La cadena se rompe - 01
Ya estaba bastante entrada la tarde cuando me desperté, fortalecido y rehecho. Sherlock Holmes se hallaba sentado exactamente como yo lo había dejado, con la única diferencia de que en lugar del violín tenía en las manos un libro cuya lectura lo absorbía. Al sentir que me incorporaba me miró, y yo noté que su rostro estaba sombrío y turbado.
- Ha dormido usted con profundo sueño - me dijo. - Yo temía que nuestra conversación lo despertara.
- No he oído nada - le contesté. - ¿Tiene usted nuevas noticias?
- No, desgraciadamente. Confieso que estoy sorprendido y contrariado. Ya para estas horas esperaba alguna información satisfactoria, y Wiggins acaba de estar aquí á decirme que no han encontrado el menor rastro de la lancha. El contratiempo es desesperante, pues cada hora que pasa es una pérdida.
- ¿En qué podría servir yo? Me siento perfectamente repuesto y expedito para pasar otra noche en vela.
- No, nada podemos hacer sino esperar. Si nosotros salimos, el anuncio puede llegar durante nuestra ausencia, y esto ocasionar una demora. Usted salga, si lo desea; pero yo me quedo de guardia.
- Pues entonces voy á escape á Camberwell, á casa de la señora Cecil Forrester. Ayer me suplicó que no dejase de ir.
- ¿De la señora Cecil Forrester? - preguntó Holmes, con un asombro de sonrisa en los labios.
- Pues… sí; y, por supuesto, también á ver á la señorita Morstan. Ambas tenían mucho interés en saber lo que hubiera ocurrido.
- Yo no les diría gran cosa - dijo Holmes. - Nunca se debe tener confianza en las mujeres, en ninguna de ellas, ni en la mejor.
No me detuve á refutar tan atroz sentencia.
- Estaré de vuelta dentro de una hora ó dos á más tardar - fué mi respuesta.
- ¡Muy bien, y felicidades! Pero ya que va usted al otro lado del río, podría llevarme de paso á Toby y devolverlo, pues no creo que en adelante lo necesitemos.
Me puse en camino con el perro, y lo entregué, acompañado de doce pesos, al viejo naturalista del callejón Pinchin. En Camberwell encontré á la señorita Morstan algo fatigada por las emociones de la noche, pero deseosa de saber lo que ocurría. La señora Forrester estaba igualmente llena de curiosidad. Les conté todo lo que habíamos hecho, suprimiendo, sin embargo, las partes más horribles de la tragedia. Así, aunque hablé de la muerte de Sholto, nada dije de la manera y método de que se habían valido los asesinos. Pero á pesar de todas esas omisiones, mi relato fué suficiente para causarles el mayor asombro.
- ¡Eso es una novela! - exclamó la señora Forrester. Una dama despojada, un tesoro de dos millones y medio, un negro caníbal y un bandido con una pierna de madera; estos dos personajes reemplazan al conocido dragón ó al príncipe malvado.
- Y dos caballeros andantes que defienden á la dama - agregó la señorita Morstan, dirigiéndome una luminosa mirada.
- ¡Cómo, María! La fortuna de usted depende del resultado de estas pesquisas, y no veo en usted la menor agitación. ¡Imagínese usted lo que debe ser encontrarse tan rica y tener al mundo entero á vuestros pies!
Sentí que el corazón me saltaba de gozo al ver que la señorita Morstan no daba muestras de alegría ante esa perspectiva. Por el contrario, un movimiento de su orgullosa cabeza indicó que el asunto le interesaba poco.
- Lo que me causa verdadera ansiedad - dijo, - es la suerte del señor Tadeo Sholto. Lo demás no me importa; pero, en cuanto á él, me parece que se ha portado conmigo con la mayor bondad y honradez, desde el principio hasta el fin. Nuestro deber es justificarlo de una acusación tan espantosa é infundada.
Cuando salí de Camberwell anochecía ya, y al llegar á casa la noche había cerrado por completo. El libro y la pipa de mi compañero estaban sobre su sillón, pero él había desaparecido. Busqué algún papel escrito que me hubiese dejado, y no encontré ninguno.
- ¿Supongo que el señor Sherlock Holmes habrá salido? - pregunté á la señora Hudson, cuando vino á bajar las persianas.
- No, señor. Está en su cuarto, señor. ¿Sabe usted, señor - y bajó la voz hasta hacerse casi imperceptible - que estoy asustada por la salud del señor Holmes?
- ¿Por qué, señora Hudson?
- Pues, porque está muy extraño, señor. Cuando usted se fué, él se puso á pasear y pasear por el cuarto, de esquina á esquina, tanto, que llegó á aturdirme con el ruido de sus pasos. Después le oí que hablaba y murmuraba solo, y cada vez que sonaba la campanilla salía á la escalera á preguntarme: «¿Qué es, señora Hudson?» Y ahora se ha ido á su cuarto, pero allá también le oigo pasearse como antes. Ojalá no vaya á enfermarse, señor. Yo me atreví á hablarle de una medicina muy buena como calmante, pero él se volvió á mirarme, señor, con unos ojos que todavía no sé cómo pude salir del cuarto.
- No me parece que hay motivos para que usted se inquiete, señora Hudson - le contesté. - Ya lo he visto otras veces así. Un pequeño asunto que lo preocupa le impide estarse quieto.
Para tranquilizar á nuestra excelente patrona, le hablé del asunto en tono ligero, pero después, durante la noche, me sentía yo mismo bastante intranquilo al oír, en medio del silencio profundo en que estaba sumida la casa, el triste son de los pasos de Holmes, renovado de rato en rato; y la idea de lo mucho que su activa mente sufría con esa involuntaria inacción, me mortificó hasta el amanecer.