, y no puedo decir que en uno solo haya dejado de producir completa luz. Es irregular en sus procedimientos, y tal vez algo ligero para engolfarse en teorías, pero, en conjunto, habría sido el mejor oficial del cuerpo de detectives, y lo digo sin cuidarme de que se sepa ó no esta opinión mía. Esta mañana recibí un telegrama suyo, del que infiero que tiene algunos datos sobre el asunto Sholto. Este es el telegrama.

Sacó el papel del bolsillo y me lo dió á leer. Estaba fechado en Poplar, á las 12, y decía:

«Vaya usted inmediatamente á Baker Street. Si no he vuelto, espéreme. Sigo de cerca la pista á la pandilla Sholto. Usted puede venir con nosotros esta noche, si desea tomar parte en el desenlace. »

- Esto suena bien - dije. - Seguramente ha encontrado otra vez el rastro.

- ¡Ah! ¿Quiere decir que él también se había equivocado? Hasta los mejores se extravían á veces. Por supuesto, que esto mismo puede ser una falsa alarma; pero como funcionario de la ley, mi deber es no dejar escapar la menor probabilidad. Pero alguien acaba de entrar en la casa. Tal vez sea él.

Oímos un pesado paso por la escalera, al mismo tiempo que un aliento fatigoso y difícil, como un hombre que no puede respirar bien. Una o dos veces cesaron los pasos, como si la ascensión fuera superior á las fuerzas de la persona, hasta que, por fin, llegó ésta á la puerta y entró.

Su aparición justificaba los ruidos que habíamos oído. Era un hombre de edad, vestido con un traje de marinero; la chaqueta la llevaba abotonada hasta el cuello. Encorvado, temblorosas las piernas, su respiración asmática denotaba su sufrimiento. Al apoyarse en su grueso garrote, los hombros se le alzaban con el esfuerzo que hacía para introducir el aire en sus pulmones. En torno del cuello tenía una corbata roja que le cubría hasta la barba, y lo único que pude ver en su cara fué un par de ojos obscuros, muy penetrantes, entre el marco formado por unas enmarañadas cejas blancas y unas largas patillas grises. Su apariencia era la de un respetable capitán de buque, caído en la pobreza y agobiado por los años.

- ¿Qué se le ofrece, amigo? - le pregunté. El viejo miró en torno suyo con la manera tranquila y metódica propia de la edad avanzada.

- ¿Está aquí el señor Sherlock Holmes? - preguntó á su vez.

- No; pero yo lo represento. Puede usted decirme á mí lo que lo trae aquí.

- Tenía que hablar con él mismo – contestó.

- Pero le digo á usted que yo lo represento: ¿Se trata de la lancha de Mordecai Smith?

- Sí. Yo sé dónde está la lancha y sé dónde están los hombres que el señor Holmes busca. Y sé dónde está el tesoro. Lo sé todo.

- Pues dígamelo usted á mí y yo se lo diré.

- A él era á quien tenía que decírselo - repitió con la petulante obstinación de los viejos.

- Bueno; entonces espérelo usted.

- No, no. Yo no voy á perder un día entero por complacer á nadie. Si el señor Holmes no está aquí, que el señor Holmes vaya y averigüe. Ninguno de ustedes dos me inspira confianza, y no quiero decirles ni una palabra.

Y se volvió hacia la puerta; pero Athelney Jones se le puso por delante.

- Espérese un poco, amigo - le dijo. - Usted posee un secreto importante, y no puede salir de aquí. Tiene usted que esperar con nosotros, quiéralo ó no, hasta que nuestro amigo vuelva.

Learn languages from TV shows, movies, news, articles and more! Try LingQ for FREE