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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, El fin del isleño - 02

El fin del isleño - 02

Durante la conversación habíamos ido pasando toda la larga serie de puentes que atraviesan el Támesis. Estábamos ya enfrente de la City, cuando los últimos rayos del sol hacían brillar la cruz de la cúpula de San Pablo. Antes de llegar á la Torre había anochecido.

- Ese es el astillero de Jacobson - dijo Holmes, señalando un grupo de mástiles por el lado de Surrey. Crucemos lentamente de arriba abajo ocultándonos detrás de esta línea de barcos. Y, sacando del bolsillo un par de anteojos de noche, miró detenidamente la tierra. Veo á mi centinela en su puesto, pero no hay señales de su pañuelo.

- ¿Si avanzáramos un poco más corriente abajo, y allí esperáramos? - propuso Jones impaciente.

- No tenemos el derecho de dar nada por seguro - contestó Holmes. - Cierto es que hay diez probabilidades contra una de que La Aurora se dirija aguas abajo, pero nosotros no estamos cierto de ello. Desde aquí vemos bien la entrada del astillero, y ellos podrían difícilmente vernos á nosotros. La noche se presenta clara, y luz no nos ha de faltar. Quedémonos aquí. Miren, allá donde alumbra el gas, cómo pasa la gente.

- Obreros del astillero, que salen del trabajo.

- Feo aspecto el de esos individuos, pero debemos suponer que cada uno de ellos oculta en su interior una llama inmortal por pequeña que sea. Uno no se lo imagina al verlos: y a priori no hay probabilidades de tal cosa. ¡Qué enigma tan extraño es el hombre!

- Alguien lo llama una alma escondida dentro de un animal.

- Winwood Reade trata muy bien el punto - dijo Holmes. — Así, hace notar que mientras el hombre es individualmente un enigma indescifrable, en conjunto se convierte en una certidumbre matemática. Usted no podría, por ejemplo, predecir aquello de que un hombre sería capaz, pero sí puede decir con precisión para qué puede servir el término medio de los hombres que componen un grupo. Los individuos varían, pero la colectividad es siempre igual. Esto sostiene el estadígrafo. Pero ¿no es un pañuelo eso que veo allá? Estoy seguro de que algo se agita allí enfrente.

- Sí, es nuestro muchacho - exclamé yo. - Lo veo perfectamente.

- ¡Y allí está La Aurora! - interrumpió Holmes. - ¡Y va como un diablo! ¡A todo vapor, maquinista! Proa á aquella lancha de luz amarilla! ¡Por Cristo que nunca me lo perdonaré si consigue escapársenos!

La lancha se había deslizado afuera del astillero sin ser vista, y luego había pasado por detrás de dos ó tres barquichuelos, de modo que antes de que nosotros la hubiéramos notado, ya andaba con gran velocidad. Y allá iba la proa en dirección de la corriente, deslizándose con una estupenda rapidez. Jones la miró con grave expresión y movió la cabeza.

- Es tan veloz – dijo, - que dudo de que podamos alcanzarla.

- ¡Pues tenemos que alcanzarla! - exclamó Holmes apretando los dientes. - ¡Carbón á la máquina, muchachos! ¡Que dé cuanto pueda! ¡Que arda nuestra lancha, con tal de que alcancemos la otra!

Nosotros íbamos ya todo vapor. Las hornillas rugían; y la poderosa máquina rechinaba y palpitaba: se le habría creído un enorme corazón de metal. La proa larga y aguda cortaba las tranquilas aguas del río, enviando agitadas olas á derecha é izquierda. A cada propulsión de la máquina avanzaba el barco con un movimiento parecido al de un ser humano. Un gran farol amarillo, colocado en el bauprés, alumbraba el camino con un largo y brillante chorro de luz. Por delante, en línea recta con nuestra proa, aparecía un bulto negro, La Aurora, y la estela de blanca espuma que dejaba detrás, daba una idea de la rapidez de su marcha. Pasábamos como flechas por entre la multitud de lanchas, vapores y buques de vela, dejándolos á un lado y otro, ya contorneando el uno, ya rozando con el otro. Oíamos voces que nos apostrofaban en medio de la obscuridad; pero La Aurora volaba, y nosotros la seguíamos sin perder un instante.

- ¡Carbón, muchachos, más carbón! - gritaba Holmes, inclinándose hacia la máquina, - y el terrible resplandor de abajo iluminaba sus enérgicas facciones aguileñas. ¡Hay que llegar á la última libra de vapor que se pueda!

- Me parece que vamos ganando un poco de terreno - dijo Jones, que no quitaba los ojos de La Aurora.

- Estoy seguro de que sí- le contesté yo. - No pasarán muchos minutos sin que la alcancemos.

Pero en ese momento, como obra de nuestra suerte infausta, un remolcador con tres lanchas cargadas se atravesó entre nosotros y La Aurora. Tuvimos que desviar el timón con toda fuerza para evitar una colisión, y antes de que pudiéramos rodear las lanchas y recuperar nuestra ruta, La Aurora nos había ganado por lo menos doscientas yardas. Sin embargo, todavía seguía á nuestra vista. La noche iba aclarando más y más, y el cielo se cubría de estrellas.

Nuestra máquina andaba con estupenda rapidez, y el frágil casco vibraba y crujía de manera alarmante. Ya habíamos pasado como una exhalación por la Laguna, dejando atrás los muelles de las Indias Occidentales, y el extenso puerto de Deptford, y acabábamos de costear la isla de los Perros. El punto obscuro que teníamos delante fué dando lugar poco á poco á la delicada Aurora, y Jones dirigió sobre ella nuestro foco eléctrico, para que pudiéramos ver á la gente que estaba sobre cubierta.

En la proa iba sentado un hombre que llevaba algo sobre las piernas, y lo contemplaba atentamente. A su lado yacía un bulto sombrío, que parecía un perro de Terranova. En el timón estaba el muchacho, y el rojo resplandor de la máquina iluminaba el rostro del viejo Smith, el busto desnudo, echando carbón á la hornilla, como si de eso dependiera la salvación de su vida.

Podría ser que al principio hubieran dudado de que nosotros íbamos realmente en su persecución; pero ya en ese momento no cabía discusión al respecto, pues nuestra embarcación imitaba el menor de los movimientos y desviaciones de La Aurora. En Greenwich no estábamos ya sino á unos trescientos pasos de ellos, y en Blackwell á doscientos cincuenta.

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