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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, El episodio del barril - 03

El episodio del barril - 03

Llegamos al muro exterior, y Toby entró á correr á lo largo de éste, olfateando precipitadamente, medio oculto entre la sombra, hasta que por fin se paró en un rincón detrás de un pequeño arbusto. En el punto de unión de las dos paredes faltaban varios ladrillos, y los huecos que habían dejado estaban gastados en su parte inferior, como si con frecuencia hubieran servido de escalera. Holmes trepó por allí, alzó el perro, y lo dejó caer al otro lado.

- Pata de Palo ha dejado aquí señales de su mano - me hizo notar Holmes, cuando estuve á su lado. - Vea usted esa ligera mancha de sangre en lo blanco del yeso. ¡Qué fortuna que de ayer á hoy no haya llovido fuerte! El rastro subsiste todavía en el camino, á pesar de las veintiocho horas que han pasado.

Confieso que por mi parte me quedaban mis dudas al reflexionar en el gran tráfico que había pasado por el camino de Londres durante ese tiempo, pero pronto vi que no tenía razón, pues Toby no vaciló un momento, ni siquiera levantó el hocico. Siguió avanzando con apresurado paso: era claro que el penetrante olor de la creosota dominaba todos los otros.

- No se imagine usted - me dijo Holmes - que el resultado de mis pesquisas depende en este caso únicamente de la circunstancia de haber uno de los sujetos metido el pie en la creosota. Poseo datos que me habrían permitido seguirles la pista de diferentes y varias maneras. Pero esta es la mejor, y desde que la buena suerte la ha puesto en nuestras manos, despreciarla sería realmente culpable. Lo que no quita que con esto nos hayamos privado de examinar un pequeño é interesante problema intelectual como el que, según me parecía al principio, íbamos á tener en este asunto. A no ser por el indicio, demasiado palpable, que seguimos ahora, nuestros trabajos habrían tenido algún mérito.

- Mérito hay de sobra - le contesté. - Le aseguro, Holmes, que estoy maravillado de los resultados que ha alcanzado en este asunto, más maravillado aún que cuando se trató del asesinato de Jefferson Hope. La cuestión actual me parece más profunda é inexplicable. ¿Cómo ha podido usted, por ejemplo, dar con tanta seguridad las señas del cojo de la pierna de madera?

- ¡Psch! ¡Sencillo hasta más no poder, amigo mío! A mí no me gusta asumir actitudes teatrales. La cosa es clara y patente. Dos oficiales que comandan un presidio, llegan á conocer un importante secreto, relativo á un tesoro enterrado. Un inglés llamado Jonathan Small les traza un plano. Usted recordará que este nombre lo vimos en el plano que tenía el capitán Morstan: él lo había firmado, en su nombre y en el de sus asociados, acompañándolo de «la señal de los cuatro,» según su dramática inscripción. Con el auxilio del plano, los oficiales, ó uno de ellos, se apoderan del tesoro y se lo traen á Inglaterra, dejando de cumplir, como debemos suponer, alguna condición de la revelación del secreto. Usted dirá: ¿por qué no sacó el tesoro el mismo Jonathan Small? La respuesta es obvia. El plano está fechado en la época en que Morstan vivía entre los presidiarios. Jonathan Small no pudo sacar el tesoro, porque él y sus asociados estaban en el presidio y no podían salir de él.

- Pero esas son meras suposiciones.

- Más que suposiciones, porque forman la única hipótesis que se ajusta á los hechos. Veamos ahora cómo se relacionan con los sucesos posteriores. El mayor Sholto vive en paz durante cuatro años, feliz en la posesión del tesoro. Pero un día recibe una carta de la India que le causa un gran espanto. ¿Qué podía ser?.

- Una carta en que le decían que las personas engañadas por él habían sido puestas en libertad.

- O se habían escapado, lo que es más probable, pues el mayor Sholto debía saber cuándo terminaba la prisión de los otros, y el vencimiento del plazo no tenía por qué sorprenderlo. ¿Qué hace entonces? Toma precauciones contra un hombre que tiene una pierna de palo; y ese hombre es un blanco, fijese usted, pues un día Sholto hace fuego equivocadamente sobre un comerciante, blanco, que también tiene una pierna de palo. Ahora bien: en el plano hay sólo un nombre de individuo de raza blanca: los otros son hindús ó mahometanos. No hay más hombre blanco que él. Por consiguiente, podemos decir con seguridad que Pata de Palo es Jonathan Small. ¿Cree usted falso mi razonamiento?

- No: es claro y conciso.

- Bueno. Pongámonos ahora en el lugar de Jonathan Small. Veamos las cosas desde su punto de vista personal. Vino á Inglaterra con la doble idea de recuperar lo que, según él, le pertenecía y de vengarse del hombre que lo había perjudicado. Consiguió averiguar la residencia de Sholto, y es posible que llegase á comunicarse con alguien de dentro de la casa. Hay un criado, Lal Rao, que nosotros no hemos visto todavía. La señora Bernstone dice que es un buen hombre, pero, sin embargo, Small no podía hallar el escondite del tesoro, conocido únicamente del mayor y de un criado fiel que ya había muerto. Un día sabe Small que Sholto estaba moribundo.

Desesperado al pensar que el secreto del tesoro podía desaparecer con el mayor, burla la vigilancia de los guardianes, se acerca á la ventana del cuarto, y sólo retrocede en presencia de los dos hijos. Enloquecido por el odio que profesa al muerto, entra por la noche en el cuarto, registra los papeles con la esperanza de descubrir algún memorándum relativo al tesoro, y finalmente, deja un recuerdo de su visita en una corta inscripción sobre un papel. Sin duda había resuelto de antemano para después de haber dado muerte al mayor, dejar esa nota en el cadáver, como señal de que no se trataba de un vulgar asesinato, sino de algo que, desde el punto de vista de los cuatro asociados, era un acto de justicia. En los anales del crimen son frecuentes estos curiosos rasgos de orgullo, indicaciones valiosas en cuanto á la persona del criminal. ¿Sigue usted el curso de mis ideas?

- Con perfecta claridad.

- Bueno.

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