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El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flie... – Text to read

El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flies), 4. Rostros pintados y melenas largas (3)

중급 2 스페인어의 lesson to practice reading

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4. Rostros pintados y melenas largas (3)

Cuando llegaban a un punto menos escabroso todos alzaban los palos a la vez. Cantaban algo referente al bulto que los inseguros mellizos llevaban con tanto cuidado.

Ralph distinguió fácilmente a Jack, incluso a aquella distancia: alto, pelirrojo y, como siempre, a la cabeza de la procesión.

La mirada de Simón iba ahora de Ralph a Jack, como antes pasara de Ralph al horizonte, y lo que vio pareció atemorizarle. Ralph no volvió a decir nada; aguardaba mientras la procesión se iba acercando. Oían la cantinela, pero desde aquella distancia no llegaban las palabras. Los mellizos caminaban detrás de Jack, cargando sobre sus hombros una gran estaca. El cuerpo destripado de un cerdo se balanceaba pesadamente en la estaca mientras los mellizos caminaban con gran esfuerzo por el escabroso terreno.

La cabeza del cerdo colgaba del hendido cuello y parecía buscar algo en la tierra. Las palabras del canto flotaron por fin hasta ellos, a través de la cárcava cubierta de maderas ennegrecidas y cenizas.

–Mata al jabalí. Córtale el cuello. Derrama su sangre.

Pero cuando las palabras se hicieron perceptibles la procesión había llegado ya a la parte más empinada de la montaña y muy poco después se desvaneció la cantinela.

Piggy lloriqueaba y Simón se apresuró a mandarle callar, como si hubiese alzado la voz en una iglesia.

Jack, con el rostro embadurnado de diversos colores, fue el primero en alcanzar la cima y saludó, excitado, a Ralph con la lanza alzada al aire. – ¡Mira! Hemos matado un jabalí… le sorprendimos… formamos un círculo…

Los cazadores interrumpieron a voces:

–Formamos un círculo…

–Nos arrastramos…

–El jabalí empezó a chillar…

Los mellizos permanecieron quietos, sosteniendo al cerdo que se balanceaba entre ambos y goteaba negros grumos sobre la roca. Parecían compartir una misma sonrisa amplia y extasiada. Jack tenía demasiadas cosas que contarle a Ralph, y todas a la vez.

Pero, en lugar de hacerlo, dio un par de saltos de alegría, hasta acordarse de su dignidad; se paró con una alegre sonrisa. Al fijarse en la sangre que cubría sus manos hizo un gesto de desagrado y buscó algo para limpiarlas. Las frotó en sus pantalones y rió.

–Habéis dejado que se apague el fuego – dijo Ralph.

Jack se quedó cortado, irritado ligeramente por aquella tontería, pero demasiado contento para preocuparse mucho.

–Ya lo encenderemos luego. Oye, Ralph, debías haber venido con nosotros. Pasamos un rato estupendo. Tumbó a los mellizos…

–Le dimos al jabalí… -…Yo caí encima…

–Yo le corté el cuello – dijo Jack, con orgullo, pero todavía estremeciéndose al decirlo.

–Ralph, ¿me prestas el tuyo para hacer una muesca en el puño?

Los muchachos charlaban y danzaban. Los mellizos seguían sonriendo.

–Había sangre por todas partes – dijo Jack riendo estremecido -. Deberías haberlo visto.

–Iremos de caza todos los días… Volvió a hablar Ralph, con voz enronquecida. No se había movido.

–Habéis dejado que se apague el fuego. La insistencia incomodó a Jack. Miró a los mellizos y luego de nuevo a Ralph.

–Les necesitábamos para la caza – dijo -, no hubiéramos sido bastantes para formar el círculo. Se turbó al reconocer su falta.

–El fuego sólo ha estado apagado una hora o dos. Podemos encenderlo otra vez…

Advirtió la erosionada desnudez de Ralph y el sombrío silencio de los cuatro. Su alegría le hacía sentir un generoso deseo de hacerles compartir lo que había sucedido. Su mente estaba llena de recuerdos: los recuerdos de la revelación al acorralar a aquel jabalí combativo; la revelación de haber vencido a un ser vivo, de haberle impuesto su voluntad, de haberle arrancado la vida, con la satisfacción de quien sacia una larga sed.

Abrió los brazos: – ¡Tenías que haber visto la sangre!

Los cazadores estaban ahora más silenciosos, pero al oír aquello hubo un nuevo susurro. Ralph se echó el pelo hacia atrás. Señaló el vacío horizonte con un brazo. Habló con voz alta y violenta, y su impacto obligó al silencio.

–Ha pasado un barco.

Jack, enfrentado de repente con tantas terribles implicaciones, trató de esquivarlas.

Puso una mano sobre el cerdo y sacó su cuchillo. Ralph bajó el brazo, cerrado el puño, y le tembló la voz:

–Vimos un barco allá afuera. ¡Dijiste que te ocuparías de tener la hoguera encendida y has dejado que se apague!

Dio un paso hacia Jack, que se volvió y se enfrentó con él.

–Podrían habernos visto. Nos podríamos haber ido a casa…

Aquello era demasiado amargo para Piggy, que ante el dolor de lo perdido, olvidó su timidez. Empezó a gritar con voz aguda: – ¡Tú y tu sangre, Jack Merridew! ¡Tú y tu caza! Nos podríamos haber ido a casa…

Ralph apartó a Piggy de un empujón.

–Yo era el jefe, y vosotros ibais a hacer lo que yo dijese. Tú, mucho hablar; pero ni siquiera sois capaces de construir unas cabañas… luego os vais por ahí a cazar y dejáis que se apague el fuego…

Se dio la vuelta, silencioso unos instantes. Después volvió a oírse su voz emocionada:

–Vimos un barco…

Uno de los cazadores más jóvenes comenzó a sollozar. La triste realidad comenzaba a invadirles a todos. Jack se puso rojo mientras hundía en el jabalí el cuchillo.

–Era demasiado trabajo. Necesitábamos a todos. Ralph se adelantó.

–Te podías haber llevado a todos cuando acabásemos los refugios. Pero tú tenías que cazar…

–Necesitábamos carne.

Jack se irguió al decir aquello, con su cuchillo ensangrentado en la mano. Los dos muchachos se miraron cara a cara. Allí estaba el mundo deslumbrante de la caza, la táctica, la destreza y la alegría salvaje; y allí estaba también el mundo de las añoranzas y el sentido común desconcertado. Jack se pasó el cuchillo a la mano izquierda y se manchó de sangre la frente al apartarse el pelo pegajoso.

Piggy empezó de nuevo: – ¿Por qué has dejado que se apague el fuego? Dijiste que te ibas a ocupar del humo…

Esas palabras de Piggy y los sollozos solidarios de algunos de los cazadores arrastraron a Jack a la violencia. Aquella mirada suya que parecía dispararse volvió a sus ojos azules. Dio un paso, y al verse por fin capaz de golpear a alguien, lanzó un puñetazo al estómago de Piggy. Cayó éste sentado, con un quejido. Jack permanecía erguido ante él y, con voz llena de rencor por la humillación, dijo: – ¿Conque sí, eh, gordo?

Ralph dio un paso hacia delante y Jack golpeó a Piggy en la cabeza.

Las gafas de Piggy volaron por el aire y tintinearon en las rocas. Piggy gritó aterrorizado: – ¡Mis gafas!

Buscó a gatas y a tientas por las rocas; Simón, que se había adelantado, las encontró.

Las pasiones giraban con espantosas alas en torno a Simón, sobre la cima de la montaña.

–Se ha roto uno de los lados.

Piggy le arrebató las gafas y se las puso. Miró a Jack con aversión.

–No puedo estar sin las gafas estas. Ahora sólo tengo un ojo. Tú vas a ver…

Jack iba a lanzarse contra Piggy, pero éste se escabulló hasta esconderse detrás de una gran roca. Sacó la cabeza por encima y miró enfurecido a Jack a través de su único cristal, centelleante.

–Ahora sólo tengo un ojo. Tú vas a ver… Jack imitó sus quejidos y su huida a gatas. – ¡Tú vas a ver…!, ¡Ahhh…!

Piggy y aquella parodia resultaban tan cómicos que los cazadores se echaron a reír.

Jack se sintió alentado. Siguió a gatas hacia él, dando tumbos, y la risa creció hasta convertirse en un vendaval de histeria. Ralph sintió que se le contraían los labios a pesar suyo. Se irritó contra sí mismo por ceder de aquel modo y murmuró:

–Fue una jugada sucia.

Jack abandonó sus escarceos y puesto en pie se enfrentó con Ralph. Sus palabras salieron con un grito: – ¡Bueno, bueno!

Miró a Piggy, a los cazadores, a Ralph.

–Lo siento. Lo de la hoguera, quiero decir. Ya está. Quiero… Se irguió: -… Quiero disculparme.

El susurro que salió de las bocas de los cazadores estaba lleno de admiración por aquel noble gesto. Evidentemente, ellos pensaban que Jack había hecho lo que era debido, había logrado enmendar su falta con una disculpa generosa y, a la vez, confusamente, pensaban que había puesto a Ralph ahora en evidencia. Esperaban oír una respuesta noble, tal como correspondía.

Pero los labios de Ralph se negaban a pronunciarla. Le indignaba que Jack añadiese aquel truco verbal a su mal comportamiento. La hoguera estaba apagada; el barco se había ido. ¿Es que no se daban cuenta? Fue cólera y no nobleza lo que salió de su garganta.

–Esa fue una jugada sucia.

Permanecieron todos callados en la cima de la montaña; por los ojos de Jack pasó de nuevo aquella violenta ráfaga.

La palabra final de Ralph fue un murmullo sin elegancia:

–Bueno, encended la hoguera.

Disminuyó la tirantez al hallarse frente a una actividad positiva. Ralph no dijo más; no se movió, observaba la ceniza a sus pies. Jack se mostraba activo y excitado. Daba órdenes, cantaba, silbaba, lanzaba comentarios al silencioso Ralph; comentarios que no requerían contestación alguna y no podían, por tanto, provocar un desaire; pero Ralph seguía en silencio. Nadie, ni siquiera Jack, se atrevió a pedirle que se apartase a un lado y acabaron por hacer la hoguera a dos metros del antiguo emplazamiento, en un lugar menos apropiado. Confirmaba así Ralph su caudillaje, y no podría haber elegido modo más eficaz si se lo hubiese propuesto. Jack se encontraba impotente ante aquel arma tan indefinible, pero tan eficaz, y sin saber por qué se encolerizó. Cuando la pila quedó formada, ambos se hallaban ya separados por una alta barrera.

Preparada la leña surgió una nueva crisis. Jack no tenía con qué encenderla, y entonces, para su sorpresa, Ralph se acercó a Piggy y le quitó las gafas. Ni el mismo Ralph supo cómo se había roto el lazo que le había unido a Jack y cómo había ido a prenderse en otro lugar.

–Ahora te las traigo.

–Voy contigo.

Piggy, aislado en un mar de colores sin sentido, se colocó detrás de Ralph, mientras éste se arrodillaba para enfocar el brillante punto. En cuanto se encendió la hoguera, Piggy alargó sus manos y asió las gafas.

Ante aquellas flores violetas, rojas y amarillas, tan maravillosamente atractivas, se derritió todo resto de aspereza. Se transformaron en un círculo de muchachos alrededor de la fogata en un campamento, y hasta Piggy y Ralph sintieron su atractivo. Pronto salieron algunos muchachos cuesta abajo en busca de más leña, mientras Jack se encargaba de descuartizar el cerdo. Intentaron sostener la res entera sobre el fuego, colgada de una estaca, pero esta ardió antes de que el cerdo se asara. Acabaron por cortar trozos de carne y mantenerlos sobre las llamas atravesados con palos, y aun así los muchachos se asaban casi tanto como la carne.

A Ralph se le hacía la boca agua. Tenía toda la intención de rehusar la carne, pero su pobre régimen de fruta y nueces, con algún que otro cangrejo o pescado, le instaba a no oponer ninguna resistencia.

Aceptó un trozo medio crudo de carne y lo devoró como un lobo.

Piggy, no menos deseoso que Ralph, exclamó: – ¿Es que a mí no me vais a dar?

Jack había pensado dejarle en la duda, como una muestra de su autoridad, pero Piggy, al anunciarle la omisión, hacía necesaria una crueldad mayor.

–Tú no cazaste.

–Ni tampoco Ralph – dijo Piggy quejoso -, ni Simón.

Luego, añadió: – No hay ni media pizca de carne en un cangrejo.

Ralph se movió disgustado. Simón, sentado entre los mellizos y Piggy, se limpió la boca y deslizó su trozo de carne sobre las rocas, junto a Piggy, que se abalanzó sobre él.

Los mellizos se rieron y Simón agachó la cabeza sonrojado.

Jack se puso entonces en pie de un salto, cortó otro gran trozo de carne y lo arrojó a los pies de Simón. – ¡Come! ¡Maldito seas! Miró furibundo a Simón. – ¡Cógelo!

Giró sobre sus talones; era el centro de un círculo de asombrados muchachos. – ¡He traído carne para todos!

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