×

우리는 LingQ를 개선하기 위해서 쿠키를 사용합니다. 사이트를 방문함으로써 당신은 동의합니다 쿠키 정책.

image

Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, El fin del isleño - 03

El fin del isleño - 03

Muchas veces, durante mi accidentada vida, he tenido que perseguir á seres humanos ó bestias feroces, pero nunca sport alguno me excitó tanto como esa desesperada caza al hombre por las aguas del Támesis. Y la distancia se iba acortando, yarda por yarda. En el silencio de la noche nos llegaban los bramidos de la máquina de La Aurora. El hombre de popa seguía en la cubierta, y movía las manos cual si estuviera muy ocupado en algo: de rato en rato medía con la vista la distancia que nos separaba. Ya estábamos tan cerca de ellos, que Jones les gritó que se detuvieran: en ese momento no habría de lancha á lancha más que el largo de cuatro botes; pero, si nosotros íbamos ligeros, ellos volaban.

Teníamos á Barking Level por un lado, y por el otro á las ciénagas de Plumstead. A la voz de Jones, el hombre se puso de pie en la cubierta y agitó sus dos puños en nuestra dirección, lanzándonos mil improperios con aguda y cascada voz. Era de mediana estatura, muy fuerte, y, fijándome en sus piernas abiertas, vi que la derecha era de madera, de la rodilla para abajo. En el momento en que sus coléricos y estridentes gritos comenzaron á resonar, se movió el confuso bulto que yacía á su lado, y se enderezó hasta convertirse en un hombrecito, más pequeño que todos los que había visto en mi vida, con una cabeza deformada, cubierta por una montaña de enredados cabellos.

Holmes tenía ya su revólver en la mano, y yo también saqué el mío á la vista de aquel ser salvaje y horrible.

El hombrecito estaba envuelto en una especie de capote obscuro, ó tal vez en una frazada, que sólo le dejaba descubierta la cara; pero solamente la vista de esa cara era suficiente para quitar el sueño durante una noche entera, tan visible era su expresión de bestialidad cruel y salvaje. Los diminutos ojos brillaban con un fulgor sombrío, y los delgados labios, separados, dejaban ver dos hileras de agudos dientes que rechinaban con ferocidad.

- Fuego, si alza la mano - nos previno tranquilamente Holmes.

En ese momento no nos separaba de ellos más que un largo de bote, y nuestro bauprés casi tocaba la popa de La Aurora. Me parece estar viendo todavía á los dos hombres: el europeo, puesto de pie, con las piernas bastante apartadas, lanzándome maldiciones, y el hirsuto salvaje con su horrible cara y sus fuertes y agudos dientes iluminado por la luz de nuestro farol.

De mucho nos sirvió el poderlo ver con tanta claridad, pues de improviso sacó de debajo de su abrigo un palito redondo y corto, parecido á una regla de colegial, y se lo puso en la boca. Nuestros revólvers hicieron fuego al mismo tiempo. El salvaje dió una vuelta, alzó los brazos, y con una especie de tos ahogada, cayó de lado en el río. Ya se perdía entre el torbellino de las aguas cuando todavía pude ver la amenazadora mirada que nos dirigían sus venenosos ojos.

El cojo se lanzó en ese momento sobre la rueda del timón, inclinándola con todas sus fuerzas, é hizo que La Aurora se dirigiera en línea recta sobre la orilla del Sur, mientras nosotros pasábamos como un rayo á pocos pies de su popa. En el instante viramos y continuamos la persecución, pero ya La Aurora casi tocaba con la tierra. El lugar era agreste y desierto: la luna iluminaba un extenso terreno pantanoso, interrumpido por lagunas de agua estancada y manchas de raquítica vegetación.

La lancha se metió con sordo ruido en el banco de fango, la proa en el aire y la popa á flor de agua. El fugitivo saltó por la borda, pero al caer la pierna de palo se clavó entera en el movedizo suelo. En vano se esforzó en sacarla; por más que hizo, no pudo avanzar en un sentido ni en otro, y entonces se puso á bramar de impotente rabia á dar patadas en el suelo con el otro pie. Todo eso no servía sino para clavarlo más y más en el banco de fango; y cuando nosotros llegamos á su lado en nuestra lancha, lo encontramos tan fuertemente retenido por el fango, que para izarlo á bordo tuvimos que echarle lazo y tirar de éste con fuerza; parecía la pesca de algún pez maligno.

Los dos Smith, padre é hijo, estaban sentados en su lancha, tristes y sombríos, pero, apenas se lo ordenamos, pasaron á bordo de la nuestra. Halamos á La Aurora hasta que estuvo al costado de nuestra embarcación, y entonces vimos en la cubierta un sólido cofre de hierro, de fabricación india. No cabía duda esa era el arca que contenía el tesoro de los Sholtos. No encontramos la llave, pero el peso era considerable. Trasladamos el cofre á nuestra pequeña cámara, con las precauciones debidas, y emprendimos lentamente el regreso. La proa hendía las aguas del río y nosotros dirigíamos en todas direcciones la luz de nuestro foco eléctrico, pero no alcanzábamos á descubrir ni señales del isleño. Los huesos de aquel extraño huésped de nuestras playas yacen todavía el obscuro fondo del Támesis.

- Miren - nos dijo Holmes, señalando con el dedo el marco de madera del cuarto destinado al piloto. - Vean cómo no fuimos suficientemente rápidos en disparar nuestras armas.

- Ya lo creo. - Precisamente detrás del lugar en que habíamos estado parados, se había clavado una de esas mortales flechas que tan conocidas nos eran. Debía haber pasado por entre nuestras cabezas en el momento en que hacíamos fuego. Holmes se sonreía y se encogía de hombros con su acostumbrado ademán; pero yo confieso que me sentí mal con sólo pensar en la horrible muerte que había pasado aquella noche tan cerca de nosotros.

Learn languages from TV shows, movies, news, articles and more! Try LingQ for FREE