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El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flie... – Text to read

El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flies), 8. Ofrenda a las tinieblas (3)

중급 2 스페인어의 lesson to practice reading

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8. Ofrenda a las tinieblas (3)

–Vamos a llevar la carne a la playa. Yo voy a volver a la plataforma para invitarles al festín. Eso nos dará tiempo.

–Jefe… – dijo Roger. – ¿Qué…? – ¿Cómo vamos a encender el fuego? Jack, en cuclillas, se detuvo y frunció el ceño contemplando el animal.

–Les atacaremos por sorpresa y nos traeremos un poco de fuego. Para eso necesito a cuatro: Henry, tú, Bill y Maurice. Podemos pintarnos la cara. Nos acercaremos sin que se den cuenta, y luego, mientras yo les digo lo que quiero decirles, Roger les roba una rama.

Los demás lleváis esto a donde estábamos antes. Allí haremos la hoguera. Y después…

Dejó de hablar y se levantó, mirando a las sombras bajo los árboles. El tono de su voz era más bajo cuando habló de nuevo.

–Pero una parte de la presa se la dejaremos aquí a…

Se arrodilló de nuevo y volvió a la tarea con su cuchillo. Los muchachos se apiñaron a su alrededor. Le habló a Roger por encima del hombro.

–Afila un palo por los dos lados. Al poco rato se puso en pie, sosteniendo en las manos la cabeza chorreante del jabalí. – ¿Dónde está ese palo?

–Aquí.

–Clava una punta en el suelo. Caray… si es todo piedra. Métela en esa grieta. Allí.

Jack levantó la cabeza del animal y clavó la blanda garganta en la punta afilada del palo, que surgió por la boca del jabalí. Se apartó un poco y contempló la cabeza, allí clavada, con un hilo de sangre que se deslizaba por el palo.

Instintivamente se apartaron también los muchachos; el silencio del bosque era casi total. Escucharon con atención, pero el único sonido perceptible era el zumbido de las moscas sobre el montón de tripas. Jack habló en un murmullo:

–Levantad el cerdo.

Maurice y Robert ensartaron la res en una lanza, levantaron aquel peso muerto y, ya listos, aguardaron En aquel silencio, de pie sobre la sangre seca, cobraron un aspecto furtivo.

Jack les habló en voz muy alta.

–Esta cabeza es para la fiera. Es un regalo.

El silencio aceptó la ofrenda y ellos se sintieron sobrecogidos de temor y respeto. Allí quedó la cabeza, con una mirada sombría, una leve sonrisa, oscureciéndose la sangre entre los dientes. De improviso, todos a la vez, salieron corriendo a través del bosque, hacia la playa abierta.

Simón, como una pequeña imagen bronceada, oculto por las hojas, permaneció donde estaba. Incluso al cerrar los ojos se le aparecía la cabeza del jabalí como una reimpresión en su retina. Aquellos ojos entreabiertos estaban ensombrecidos por el infinito escepticismo del mundo de los adultos. Le aseguraban a Simón que todas las cosas acababan mal.

–Ya lo sé.

Simón se dio cuenta de que había hablado en voz alta. Abrió los ojos rápidamente a la extraña luz del día y volvió a ver la cabeza con su mueca de regocijo, ignorante de las moscas, del montón de tripas, e incluso de su propia situación indigna, clavada en un palo.

Se mojó los labios secos y miró hacia otro lado.

Un regalo, una ofrenda para la fiera. ¿No vendría la fiera a recogerla? La cabeza, pensó él, parecía estar de acuerdo. Sal corriendo, le dijo la cabeza en silencio, vuelve con los demás. Todo fue una broma… ¿por qué te vas a preocupar? Te equivocaste; no es más que eso. Un ligero dolor de cabeza, quizá te sentó mal algo que comiste. Vuélvete, hijo, decía en silencio la cabeza.

Simón alzó los ojos, sintiendo el peso de su melena empapada, y contempló el cielo.

Por una vez estaba cubierto de nubes, enormes torreones de tonos grises, marfileños y cobrizos que parecían brotar de la propia isla. Pesaban sobre la tierra, destilando, minuto tras minuto, aquel opresivo y angustioso calor. Hasta las mariposas abandonaron el espacio abierto donde se hallaba esa cosa sucia que esbozaba una mueca y goteaba.

Simón bajó la cabeza, con los ojos muy cerrados y cubiertos, luego, con una mano. No había sombra bajo los árboles; sólo una quietud de nácar que lo cubría todo y transformaba las cosas reales en ilusorias e indefinidas. El montón de tripas era un borbollón de moscas que zumbaban como una sierra. Al cabo de un rato, las moscas encontraron a Simón. Atiborradas, se posaron junto a los arroyuelos de sudor de su rostro y bebieron. Le hacían cosquillas en la nariz y jugaban a dar saltos sobre sus muslos. Eran de color negro y verde iridiscente, e infinitas. Frente a Simón, el Señor de las Moscas pendía de la estaca y sonreía en una mueca. Por fin se dio Simón por vencido y abrió los ojos; vio los blancos dientes y los ojos sombríos, la sangre… y su mirada quedó cautiva del antiguo e inevitable encuentro. El pulso de la sien derecha de Simón empezó a latirle.

Ralph y Piggy, tumbados en la arena, contemplaban el fuego y arrojaban perezosamente piedrecillas al centro de la hoguera, limpia de humo.

–Esa rama se ha consumido. – ¿Dónde están Samyeric?

–Debíamos traer más leña. No nos quedan ramas verdes.

Ralph suspiró y se levantó. No había sombras bajo las palmeras de la plataforma; tan sólo aquella extraña luz que parecía llegar de todas partes a la vez. En lo alto, entre las macizas nubes, los truenos se disparaban como cañonazos.

–Va a llover a cántaros. – ¿Qué vamos a hacer con la hoguera?

Ralph salió brincando hacia el bosque y regresó con una gran brazada de follaje, que arrojó al fuego. La rama crujió, las hojas se rizaron y el humo amarillento se extendió.

Piggy trazó un garabato en la arena con los dedos.

–Lo que pasa es que no tenemos bastante gente para mantener un fuego. A Samyeric hay que darles el mismo turno. Siempre lo hacen todo juntos… – ¡Claro!

–Sí, pero eso no es justo. ¿Es que no lo entiendes? Debían hacer dos turnos distintos.

Ralph reflexionó y lo entendió. Le molestaba comprobar que apenas reflexionaba como las personas mayores, y suspiró de nuevo. La isla cada vez estaba peor.

Piggy miró al fuego.

–Pronto vamos a necesitar otra rama verde. Ralph rodó al otro costado.

–Piggy, ¿qué vamos a hacer?

–Pues arreglárnoslas sin ellos.

–Pero… la hoguera.

Ceñudo, contempló el negro y blanco desorden en que yacían las puntas no calcinadas de las ramas. Intentó ser más preciso:

–Estoy asustado.

Vio que Piggy alzaba los ojos y continuó como pudo.

–Pero no de Ja fiera…, bueno también tengo miedo de eso. Pero es que nadie se da cuenta de lo del fuego. Si alguien te arroja una cuerda cuando te estás ahogando…, si un médico te dice que te tomes esto porque si no te mueres…, lo harías, ¿verdad?

–Pues claro que sí. – ¿Es que no lo entienden? ¿No se dan cuenta que sin una señal de humo nos moriremos aquí? ¡Mira eso!

Una ola de aire caliente tembló sobre la ceniza, pero sin despedir la más ligera huella de humo.

–No podemos mantener viva ni una sola hoguera. Y a ellos ni les importa. Y lo peor es que… – clavó los ojos en el rostro sudoroso de Piggy – lo peor es que a mí tampoco me importa a veces. Suponte que yo me vuelva como los otros, que no me importe. ¿Qué sería de nosotros?

Piggy, profundamente afligido, se quitó las gafas.

–No sé, Ralph, Hay que seguir, como sea. Eso es lo que harían los mayores.

Una vez emprendida la tarea de desahogarse, Ralph la llevó hasta su fin.

–Piggy, ¿qué es lo que pasa? Piggy le miró con asombro. – ¿Quieres decir por lo de la…?

–No… quiero decir… que, ¿por qué se ha estropeado todo?

Piggy se limpió las gafas despacio y pensativo. Al darse cuenta hasta qué punto le había aceptado Ralph, se sonrojó de orgullo.

–No sé, Ralph. Supongo que la culpa la tiene él. – ¿Jack?

–Jack.

Alrededor de esa palabra se iba tejiendo un nuevo tabú.

Ralph asintió con solemnidad.

–Sí – dijo -, supongo que es cierto.

Cerca de ellos, el bosque estalló en un alborozo. Surgieron unos seres demoníacos, con rostros blancos, rojos y verdes, que aullaban y gritaban. Los pequeños huyeron llorando. Ralph vio de reojo cómo Piggy echaba a correr. Dos de aquellos seres se abalanzaron hacia el fuego y Ralph se preparó para la defensa, pero tras apoderarse de unas cuantas ramas ardiendo escaparon a lo largo de la playa. Los otros tres se quedaron quietos, frente a Ralph; vio que el más alto de ellos, sin otra cosa sobre su cuerpo más que pintura y un cinturón, era Jack.

Ralph había recobrado el aliento y pudo hablar.

–Bueno, ¿qué quieres?

Jack no le hizo caso; alzó su lanza y empezó a gritar.

–Escuchadme todos. Yo y mis cazadores estamos viviendo en la playa, junto a la roca cuadrada. Cazamos, nos hinchamos a comer y nos divertimos. Si queréis uniros a mi tribu, venid a vernos. A lo mejor dejo que os quedéis. O a lo mejor no.

Se calló y miró en torno suyo. Tras la careta de pintura, se sentía libre de vergüenza o timidez y podía mirarles a todos de uno en uno. Ralph estaba arrodillado junto a los restos de la hoguera como un corredor en posición de salida, con la cara medio tapada por el pelo y el hollín. Samyeric se asomaban como un solo ser tras una palmera al borde del bosque. Uno de los peques, con la cara encarnada y contraída, lloraba a gritos junto a la poza; sobre la plataforma, aferrada en sus manos la caracola, se hallaba Piggy.

–Esta noche vamos a darnos un festín. Hemos matado un jabalí y tenemos carne. Si queréis, podéis venir a comer con nosotros.

En lo alto, los cañones de las nubes volvieron a disparar. Jack y los dos anónimos salvajes que le acompañaban se sobresaltaron, alzaron los ojos y luego recobraron la calma. El peque seguía llorando a gritos. Jack esperaba algo. Apremió, en voz baja, a los otros: – ¡Venga… ahora!

Los dos salvajes murmuraron. Jack les dijo con firmeza. – ¡Venga!

Los dos salvajes se miraron, levantaron sus lanzas y dijeron a la vez:

–El jefe ha hablado.

Después, los tres dieron media vuelta y se alejaron a paso ligero. Ralph se levantó entonces, con la vista fija en el lugar por donde habían desaparecido los salvajes. Al llegar Samyeric balbucearon en un murmullo de temor:

–Creí que era… -…y sentí… -…miedo.

Piggy estaba en la plataforma, en un plano más alto, sosteniendo aún la caracola.

–Eran Jack, Maurice y Robert – dijo Ralph -. Se están divirtiendo de lo lindo, ¿verdad?

–Yo creí que me iba a dar un ataque de asma.

–Al diablo con tu asma.

–En cuanto vi a Jack pensé que se tiraba a la caracola. No sé por qué.

El grupo de muchachos miró a la blanca caracola con cariñoso respeto. Piggy la puso en manos de Ralph y los pequeños, al ver aquel símbolo familiar, empezaron a regresar.

–Aquí no.

Sintiendo la necesidad de algo más ceremonioso se dirigió hacia la plataforma. Ralph iba en primer lugar, meciendo la caracola; le seguía Piggy, con gran solemnidad; detrás, los mellizos, los pequeños y todos los demás.

–Sentaos todos. Nos han atacado para llevarse el fuego. Se están divirtiendo mucho.

Pero la…

Ralph se sorprendió ante la cortina que nublaba su cerebro. Iba a decirles algo, cuando la cortinilla se cerró.

–Pero la…

Le observaban muy serios, sin sentir aún ninguna duda sobre su capacidad. Ralph se apartó de los ojos la molesta melena y miró a Piggy.

–Pero la… la… ¡la hoguera! ¡Pues claro, la hoguera!

Empezó a reírse; se contuvo y recobró la fluidez de palabra.

–La hoguera es lo más importante de todo. Sin ella no nos van a rescatar. A mí también me gustaría pintarme el cuerpo como los guerreros y ser un salvaje, pero tenemos que mantener esa hoguera encendida. Es la cosa más importante de la isla, porque, porque…

De nuevo tuvo que hacer una pausa; la duda y el asombro llenaron el silencio.

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