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El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flies), 2. Fuego en la montaña (1)

2. Fuego en la montaña (1)

Cuando Ralph cesó de sonar la caracola, la plataforma estaba atestada, pero aquella reunión era bastante diferente de la que había tenido lugar por la mañana. El sol vespertino entraba oblicuo por el otro lado de la plataforma y la mayoría de los muchachos, aunque demasiado tarde, al sentir el escozor del sol, se habían vestido; el coro, menos compacto como grupo, había abandonado sus capas.

Ralph se sentó en un tronco caído, dando su costado izquierdo al sol. A su derecha se encontraba casi todo el coro; a su izquierda, los chicos mayores, que antes de la evacuación no se conocían; frente a él, los más pequeños se habían acurrucado en la hierba.

Ahora, silencio. Ralph dejó la caracola marfileña y rosada sobre sus rodillas; una repentina brisa esparció luz sobre la plataforma. No sabía qué hacer, si ponerse en pie o permanecer sentado. Miró de reojo a la poza, que quedaba a su izquierda. Piggy estaba sentado cerca, pero no ofrecía ayuda alguna.

Ralph carraspeó.

–Bien.

De pronto descubrió que le era difícil hablar con soltura y explicar lo que tenía que decir. Se paso una mano por el rubio pelo y dijo:

–Estamos en una isla. Subimos hasta la cima de la montaña y hemos visto que hay agua por todos lados. No vimos ninguna casa, ni fuego, ni huellas de pasos, ni barcos, ni gente. Estamos en una isla desierta, sin nadie más.

Jack le interrumpió.

–Pero sigue haciendo falta un ejército… para cazar. Para cazar cerdos…

–Sí. Hay cerdos en esta isla.

Los tres intentaron trasmitir a los demás la sensación de aquella cosa rosada y viva que luchaba entre las lianas.

–Vimos…

–Chillando…

–Se escapó…

–Y no me dio tiempo a matarle… pero… ¡la próxima vez!

Jack clavó la navaja en un tronco y miró a su alrededor con cara de desafío.

La reunión recobró la tranquilidad.

–Como veis – dijo Ralph -, necesitamos cazadores para que nos consigan carne. Y otra cosa.

Levantó la caracola de sus rodillas y observó en torno suyo aquellas caras quemadas por el sol.

–No hay gente mayor. Tendremos que cuidarnos nosotros mismos.

Hubo un murmullo y el grupo volvió a guardar silencio.

–Y otra cosa. No puede hablar todo el mundo a la vez. Habrá que levantar la mano como en el colegio.

Sostuvo la caracola frente a su rostro y se asomó por uno de sus bordes.

–Y entonces le daré la caracola. – ¿La caracola?

–Se llama así esta concha. Daré la caracola a quien le toque hablar. Podrá sostenerla mientras habla.

–Pero…

–Mira…

–Y nadie podrá interrumpirle. Sólo yo. Jack se había puesto de pie. – ¡Tendremos reglas! – gritó animado -. ¡Muchísimas! Y cuando alguien no las cumpla… – ¡Uayy! – ¡Zas! – ¡Bong! – ¡Bam!

Ralph sintió a alguien levantar la caracola de sus rodillas. Cuando se dio cuenta, ya estaba Piggy de pie, meciendo en sus brazos el gran caracol blanquecino, y el griterío fue apagándose poco a poco. Jack, todavía de pie, miró perplejo a Ralph, que sonrió y le señaló el tronco con una palmada. Jack se sentó. Piggy se quitó las gafas y, mientras las limpiaba con la camisa, miró parpadeante a la asamblea.

–Estáis distrayendo a Ralph. No le dejáis llegar a lo más importante. Se detuvo. – ¿Sabe alguien que estamos aquí? ¿Eh?

–Lo saben en el aeropuerto.

–El hombre de la trompeta…

–Mi papá.

Piggy se puso las gafas.

–Nadie sabe que estamos aquí – dijo. Estaba más pálido que antes y falto de aliento -.

A lo mejor sabían a dónde íbamos; y a lo mejor, no. Pero no saben dónde estamos porque no llegamos a donde íbamos a ir.

Les miró fijamente durante unos instantes, luego giró y se sentó. Ralph cogió la caracola de sus manos.

–Eso es lo que yo iba a decir – siguió -, cuando todos vosotros, cuando todos… – observó sus caras atentas -. El avión cayó en llamas por los disparos. Nadie sabe dónde estamos y a lo mejor tenemos que estar aquí mucho tiempo.

Hubo un silencio tan completo que podía oírse el angustioso subir y bajar de la respiración de Piggy. El sol entraba oblicuamente y doraba media plataforma. Las brisas, que se habían entretenido en la laguna persiguiéndose la cola, como los gatos, se abrían ahora camino a través de la plataforma en dirección a la selva. Ralph se echó hacia atrás la maraña de pelo rubio que le cubría la frente.

–Así que a lo mejor tenemos que estar aquí mucho tiempo.

Todos permanecieron callados. De repente, Ralph sonrió.

–Pero esta es una isla estupenda. Nosotros… Jack, Simon y yo…, nosotros escalamos la montaña. Es fantástico. Hay comida, y bebida, y…

–Rocas…

–Flores azules…

Piggy, a medio recuperarse, señaló a la caracola que Ralph tenía en sus manos, y Jack y Simón se callaron. Ralph continuó.

–Podemos pasarlo bien aquí, mientras esperamos. Hizo un amplio gesto con las manos.

–Es como lo que cuentan en los libros. Surgió un clamor.

–La Isla del Tesoro…

–Golondrinas y Amazonas…

–La Isla de Coral… Ralph agitó la caracola.

–Es nuestra isla. Es una isla estupenda. Podemos divertirnos muchísimo hasta que los mayores vengan por nosotros.

Jack alargó el brazo hacia la caracola.

–Hay cerdos – dijo -. Hay comida y agua para bañarnos ahí en ese arroyo pequeño… y de todo. ¿Alguno de vosotros ha encontrado algo más?

Devolvió la caracola a Ralph y se sentó. Al parecer, nadie había encontrado nada.

Los chicos mayores se fijaron por primera vez en el niño, al tratar éste de resistirse. Un grupo de chiquillos le empujaban hacia delante, pero no quería avanzar. Era un pequeñuelo, de unos seis años, con una mancha de nacimiento morada que cubría un lado de su cara. Estaba de pie ante ellos, combado su cuerpo ahora por la rabiosa luz de la publicidad, y frotaba la hierba con la punta de un pie. Balbuceaba algo y parecía a punto de llorar.

Los otros pequeños, hablando en voz baja, pero muy serios, le empujaron hacia Ralph.

–Bueno – dijo Ralph – venga de una vez. El niño miró a todos con pánico. – ¡Habla!

El pequeño alargó el brazo hacia la caracola y el grupo rompió en carcajadas; rápidamente retiró las manos y rompió a llorar. – ¡Dale la caracola! – gritó Piggy -. ¡Dásela!

Por fin, Ralph logró que la cogiese, mas para entonces el golpe de risas había dejado sin voz al niño. Piggy se arrodilló junto a él, con una mano sobre la gran caracola, para escucharle y hacer de intérprete ante la asamblea.

–Quiere saber qué vais a hacer con esa serpiente. Ralph se echó a reír y los otros mayores rieron con él. Cada vez se encorvaba más el pequeño.

–Cuéntanos cómo era esa serpiente.

–Ahora dice que era una fiera. – ¿Una fiera?

–Se parecía a una serpiente. Pero grandísima. La vio él. – ¿Dónde?

–En el bosque.

Las brisas errantes, o tal vez el ocaso del sol, dejaron posarse cierto frescor bajo los árboles. Los muchachos lo advirtieron y se agitaron inquietos.

–No puede haber ni fieras salvajes ni tampoco serpientes en una isla de este tamaño – explicó Ralph amablemente -. Sólo se encuentran en países grandes como África o la India.

Murmullos, y el serio asentir de las cabezas.

–Dice que la bestia vino por la noche. – ¡Entonces no pudo verla! Risas y aplausos. – ¿Habéis oído? Dice que vio esa cosa de noche…

–Sigue diciendo que la vio. Vino, y luego se fue, y volvió, y quería comerle…

–Estaba soñando.

Ralph, entre risas, recorrió con su mirada el anillo de rostros en busca de asentimiento.

Los mayores estaban de acuerdo; pero aquí y allá, entre los pequeños, quedaba el resto de duda que necesita algo más que una garantía racional.

–Tuvo una pesadilla. Por haber andado entre todas esas trepadoras.

De nuevo, un serio asentir; sabían muy bien lo que eran las pesadillas.

–Dice que vio esa fiera, como una serpiente, y quiere saber si esta noche va a volver. – ¡Pero si no hay ninguna fiera!

–Dice que por la mañana se transformó en una de esas cosas de los árboles que son como cuerdas y que se cuelga de las ramas. Pregunta si volverá está noche. – ¡Pero si no hay ninguna fiera!

Ya no había rastro alguno de risas, sino una atención más preocupada.

Ralph, divertido y exasperado a la vez, se pasó ambas manos por el pelo y miró al niño. Jack asió la caracola.

–Ralph tiene razón, eso desde luego. No hay ninguna serpiente. Pero si hay una serpiente la cazaremos y la mataremos. Vamos a cazar cerdos para traer carne a todos. Y también buscaremos la serpiente esa… – ¡Pero si no hay ninguna serpiente!

–Lo sabremos seguro cuando vayamos a cazar.

Ralph se sintió molesto y, por un momento, vencido. Sintió que se había enfrentado con algo inasequible. Los ojos que le miraban con tanta atención habían perdido su alegría. – ¡Pero si no hay ninguna fiera!

Una reserva de energía que no sospechaba escondida en él se avivó y le forzó a insistir de nuevo y con más fuerza. – ¡Pero si os digo que no hay ninguna fiera!

La asamblea permaneció en silencio. Ralph alzó la caracola una vez más y recobró el buen humor al pensar en lo que aún tenía que decir.

–Ahora llegamos a lo más importante. He estado pensando. Pensaba mientras escalábamos la montaña – lanzó a los otros dos una mirada de connivencia – y ahora aquí, en la playa. Esto es lo que he pensado. Queremos divertirnos. Y queremos que nos rescaten.

El apasionado rumor de conformidad que brotó de la asamblea le golpeó con la fuerza de una ola y él se perdió. Pensó de nuevo.

–Queremos que nos rescaten; y, desde luego, nos van a rescatar.

Creció el murmullo. Aquella declaración tan sencilla, sin otro respaldo que la fuerza de la nueva autoridad de Ralph, les trajo claridad y dicha. Tuvo que agitar la caracola en el aire para hacerse oír.

–Mi padre está en la Marina. Dice que ya no quedan islas desconocidas. Dice que la Reina tiene un cuarto enorme lleno de mapas y que todas las islas del mundo están dibujadas allí. Así que la Reina tiene dibujada esta isla.

De nuevo se oyó el rumor de la alegría y el optimismo.

–Y antes o después pasará por aquí algún barco. Hasta podría ser el barco de papá.

Así que ya lo sabéis. Antes o después vendrán a rescatarnos.

Tras aclarar su argumento, se detuvo. La asamblea se vio alzada a un lugar seguro por sus palabras. Sentían simpatía y ahora respeto hacia él. Le aplaudieron espontáneamente y pronto la plataforma entera resonó con los aplausos. Ralph se sonrojó al observar de costado la abierta admiración de Piggy y al otro lado a Jack, que sonreía con afectación y demostraba que también él sabía aplaudir.

Ralph agitó la caracola en el aire. – ¡Basta! ¡Esperad! ¡Escuchadme!

Prosiguió cuando hubo silencio, alentado por el triunfo.

–Hay algo más. Podemos ayudarles para que nos encuentren. Si se acerca un barco a la isla, puede que no nos vea. Así que tenemos que lanzar humo desde la cumbre de la montaña. Tenemos que hacer una hoguera, – ¡Una hoguera! ¡Vamos a hacer una hoguera!

Al instante, la mitad de los muchachos estaban ya en pie. Jack vociferaba entre ellos, olvidada por todos la caracola. – ¡Venga! ¡Seguidme!

El espacio bajo las palmeras se llenó de ruido y movimiento. Ralph estaba también de pie, gritando que se callasen, pero nadie le oía. En un instante el grupo entero corría hacia el interior de la isla y todos, tras Jack, desaparecieron. Hasta los más pequeños se pusieron en marcha, luchando contra la hojarasca y las ramas partidas como mejor pudieron. Ralph, sosteniendo la caracola en las manos, se había quedado solo con Piggy.

Piggy respiraba ya casi con normalidad. – ¡Igual que unos críos! – dijo con desdén -. ¡Se portan como una panda de críos!

Ralph le miró inseguro y colocó la caracola sobre un tronco.

–Te apuesto a que ya han pasado las cinco – dijo Piggy -. ¿Qué crees que van a hacer en la montaña?

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