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El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flie... – Text to read

El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flies), 1. El toque de la caracola (4)

중급 2 스페인어의 lesson to practice reading

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1. El toque de la caracola (4)

–Vamos – dijo Jack en seguida -, que somos exploradores.

–Iremos hasta el extremo de la isla – dijo Ralph – y veremos desde allí lo que hay al otro lado.

–Si es que es una isla…

Ahora, al acercarse la noche, los espejismos iban cediendo poco a poco.

Divisaron el final de la isla, bien visible y sin ningún efecto mágico que ocultase su aspecto o su sentido. Se hallaron frente a un tropel de formas cuadradas que ya les eran familiares y un gran bloque en medio de la laguna. En él tenían sus nidos las gaviotas.

–Parece una capa de azúcar – dijo Ralph – sobre una tarta de fresa.

–No vamos a ver nada desde el extremo porque no hay ningún extremo – dijo Jack -.

Sólo una curva suave… y fíjate que las rocas son cada vez más peligrosas…

Ralph hizo pantalla de sus ojos con una mano y siguió el perfil mellado de los riscos montaña arriba. Era el lugar de la playa más cercano a la montaña que hasta el momento habían visto.

–Trataremos de escalar la montaña desde aquí – dijo -. Me parece que este es el camino más fácil. Aquí hay menos jungla y más de estas rocas de color rosa. ¡Vamos!

Los tres muchachos empezaron a trepar. Alguna fuerza desconocida había dislocado aquellos bloques, partiéndolos en pedazos que quedaron inclinados, y con frecuencia apilados uno sobre otro en volumen decreciente. La forma más característica era un rosado risco que soportaba un bloque ladeado, coronado a su vez por otro bloque, y éste por otro, hasta que aquella masa rosada constituía una pila de rocas en equilibrio que emergía atravesando la ondulada fantasía de las trepadoras del bosque. A menudo, donde los riscos rosados se erguían del suelo aparecían senderos estrechos que serpenteaban hacia arriba. Sería fácil caminar por ellos, de cara hacia la montaña y sumergidos en el mundo vegetal. – ¿Quién haría este camino?

Jack se paró para limpiarse el sudor de la cara. Ralph, junto a él, respiraba con dificultad. – ¿Hombres?

Jack negó con la cabeza.

–Los animales.

Ralph penetró con la mirada en la oscuridad bajo los árboles. La selva vibraba sin cesar.

–Vamos.

Lo más difícil no era la abrupta pendiente, rodeando las rocas, sino las inevitables zambullidas en la maleza hasta alcanzar la vereda siguiente. Allí las raíces y los tallos de las plantas trepadoras se enredaban de tal modo que los muchachos habían de atravesarlos como dóciles agujas. Aparte del suelo pardo y los ocasionales rayos de luz a través del follaje, lo único que les servía de guía era la dirección de la pendiente del terreno: que este agujero, aún galoneado por cables de trepadoras, se encontrase más alto que aquel.

Siguieron hacia arriba a pesar de todo.

En uno de los momentos más difíciles, cuando se encontraban atrapados en aquella maraña, Ralph se volvió a los otros con ojos brillantes. – ¡Bárbaro! – ¡Fantástico! – ¡Estupendo!

No era fácil explicar la razón de su alegría. Los tres se sentían sudorosos, sucios y agotados. Ralph estaba lleno de arañazos. Las trepadoras eran tan gruesas como sus propios muslos y no dejaban más que túneles por donde seguir avanzando. Ralph gritó para sondear, y escucharon los ecos amortiguados.

–Esto sí que es explorar – dijo Jack -. Te apuesto a que somos los primeros que entramos en este sitio.

–Deberíamos dibujar un mapa – dijo Ralph -. Lo malo es que no tenemos papel.

–Podríamos hacerlo con la corteza de un árbol – dijo Simón -, raspándola y luego frotando con algo negro.

De nuevo, en la temerosa penumbra, brotó la solemne comunión de ojos brillantes. – ¡Bárbaro! – ¡Fantástico!

No había espacio para volteretas. Aquella vez Ralph tuvo que expresar la intensidad de su entusiasmo fingiendo derribar a Simón de un golpe; y pronto formaron un montón alegre y efusivo bajo la sombra crepuscular. Cuando se desenlazaron, Ralph fue el primero en hablar.

–Tenemos que seguir.

El granito rosado del siguiente risco se encontraba más alejado de las trepadoras y los árboles, y resultaba fácil seguir la vereda. Esta, a su vez, les condujo hacia un claro del bosque, desde donde se vislumbraba el mar abierto. El sol secó ahora sus ropas empapadas por el oscuro y húmedo calor soportado. Para llegar hasta la cumbre ya no habrían de zambullirse más en la oscuridad, sino trepar tan sólo por la roca rosada.

Eligieron su camino por desfiladeros y afilados peñascos. – ¡Mira! ¡Mira!

Las piedras desgarradas se alzaban como chimeneas a gran altura en aquel extremo de la isla. La roca que escogió Jack para apoyarse cedió, rechinando, al empuje.

–Venga…

Pero este «venga» no era una incitación a seguir hacia la cumbre. La cumbre sería asaltada más tarde, una vez que los tres muchachos respondieran a este reto. La roca era tan grande como un automóvil pequeño. – ¡Empuja!

Adelante y atrás; había que coger el ritmo. – ¡Empuja!

Tiene que aumentar el vaivén del péndulo, aumentar, aumentar, hay que arrimar el hombro en el punto que más oscila… aumentar… aumentar. – ¡Empuja!

La enorme roca dudó un segundo, se balanceó en un pie, decidió no volver, se lanzó al espacio, cayó, golpeó el suelo, giró, zumbó en el aire y abrió un profundo hueco en el dosel del bosque. Volaron pájaros y rumores, flotó en el aire un polvo rosado y blanco, retumbó el bosque a lo lejos como si lo atravesara un monstruo enfurecido y luego enmudeció la isla. – ¡Qué bárbaro! – ¡Igual que una bomba!

No pudieron apartarse de aquel triunfo suyo en un buen rato. Pero al fin se alejaron.

El camino a la cumbre resultó fácil después de aquello. Al iniciar el último tramo, Ralph quedó inmóvil. – ¡Fíjate!

Habían llegado al borde de un circo, o anfiteatro, esculpido en la ladera. Estaba cubierto de azules flores de montaña que le rebasaban y colgaban en profusión hasta el dosel del bosque. El aire estaba cargado de mariposas que se elevaban, volaban y volvían a las flores.

Más allá del circo aparecía la cima cuadrada de la montaña y pronto se encontraron en ella.

Habían sospechado desde un principio que estaban en una isla: mientras trepaban por las rosadas piedras, con el mar a ambos lados y el alto aire cristalino, un instinto les había dicho que se encontraban rodeados por el mar. Pero era mejor no decir la última palabra hasta pisar la propia cumbre y ver el redondo horizonte de agua.

Ralph se volvió a los otros.

–Todo esto es nuestro.

Su forma venía a ser la de un barco: el extremo donde se encontraban se erguía encorvado y detrás de ellos descendía el arduo camino hacia la orilla. A un lado y otro, rocas, riscos, copas de árboles y una fuerte pendiente. Frente a ellos, toda la longitud del barco: un descenso más fácil, cubierto de árboles e indicios de la piedra rosada, y luego la llanura selvática, tupida de verde, contrayéndose al final en una cola rosada. Allá donde la isla desaparecía bajo las aguas, se veía otra isla. Una roca, casi aislada, se alzaba como una fortaleza, cuyo rosado y atrevido bastión les contemplaba a través del verdor.

Los muchachos observaron todo aquello; después dirigieron la vista al mar. La tarde empezaba a declinar y desde el alto mirador ningún espejismo robaba al paisaje su nitidez.

–Eso es un arrecife. Un arrecife de coral. Los he visto en fotos.

El arrecife cercaba gran parte de la isla y se extendía paralelo a lo que los muchachos llamaron su playa, a una distancia de más de un kilómetro de ella. El coral semejaba blancos trazos hechos por un gigante que se hubiese encorvado para reproducir en el mar la fluida línea del contorno de la isla y, cansado, abandonara su obra sin acabarla. Dentro del agua multicolor, las rocas y las algas se veían como en un acuario; fuera, el azul oscuro del mar. Del arrecife se desprendían largas trenzas de espumas que la marea arrastraba consigo, y por un instante creyeron que el barco empezaba a ciar.

Jack señaló hacia abajo.

–Allí es donde aterrizamos.

Más allá de los barrancos y los riscos podía verse la cicatriz en los árboles; allí estaban los troncos astillados y luego el desgarrón del terreno, dejando entre éste y el mar tan sólo una orla de palmeras. Allí estaba también, apuntando hacia la laguna, la plataforma, y cerca de ella se movían figuras que parecían insectos.

Ralph trazó con la mano una línea en zig-zag que partía del área desnuda donde se encontraban, seguía una cuesta, después una hondonada, atravesaba un campo de flores y, tras un rodeo, descendía a la roca donde empezaba el desgarrón del terreno.

–Esta es la manera más rápida de volver. Brillándoles los ojos, extasiados, triunfantes, saborearon el derecho de dominio. Se sintieron exaltados; se sintieron amigos.

–No se ve el humo de ninguna aldea y tampoco hay barcos – dijo Ralph con seriedad -.

Luego lo comprobaremos, pero creo que está desierta.

–Buscaremos comida – dijo Jack entusiasmado -. Tendremos que cazar; atrapar algo… hasta que vengan por nosotros.

Simón miró a los dos sin decir nada, pero asintiendo con la cabeza de tal forma que su melena negra saltaba de un lado a otro. Le brillaba el rostro.

Ralph observó el otro lado, donde no había arrecife.

–Ese lado tiene más cuesta – dijo Jack. Ralph formó un círculo con las manos.

–Ese trozo de bosque, ahí abajo… lo sostiene la montaña.

Todos los rincones de la montaña sostenían árboles; árboles y flores. En aquel momento el bosque empezó a palpitar, a agitarse, a rugir. El área de flores más cercanas fue sacudida por el viento y durante unos instantes la brisa llevó aire fresco a sus rostros.

Ralph extendió los brazos.

–Todo es nuestro. Gritaron, rieron y saltaron.

–Tengo hambre.

Al mencionar Simón su hambre, los otros se dieron cuenta de la suya.

–Vamonos – dijo Ralph -. Ya hemos averiguado lo que queríamos saber.

Bajaron a tropezones una cuesta rocosa, cruzaron entre flores y se hicieron camino bajo los árboles. Se detuvieron para ver los matorrales con curiosidad.

Simón fue el primero en hablar.

–Parecen cirios. Plantas de cirios. Capullos de cirios.

Las plantas, que despedían un olor aromático, eran de un verde oscuro y sus numerosos capullos verdes, replegados para evitar la luz, brillaban como la cera. Jack cortó uno con la navaja y su olor se derramó sobre ellos.

–Capullos de cirios.

–No se pueden encender – dijo Ralph -. Parecen velas, eso es todo.

–Velas verdes – dijo Jack con desprecio -; no se pueden comer. Venga, vamonos.

Habían llegado al lugar donde comenzaba la espesa selva, y caminaban cansados por un sendero cuando oyeron ruidos – en realidad gruñidos – y duros golpes de pezuñas en un camino. A medida que avanzaban aumentaron los gruñidos hasta hacerse frenéticos.

Encontraron un jabato atrapado en una maraña de lianas, debatiéndose entre las elásticas ramas en la locura de su angustiado terror. Lanzaba un sonido agudo, afilado como una aguja, insistente. Los tres muchachos avanzaron corriendo y Jack blandió de nuevo su navaja. Alzó un brazo al aire. Se hizo un silencio, una pausa; el animal continuó gruñendo, siguieron agitándose las lianas y la navaja brillando al extremo de un brazo huesudo. La pausa sirvió tan sólo para que los tres comprendieran la enormidad que sería la caída del golpe. En ese momento, el jabato se libró de las ramas y se escabulló en la maleza. Se quedaron mirándose y contemplaron el lugar del terror.

El rostro de Jack estaba blanco bajo las pecas. Advirtió que aún sostenía la navaja en lo alto; bajó el brazo y guardó el arma en su funda. Rieron los tres algo avergonzados y retrocedieron hasta alcanzar el camino abandonado.

–Estaba buscando un buen sitio – dijo Jack -; sólo esperé un momento para decidir dónde clavarla.

–Los jabalíes se cazan con venablo – dijo Ralph con violencia -. Siempre se habla de cazar el jabalí con venablo.

–Hay que cortarles el cuello para que les salga la sangre – dijo Jack -. Si no, no se puede comer la carne. – ¿Por qué no le has…?

Sabían muy bien por qué no lo había hecho: hubiese sido tremendo ver descender la navaja y cortar carne viva; hubiese sido insoportable la visión de la sangre.

–Lo iba a hacer – dijo Jack. Se había adelantado y no pudieron ver su cara. –Estaba buscando un buen sitio. ¡La próxima vez…! De un tirón sacó la navaja de su funda y la clavó en el tronco de un árbol. La próxima vez no habría piedad. Se volvió y les miró con fiereza, retándoles a que le desmintiesen. A poco salieron a la luz del sol y se entretuvieron algún tiempo en busca de frutos comestibles, devorándolos mientras avanzaban por el desgarrón hacia la plataforma y la reunión.

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