×

우리는 LingQ를 개선하기 위해서 쿠키를 사용합니다. 사이트를 방문함으로써 당신은 동의합니다 쿠키 정책.

image

Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, El gran tesoro de Agra - 01

El gran tesoro de Agra - 01

Nuestro cautivo estaba sentado en la cámara, enfrente del cofre de hierro que por fin había tenido en su poder después de tan larga espera. Era un hombre de mirada dura, quemado por el sol, el moreno rostro cruzado en todas direcciones por rayas y arrugas, efecto natural de su trabajosa vida, pasada al aire libre. La extremada prominencia de su barba hirsuta probaba que no era hombre fácil de desviar de sus propósitos. Podía tener unos cincuenta años, pues con sus cabellos negros y encrespados se mezclaban abundantes canas. Sus facciones no eran desagradables cuando estaban tranquilas, por más que las tupidas cejas y la agresiva barba adquirieran, bajo el impulso de la cólera, la terrible expresión que poco antes me había sido dado observar. Sentado, puestas sobre las rodillas las manos, sujetas por las esposas, la cabeza caída sobre el pecho, no desprendía los penetrantes y relucientes ojos del cofre que había sido causa de sus fechorías. A mí me pareció ver más pena que cólera en su actitud rígida y contenida; pero hubo un momento en que alzó los ojos y me miró rápidamente con una ligera expresión de burla.

- ¿Qué tal, Jonathan Small? - le dijo Holmes, encendiendo un cigarro. - Siento mucho que hayamos tenido que llegar hasta esta situación.

- Y yo también, señor- contestó el hombre con franqueza- No creo poder librarme de mi responsabilidad; pero le juro á usted sobre el Libro, que mi mano no se alzó nunca contra el señor Sholto. Ese perro diminuto é infernal, ese Tonga fué quien le disparó una de sus malditas flechas. Yo no tuve parte en ello, señor, y lo sentí tanto como si se hubiese tratado de un pariente. Hasta quise castigar al inmundo diablillo con la cuerda, pero lo hecho estaba hecho y yo no podía deshacerlo.

- Fume usted un cigarro - le dijo Holmes; - y, como está usted tan mojado, lo mejor será que se tome usted un buen trago de este frasco. ¿Cómo podía usted figurarse que un individuo tan pequeño, tan débil como el negrito, pudiera imponerse al señor Sholto y dominarlo mientras usted trepaba por la cuerda?

- Por la manera como usted habla, señor, parece que se hubiese encontrado en el lugar. La verdad es que yo no esperaba encontrar á nadie en el cuarto. Conocía bastante bien las costumbres de la casa, y sabía que esa era la hora en que el señor Sholto bajaba á comer. No tengo intención en guardar secreto sobre los pormenores del asunto. Mi mejor defensa será decir sencillamente la verdad. Aseguró, sí, que, si se hubiese tratado del viejo, del mayor Sholto, habría tenido el placer en descalabrarlo, y para coserlo á puñaladas no habría dudado tanto como para fumarme este cigarro. Pero mi maldecida suerte quiso que tuviera que habérmelas con el joven Sholto, con quien nunca tuve motivos de disgusto.

- Usted está á cargo del señor Athelney Jones, de Scotland Yard, quien va á conducirlo á mi domicilio para que allí me haga usted una relación verídica de los hechos. A usted le conviene decirme toda la verdad, pues yo puedo serle útil si veo que no me engaña. Estoy en situación de probar que el efecto de ese veneno es tan rápido, que momentos antes de que usted llegara al cuarto ya Sholto había muerto.

- Y así fué, señor. Nunca en mi vida sentí una impresión tan fuerte como cuando salté por la ventana y vi el horrible gesto de esa cara caída sobre el hombro. No pude contener el temblor que me sacudió, señor. Si el Tonga no se hubiera escapado del cuarto en ese mismo instante, yo creo que lo habría muerto. Por eso fué que dejó su bastón y perdió alguno de sus dardos, los cuales sin duda han servido para ponerlo á usted sobre nuestra pista, aunque no sé, en verdad, cómo haya hecho usted para descubrirnos. De todos modos, no le tengo á usted rencor por esto. Pero me parece bastante curioso - agregó con una amarga sonrisa, - que yo, que tengo derecho legítimo á dos millones y medio de pesos, haya tenido que pasar la mitad de mi vida construyendo un rompeolas en las Andaman, y ahora esté en vías de ir á pasar la otra mitad en los dragos de Dartmoor. Maldito día aquél que vi por primera vez al comerciante Achmet y tuve algo que hacer con el tesoro de Agra, que hasta ahora no ha causado más que desventuras á las personas que lo han poseído. Para el uno, morir asesinado; para el mayor Sholto, el temor el remordimiento; para mí, la esclavitud perpetua.

La cabeza y los hombros de Athelney Jones se asomaron en ese momento por la entrada de la reducida cámara.

- Una pequeña fiesta de familia – dijo; - pero, me parece, Holmes, que yo también podía tomar un trago de aquel frasco. Bueno. Me parece que todos podemos felicitarnos mutuamente. Lástima que al otro no hubiésemos podido cogerlo vivo también; pero no hubo más remedio. Y la verdad es, Holmes, que usted debe confesar que dió la orden á tiempo. No podíamos hacer otra cosa.

- Lo que concluye bien, está bien - dijo Holmes, - pero les aseguro que yo no sabía que La Aurora era tan ligera.

- Smith dice que es una de las más rápidas del río, y que si hubiera tenido en la máquina á otro hombre para ayudarle á manejarla, nosotros no habríamos podido nunca darle alcance. Smith jura que no sabía una palabra del asunto de Norwood.

- Es verdad - dijo en voz alta nuestro prisionero; - ni una palabra. Yo escogí su lancha porque había oído decir que era muy rápida. No le dijimos la menor cosa de nuestros asuntos; le pagamos bien, y le ofrecimos además una buena gratificación si lográbamos tomar en Gravesend nuestro barco, el Esmeralda, que sale para el Brasil.

- Bueno; pues, si no es culpable, nosotros impediremos que se le haga daño. El que seamos prontos en empuñar á la gente, no quiere decir que lo seamos en condenarla.

Era cosa divertida ver cómo el interesante Jones comenzaba ya á atribuirse el mérito de la captura. En la ligera sonrisa que alegró el rostro de Sherlock Holmes, vi que para éste tampoco había pasado desapercibido el rasgo del detective.

- Ya vamos á llegar al puente Vauxhall - dijo Jones, - y allí lo desembarcaremos á usted, doctor Watson, con el cofre del tesoro. No necesito hacerle notar cuán grave es la responsabilidad que asumo con esto. El acto es de los más irregulares; pero lo convenido es convenido. Sin embargo, mi deber me indica enviar con usted un inspector, siendo tan valiosa la carga que lleva. ¿Va usted en carruaje, sin duda?

— Sí.

- Lástima que la llave del cofre no esté aquí, pues antes habríamos hecho un inventario. Va usted á tener que forzarlo. ¿Dónde está la llave, hombre?

- En el fondo del río - contestó secamente Small.

- ¡Hum! No tenía usted para qué darnos esta nueva molestia. Ya habíamos tenido que trabajar bastante por su culpa. En todo caso, doctor, creo inútil recomendarle mucho cuidado. Regrese usted á la calle Baker con el cofre. Allá lo esperamos, para ir después á la estación de policía.

Learn languages from TV shows, movies, news, articles and more! Try LingQ for FREE