1. El toque de la caracola (3)
–Sam, Eric, Sam, Eric.
Después se confundió; los mellizos movieron las cabezas y señalaron el uno al otro. El grupo entero rió.
Por fin dejó Ralph de sonar la caracola y con ella en una mano se sentó, la cabeza entre las rodillas. Las risas se fueron apagando al mismo tiempo que los ecos y se hizo el silencio.
Algo oscuro andaba a tientas dentro del rombo brumoso de la playa. El primero que lo vio fue Ralph y su atenta mirada acabó por arrastrar hacia aquel lugar la vista de los demás. La criatura salió del área del espejismo y entró en la transparente arena, y vieron entonces que no toda aquella oscuridad era una sombra, sino, en su mayor parte, ropas.
La criatura era un grupo de chicos que marchaban casi a compás, en dos filas paralelas.
Vestían de extraña manera. Llevaban en la mano pantalones, camisas y otras prendas, pero cada muchacho traía puesta una gorra negra cuadrada con una insignia de plata.
Capas negras con grandes cruces plateadas al lado izquierdo del pecho cubrían sus cuerpos desde la garganta a los tobillos, y los cuellos acababan rematados por golas blancas. El calor del trópico, el descenso, la búsqueda de alimentos y ahora esta caminata sudorosa a lo largo de la playa ardiente habían dado a la piel de sus rostros el aspecto de una ciruela recién lavada. El muchacho al mando del grupo vestía de la misma forma, pero la insignia de su gorra era dorada. Cuando su grupo se encontró a unos diez metros de la plataforma, gritó una orden y todos se pararon, jadeantes, sudorosos, balanceándose en la rabiosa luz. El propio jefe dio unos pasos al frente, saltó a la plataforma, revoloteando su capa, y se asomó a lo que para él era casi total oscuridad. – ¿Dónde está el hombre de la trompeta? Ralph, al advertir en el otro la ceguera del sol, contestó:
–No hay ningún hombre con trompeta. Era yo.
El muchacho se acercó y, fruncido el entrecejo, miró a Ralph. Lo que pudo ver de aquel muchacho rubio con una caracola de color cremoso no pareció satisfacerle. Se volvió rápidamente y su capa negra giró en el aire. – ¿Entonces no hay ningún barco?
Se le veía alto, delgado y huesudo dentro de la capa flotante; su pelo rojo resaltaba bajo la gorra negra. Su cara, de piel cortada y pecosa, era fea, pero no la de un tonto. Dos ojos de un azul claro que destacaban en aquel rostro, indicaban su decepción, pronta a transformarse en cólera. – ¿No hay ningún hombre aquí? Ralph habló a su espalda.
–No. Pero vamos a tener una reunión. Quedaos con nosotros.
El grupo empezó a deshacer la formación y el muchacho alto gritó: – ¡Atención! ¡Quieto el coro!
El coro, obedeciendo con cansancio, volvió a agruparse en filas y permaneció balanceándose al sol. Pero unos cuantos empezaron a protestar tímidamente.
–Por favor, Merridew. Por favor…, ¿por qué no nos dejas?
En aquel momento uno de los muchachos se desplomó de bruces en la arena y la fila se deshizo. Alzaron al muchacho a la plataforma y le dejaron allí sobre el suelo. Merridew le miró fijamente y después trató de corregir lo hecho.
–De acuerdo. Sentaos. Dejadle solo.
–Pero, Merridew…
–Siempre se está desmayando – dijo Merridew -. Hizo lo mismo en Gibraltar y en Addis, y en los maitines se cayó encima del chantre.
Esta jerga particular del coro provocó la risa de los compañeros de Merridew, que posados como negros pájaros en los troncos desordenados observaban a Ralph con interés. Piggy no preguntó sus nombres. Se sintió intimidado por tanta superioridad uniformada y la arrogante autoridad que despedía la voz de Merridew. Encogido al otro lado de Ralph, se entretuvo con las gafas.
Merridew se dirigió a Ralph. – ¿No hay gente mayor?
–No.
Merridew se sentó en un tronco y miró al círculo de niños.
–Entonces tendremos que cuidarnos nosotros mismos. Seguro al otro lado de Ralph, Piggy habló tímidamente.
–Por eso nos ha reunido Ralph. Para decidir lo que hay que hacer. Ya tenemos algunos nombres. Ese es Johnny. Esos dos – son mellizos – son Sam y Eric. ¿Cuál es Eric…? ¿Tú? No, tu eres Sam…
–Yo soy Sam.
–Y yo soy Eric.
–Debíamos conocernos por nuestros nombres. Yo soy Ralph – dijo éste.
–Ya tenemos casi todos los nombres – dijo Piggy – Los acabamos de preguntar ahora.
–Nombres de niños – dijo Merridew -. ¿Por qué me va nadie a llamar Jack? Soy Merridew.
Ralph se volvió rápido. Aquella era la voz de alguien que sabía lo que quería.
–Entonces – siguió Piggy -, aquel chico… no me acuerdo…
–Hablas demasiado – dijo Jack Merridew -. Cállate, Fatty.
Se oyeron risas. – ¡No se llama Fatty – gritó Ralph -, su verdadero nombre es Piggy! – ¡Piggy! – ¡Piggy! – ¡Eh, Piggy!
Se rieron a carcajadas y hasta el más pequeño se unió al jolgorio. Durante un instante, los muchachos formaron un círculo cerrado de simpatía, que excluyó a Piggy. Se puso éste muy colorado, agachó la cabeza y limpió las gafas una vez más.
Por fin cesó la risa y continuaron diciendo sus nombres. Maurice, que seguía a Jack en estatura entre los del coro, era ancho de espaldas y lucía una sonrisa permanente. Había un chico menudo y furtivo en quien nadie se había fijado, encerrado en sí mismo hasta lo más profundo de su ser. Murmuró que se llamaba Roger y volvió a guardar silencio. Bill, Robert, Harold, Henry. El muchacho que sufrió el desmayo se arrimó a un tronco de palmera, sonrió, aún pálido, a Ralph y dijo que se llamaba Simón. Habló Jack:
–Tenemos que decidir algo para que nos rescaten. Se oyó un rumor; Henry, uno de los pequeños, dijo que se quería ir a casa.
–Cállate – dijo Ralph distraído. Alzó la caracola -. Me parece que debíamos tener un jefe que tome las decisiones. – ¡Un jefe! ¡Un jefe!
–Debo serlo yo – dijo Jack con sencilla arrogancia -, porque soy el primero en el coro de la iglesia y soy tenor. Puedo dar el do sostenido.
De nuevo un rumor.
–Así que – dijo Jack -, yo…
Dudó por un instante. El muchacho moreno, Roger, dio al fin señales de vida y dijo:
–Vamos a votar. – ¡Sí! – ¡A votar por un jefe! – ¡Vamos a votar!…
Votar era para ellos un juguete casi tan divertido como la caracola.
Jack empezó a protestar, pero el alboroto cesó de reflejar el deseo general de encontrar un jefe para convertirse en la elección por aclamación del propio Ralph.
Ninguno de los chicos podría haber dado una buena razón para aquello; hasta el momento, todas las muestras de inteligencia habían procedido de Piggy, y el que mostraba condiciones más evidentes de jefe era Jack. Pero tenía Ralph, allí sentado, tal aire de serenidad, que le hacía resaltar entre todos; era su estatura y su atractivo; mas de manera inexplicable, pero con enorme fuerza, había influido también la caracola. El ser que hizo sonar aquello, que les aguardó sentado en la plataforma con tan delicado objeto en sus rodillas, era algo fuera de lo corriente.
–El del caracol. – ¡Ralph! ¡Ralph!
–Que sea jefe ese de la trompeta. Ralph alzó una mano para callarles.
–Bueno, ¿quién quiere que Jack sea jefe? Todos los del coro, con obediencia inerme, alzaron las manos. – ¿Quién me vota a mí?
Todas las manos restantes, excepto la de Piggy, se elevaron inmediatamente.
Después también Piggy, aunque a regañadientes, hizo lo mismo.
Ralph las contó.
–Entonces, soy el jefe.
El círculo de muchachos rompió en aplausos. Aplaudieron incluso los del coro. Las pecas del rostro de Jack desaparecieron bajo el sonrojo de la humillación. Decidió levantarse, después cambió de idea y se volvió a sentar mientras el aire seguía tronando.
Ralph le miró y con el vivo deseo de ofrecerle algo:
–El coro te pertenece a ti, por supuesto.
–Pueden ser nuestro ejército…
–O los cazadores…
–Podrían ser…
Desapareció el sofoco de la cara de Jack. Ralph volvió a pedir silencio con la mano.
–Jack tendrá el mando de los del coro. Pueden ser… ¿Tú qué quieres que sean?
–Cazadores.
Jack y Ralph sonrieron el uno al otro con tímido afecto. Los demás se entregaron a animadas conversaciones. Jack se levantó.
–Vamos a ver, los del coro. Quitaos las capas.
Los muchachos del coro, como si acabara de terminarse la clase, se levantaron, se pusieron a charlar y apilaron sobre la hierba las capas negras. Jack dejó la suya en un tronco junto a Ralph. Tenía los pantalones grises pegados a la piel por el sudor. Ralph los miró con admiración, y al darse cuenta Jack explicó:
–Traté de escalar aquella colina para ver si estábamos rodeados de agua. Pero nos llamó tu caracola.
Ralph sonrió y alzó la caracola para establecer silencio.
–Escuchad todos. Necesito un poco de tiempo para pensar las cosas. No puedo decidir nada así de repente. Si esto no es una isla, nos podrán rescatar en seguida. Así que tenemos que decidir si es una isla o no. Tenéis que quedaros todos aquí y esperar. Y que nadie se mueva. Tres de nosotros… porque si vamos más nos haremos un lío y nos perderemos, así que tres de nosotros iremos a explorar y ver dónde estamos. Iré yo, y Jack y…
Miró al círculo de animados rostros. Sobraba donde escoger.
–Y Simón.
Los chicos alrededor de Simón rieron burlones y él se levantó sonriendo un poco.
Ahora que la palidez del desmayo había desaparecido, era un chiquillo delgaducho y vivaz, con una mirada que emergía de una pantalla de pelo negro, lacio y tosco.
Asintió con la cabeza.
–De acuerdo, iré.
–Y yo…
Jack sacó una navaja envainada, de respetable tamaño, y la clavó en un tronco. El alboroto subió y decayó de nuevo.
Piggy se removió en su asiento.
–Yo iré también. Ralph se volvió hacia él.
–No sirves para esta clase de trabajo.
–Me da igual…
–No te queremos para nada – dijo Jack sin más -; basta con tres.
Los muchachos del coro, como si acabara de terminarse – Yo estaba con él cuando encontró la caracola. Estaba con él antes de que vinierais vosotros.
Ni Jack ni los otros le hicieron caso. Hubo una dispersión general.
Ralph, Jack y Simón saltaron de la plataforma y marcharon por la arena, dejando atrás la poza. Piggy les siguió con esfuerzo.
–Si Simón se pone en medio – dijo Ralph -, podremos hablar por encima de su cabeza.
Los tres marchaban al unísono, por lo cual Simón se veía obligado a dar un salto de vez en cuando para no perder el paso. Al poco rato Ralph se paró y se volvió hacia Piggy.
–Oye.
Jack y Simón fingieron no darse cuenta de nada. Siguieron caminando.
–No puedes venir.
De nuevo se empañaron las gafas de Piggy, esta vez por humillación.
–Se lo has dicho. Después de lo que te conté. Se sonrojó y le tembló la boca.
–Después que te dije que no quería…
–Pero ¿de qué hablas?
–De que me llamaban Piggy. Dije que no me importaba con tal que los demás no me llamasen Piggy, y te pedí que no se lo dijeses a nadie, y luego vas y se lo cuentas a todos.
Cayó un silencio sobre ellos. Ralph miró a Piggy con más comprensión, y le vio afectado y abatido. Dudó entre la disculpa y un nuevo insulto.
–Es mejor Piggy que Fatty – dijo al fin, con la firmeza de un auténtico jefe -. Y además, siento que lo tomes así. Vuélvete ahora, Piggy, y toma los nombres que faltan. Ese es tu trabajo. Hasta luego.
Se volvió y corrió hacia los otros dos. Piggy quedó callado y el sonrojo de indignación se apagó lentamente. Volvió a la plataforma.
Los tres muchachos marcharon rápidos por la arena. La marea no había subido aún y dejaba descubierta una franja de playa, salpicada de algas, tan firme como un verdadero camino. Una especie de hechizo lo dominó todo; les sobrecogió aquella atmósfera encantada y se sintieron felices. Se miraron riendo animadamente; hablaban sin escucharse. El aire brillaba. Ralph, que se sentía obligado a traducir todo aquello en una explicación, intentó dar una voltereta y cayó al suelo. Al cesar las risas, Simón acarició tímidamente el brazo de Ralph y se echaron a reír de nuevo.