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Los Desposeidos (The Dispossessed) Ursula K Le Guin, Los desposeídos (33)

Los desposeídos (33)

Cuando uno visita países extraños, suele comprar recuerdos de viaje. Le gustaban las fotografías: vistas de A-Io, las montañas que había escalado, los rascacielos de Nio, la capilla de la Universidad (casi el mismo paisaje que veía desde la ventana del cuarto), una muchacha campesina ataviada con un bonito vestido provinciano, las torres de Rodarred, y la que primero lo había atraído, un corderito en un prado de flores, dando pataditas en el aire y, al parecer, riéndose. A la pequeña Pilun le gustaría ese corderito. Tomó unas tarjetas y las llevó al mostrador.

—Y cincuenta y cinco y la ovejita, sesenta; y un mapa, aquí tiene, señor, uno cuarenta. Hermoso día, ¿verdad, señor? Por fin ha llegado la primavera. ¿No tiene más pequeño, señor? —Shevek había sacado un billete de veinte unidades. Manoseó con torpeza el cambio que le habían dado cuando comprara el billete de tren, y tras un breve estudio de las inscripciones de los billetes y monedas, consiguió reunir una unidad cuarenta—. Está bien señor, ¡Gracias y que pase un día agradable!

¿También la amabilidad se compraba con dinero, lo mismo que las tarjetas postales y el mapa? ¿Habría sido igualmente amable el vendedor si él hubiese entrado en la tienda como entraba un anarresti en una proveeduría de bienes de consumo: a buscar lo que necesitaba, saludar con un gesto al encargado, y marcharse?

Inútil, inútil pensar en esa forma. Cuando estás en el Reino de la Propiedad, piensa como un propietario. Vístete como ellos, actúa como ellos, sé como ellos.

No había parques en el centro de Nio, la tierra era demasiado valiosa para derrocharla en esparcimientos. Shevek se internó cada vez más en las mismas calles anchas y rutilantes por las que lo habían paseado muchas veces. Llegó al Paseo Saemtenevia, y lo atravesó de prisa, temiendo que se repitiera la pesadilla diurna. Ahora estaba en el distrito comercial. Bancos, edificios de oficinas, edificios del gobierno. ¿Era así toda Nio Esseia? Cajas grandes y brillantes de piedra y cristal, enormes, ornamentadas, paquetes descomunales, vacíos, vacíos.

Al pasar por una ventana de una planta baja con la inscripción Galería de Arte, entró, pensando huir de la claustrofobia moral de las calles y reencontrar en un museo la belleza de Urras. Pero en todos los cuadros de aquel museo había etiquetas con precios adheridas a los marcos. Se detuvo a contemplar un desnudo de mujer hábilmente pintado. La etiqueta indicaba 4.000 UMI.

—Es un Fei Feite —le dijo un hombre trigueño que había aparecido junto a él sin hacer ruido—. Hace una semana teníamos cinco. La gran sensación en el mercado de arte dentro de poco. Un Feite es una inversión segura.

—Cuatro mil unidades es el dinero que cuesta mantener a dos familias durante un año en esta ciudad —dijo Shevek.

El hombre lo inspeccionó y dijo, arrastrando las palabras:

—Sí, bueno, pero usted ve, señor, ésta es una obra de arte.

—¿Arte? Un hombre hace arte porque tiene que hacerlo. ¿Por qué hicieron esta pintura?

—Usted es un artista, supongo —dijo el hombre, ahora con desembozada insolencia.

—No, ¡soy un hombre que reconoce la mierda cuando la ve!

El comerciante retrocedió. Cuando estuvo fuera del alcance de Shevek, empezó a decir algo acerca de la policía. Shevek hizo una mueca y salió a paso largo de la tienda. Un poco más adelante se detuvo. No podía seguir de ese modo.

¿Pero a dónde ir?

A ver a alguien... a alguien, a otra persona. Un ser humano. Alguien que le diera ayuda, no que se la vendiera. ¿Quién? ¿Dónde?

Pensó en los hijos de Oiie, los niños que lo querían, y durante un rato no pudo pensar en nadie más. De pronto una imagen le apareció en la mente, distante, pequeña, y clara: la hermana de Oiie. ¿Cómo se llamaba? Prométame que me llamará, le había dicho, y desde entonces le había escrito dos veces invitándolo a cenar, con una letra clara e infantil, en un papel grueso, muy perfumado. Shevek había ignorado las invitaciones, junto con otras de gente desconocida. Ahora las recordó.

Recordó al mismo tiempo el otro mensaje, el que había aparecido inexplicablemente en el bolsillo de su gabán: Únete a nosotros tus hermanos. Pero no podía encontrar ningún hermano, en Urras.

Entró en la tienda más próxima. Era una confitería, toda serpentinas de oropel y estuco rosado, con hileras de vitrinas repleta de cajas y latas y cestas de bombones y golosinas, rosa, castaño, crema, oro. Preguntó a la mujer que estaba detrás de las vitrinas si lo ayudaría a buscar un número telefónico. Se sentía tranquilo ahora, después del arrebato de cólera en la tienda de arte, y tan humildemente ignorante y extranjero que la mujer quedó conquistada. No sólo lo ayudó a buscar el nombre en el pesado tomo de números telefónicos; ella misma llamó desde el teléfono de la tienda.

—¿Hola?

—Shevek —dijo; y se quedó callado. El teléfono era para él un vehículo de necesidades urgentes, notificaciones de muertes, nacimientos y terremotos. No se le ocurría nada que decir.

—¿Shevek? ¿De veras? ¡Qué bueno que me haya llamado! No me importa despertarme si es usted.

—¿Estaba durmiendo?

—Profundamente, y todavía estoy en la cama. Está tibia y deliciosa. ¿Por dónde anda usted?

—En la calle Kae Sekae, creo.

—¿Y qué hace ahí? Venga en seguida. ¿Qué hora es? ¡Buen Dios, casi mediodía! Ya sé, lo encontraré a mitad de camino. Junto al estanque de los botes en los jardines del Palacio Viejo. ¿Sabrá encontrarlo? Escúcheme, tiene que quedarse. Doy una fiesta absolutamente paradisíaca esta noche. — Parloteó un rato más; él asentía a todo. Cuando salía de atrás del mostrador, la vendedora le sonrió.

—Convendría que le llevara una caja de dulces ¿no le parece, señor?

Shevek se detuvo.

—¿Sí?

—Nunca caen mal, señor.

Había un algo de descaro y complacencia en la voz de la mujer. El aire de la tienda era tibio y dulzón, como si todos los perfumes de la primavera se hubiesen acumulado allí. Shevek seguía en pie en medio de las vitrinas de pequeños lujos tentadores, alto, pesado, abstraído, como los pesados machos en los corrales, los carneros y toros adormecidos por la tibieza anhelante de la primavera.

—Le prepararé lo mejor de lo mejor —dijo la mujer, y llenó una cajita de metal, exquisitamente esmaltada, con hojas en miniatura de chocolate y rosas de azúcar. Envolvió la lata en papel de seda, puso el paquete en una caja de cartón plateado, envolvió la caja en un grueso papel de color rosa, y lo ató con una cinta de terciopelo verde. En todos los movimientos hábiles de la mujer había una divertida y simpática complicidad, y cuando le entregó a Shevek el envoltorio completo, y él lo tomó y se disponía a salir musitando las gracias, no había aspereza en la voz de la vendedora, que le recordó—: Son diez sesenta, señor. —Hasta lo hubiera dejado ir, compadeciéndolo, como las mujeres compadecen la fuerza; pero él regresó obedientemente y contó el dinero.

Tomó el tren subterráneo para llegar a los jardines del Palacio Viejo, y al estanque de los botes, donde niños graciosamente vestidos hacían navegar embarcaciones de juguete, barquichuelos maravillosos con cordaje de seda y arboladura de bronce que parecían piezas de orfebrería. Vio a Vea del otro lado del ancho y brillante círculo del agua y fue hacia ella bordeando al estanque, consciente de la luz del sol, del viento primaveral, del verde tierno de las primeras hojas en los árboles oscuros del parque.

Almorzaron en un restaurante del parque, en una terraza protegida por una alta cúpula de vidrio. En el interior de la cúpula, a la luz del sol, los árboles estaban cubiertos de hojas, sauces encorvados sobre un estanque en el que flotaban unas aves gordas y blancas, observando con indolente voracidad a Tos comensales, esperando las sobras. Vea no se encargó de ordenar la comida, poniendo en claro que era Shevek quien estaba a cargo de ella, pero unos camareros hábiles le aconsejaron con tanta delicadeza que él quedó convencido de que lo había resuelto todo; y por fortuna tenía dinero de sobra en los bolsillos.

La comida era excelente. Nunca había paladeado sabores tan sutiles. Acostumbrado a dos comidas diarias, solía pasar por alto el almuerzo de los urrasti, pero hoy comía de todo, mientras Vea picoteaba delicadamente, como un pajarito. Al fin no pudo más, y ella se rió del aire afligido de Shevek.

—Comí demasiado.

—Una pequeña caminata le sentará bien.

Fue una pequeñísima caminata: un lento paseo de diez minutos por el césped, y de pronto Vea se dejó caer con naturalidad a la sombra de un barranco de arbustos, brillantes de flores doradas. Shevek se sentó junto a ella. Recordó una frase de Takver mientras miraba los gráciles pies de Vea, decorados con zapatitos blancos de tacones muy altos. «Una aprovechada del cuerpo», llamaba Takver a las mujeres que utilizaban la sexualidad como un arma contra los hombres, en una lucha competitiva. Vea era, por su aspecto, la aprovechada del cuerpo más consumada. Los zapatos, el vestido, los cosméticos, las joyas, los gestos, todo en ella era provocación. Toda ella era tan elaborada y ostentosamente un cuerpo femenino que casi no parecía un ser humano. Encarnaba toda la reprimida sexualidad que los ioti sólo expresaban en sueños, en novelas y poemas, en infinitas pinturas de desnudos femeninos, en la música, las curvas y cúpulas arquitectónicas, las golosinas, los baños, los colchones. Era la mujer que se insinuaba en la tersura curvilínea de las mesas.

Se había espolvoreado la cabeza, enteramente afeitada, con un talco que contenía diminutos copos de mica, de manera que un ligero centelleo atenuaba la desnudez de los contornos. Vestía un chal o estola de una tela transparente, bajo la cual las formas y la textura de los brazos desnudos parecían suavizadas y protegidas. Tenía los pechos cubiertos: las mujeres ioti no salían a la calle con los pechos desnudos, reservaban la desnudez para sus propietarios. Unos pesados brazaletes de oro le adornaban las muñecas, y en el hueco de la garganta, contra la piel tersa, brillaba, solitaria, una gema azul.

—¿Cómo se sostiene ahí?

—¿Qué? —Como ella no veía la gema podía fingir que no sabía de qué hablaba Shevek, obligándolo a señalarla, quizá a pasar la mano por encima de los pechos para tocar la gema. Shevek sonrió, y la tocó.

—¿Está pegada?

—Ah, eso. No. Tengo un imán diminuto incrustado ahí adentro, y la gema tiene detrás un trocito de metal ¿o es al revés? De cualquier modo estamos unidas.

—¿Tiene un imán debajo de la piel? —inquirió Shevek con espontánea repugnancia.

Vea sonrió y retiró el zafiro para que él pudiera ver que no había allí nada más que el minúsculo hoyuelo plateado de una cicatriz.

—Usted me reprueba tan totalmente... es estimulante. Tengo la sensación de que por mucho que diga o haga, no puedo caer más bajo en la opinión de usted, ¡porque ya he tocado fondo!

—No es así —protestó él. Se daba cuenta de que ella estaba jugando, pero sabía poco acerca de las reglas del juego.

—No, no; sé reconocer el horror moral cuando lo veo. Como ahora. —Vea hizo un mohín de desesperación; los dos se echaron a reír—. ¿Tan distinta soy, realmente, de las mujeres anarresti?

—Oh, sí, realmente.

—¿Son todas tremendamente fuertes y musculosas? ¿Llevan botas, y tienen pies grandes y planos, y ropas sensatas, y se afeitan una vez por mes?

—No se afeitan.

—¿Nunca? ¿En ninguna parte? ¡Oh, Dios! Hablemos de otra cosa.

—De usted. —Shevek se recostó sobre la barranca herbosa, bastante cerca de Vea como para quedar envuelto en los perfumes naturales y artificiales que ella exhalaba—. Quiero saber si una mujer urrasti se contenta con ser siempre inferior.

—¿Inferior a quién?

—A los hombres.

—¡Oh, eso! ¿Qué le hace pensar que soy inferior?

—Al parecer, en la sociedad de ustedes los hombres se ocupan de todo. La industria, las artes, la administración, el gobierno, las decisiones.


Los desposeídos (33)

Cuando uno visita países extraños, suele comprar recuerdos de viaje. Le gustaban las fotografías: vistas de A-Io, las montañas que había escalado, los rascacielos de Nio, la capilla de la Universidad (casi el mismo paisaje que veía desde la ventana del cuarto), una muchacha campesina ataviada con un bonito vestido provinciano, las torres de Rodarred, y la que primero lo había atraído, un corderito en un prado de flores, dando pataditas en el aire y, al parecer, riéndose. A la pequeña Pilun le gustaría ese corderito. Tomó unas tarjetas y las llevó al mostrador.

—Y cincuenta y cinco y la ovejita, sesenta; y un mapa, aquí tiene, señor, uno cuarenta. Hermoso día, ¿verdad, señor? Por fin ha llegado la primavera. ¿No tiene más pequeño, señor? —Shevek había sacado un billete de veinte unidades. Manoseó con torpeza el cambio que le habían dado cuando comprara el billete de tren, y tras un breve estudio de las inscripciones de los billetes y monedas, consiguió reunir una unidad cuarenta—. Está bien señor, ¡Gracias y que pase un día agradable!

¿También la amabilidad se compraba con dinero, lo mismo que las tarjetas postales y el mapa? ¿Habría sido igualmente amable el vendedor si él hubiese entrado en la tienda como entraba un anarresti en una proveeduría de bienes de consumo: a buscar lo que necesitaba, saludar con un gesto al encargado, y marcharse?

Inútil, inútil pensar en esa forma. Cuando estás en el Reino de la Propiedad, piensa como un propietario. Vístete como ellos, actúa como ellos, sé como ellos.

No había parques en el centro de Nio, la tierra era demasiado valiosa para derrocharla en esparcimientos. Shevek se internó cada vez más en las mismas calles anchas y rutilantes por las que lo habían paseado muchas veces. Llegó al Paseo Saemtenevia, y lo atravesó de prisa, temiendo que se repitiera la pesadilla diurna. Ahora estaba en el distrito comercial. Bancos, edificios de oficinas, edificios del gobierno. ¿Era así toda Nio Esseia? Cajas grandes y brillantes de piedra y cristal, enormes, ornamentadas, paquetes descomunales, vacíos, vacíos.

Al pasar por una ventana de una planta baja con la inscripción Galería de Arte, entró, pensando huir de la claustrofobia moral de las calles y reencontrar en un museo la belleza de Urras. Pero en todos los cuadros de aquel museo había etiquetas con precios adheridas a los marcos. Se detuvo a contemplar un desnudo de mujer hábilmente pintado. La etiqueta indicaba 4.000 UMI.

—Es un Fei Feite —le dijo un hombre trigueño que había aparecido junto a él sin hacer ruido—. Hace una semana teníamos cinco. La gran sensación en el mercado de arte dentro de poco. Un Feite es una inversión segura.

—Cuatro mil unidades es el dinero que cuesta mantener a dos familias durante un año en esta ciudad —dijo Shevek.

El hombre lo inspeccionó y dijo, arrastrando las palabras:

—Sí, bueno, pero usted ve, señor, ésta es una obra de arte.

—¿Arte? Un hombre hace arte porque tiene que hacerlo. ¿Por qué hicieron esta pintura?

—Usted es un artista, supongo —dijo el hombre, ahora con desembozada insolencia.

—No, ¡soy un hombre que reconoce la mierda cuando la ve!

El comerciante retrocedió. Cuando estuvo fuera del alcance de Shevek, empezó a decir algo acerca de la policía. Shevek hizo una mueca y salió a paso largo de la tienda. Un poco más adelante se detuvo. No podía seguir de ese modo.

¿Pero a dónde ir?

A ver a alguien... a alguien, a otra persona. Un ser humano. Alguien que le diera ayuda, no que se la vendiera. ¿Quién? ¿Dónde?

Pensó en los hijos de Oiie, los niños que lo querían, y durante un rato no pudo pensar en nadie más. De pronto una imagen le apareció en la mente, distante, pequeña, y clara: la hermana de Oiie. ¿Cómo se llamaba? Prométame que me llamará, le había dicho, y desde entonces le había escrito dos veces invitándolo a cenar, con una letra clara e infantil, en un papel grueso, muy perfumado. Shevek había ignorado las invitaciones, junto con otras de gente desconocida. Ahora las recordó.

Recordó al mismo tiempo el otro mensaje, el que había aparecido inexplicablemente en el bolsillo de su gabán: Únete a nosotros tus hermanos. Pero no podía encontrar ningún hermano, en Urras.

Entró en la tienda más próxima. Era una confitería, toda serpentinas de oropel y estuco rosado, con hileras de vitrinas repleta de cajas y latas y cestas de bombones y golosinas, rosa, castaño, crema, oro. Preguntó a la mujer que estaba detrás de las vitrinas si lo ayudaría a buscar un número telefónico. Se sentía tranquilo ahora, después del arrebato de cólera en la tienda de arte, y tan humildemente ignorante y extranjero que la mujer quedó conquistada. No sólo lo ayudó a buscar el nombre en el pesado tomo de números telefónicos; ella misma llamó desde el teléfono de la tienda.

—¿Hola?

—Shevek —dijo; y se quedó callado. El teléfono era para él un vehículo de necesidades urgentes, notificaciones de muertes, nacimientos y terremotos. No se le ocurría nada que decir.

—¿Shevek? ¿De veras? ¡Qué bueno que me haya llamado! No me importa despertarme si es usted.

—¿Estaba durmiendo?

—Profundamente, y todavía estoy en la cama. Está tibia y deliciosa. ¿Por dónde anda usted?

—En la calle Kae Sekae, creo.

—¿Y qué hace ahí? Venga en seguida. ¿Qué hora es? ¡Buen Dios, casi mediodía! Ya sé, lo encontraré a mitad de camino. Junto al estanque de los botes en los jardines del Palacio Viejo. ¿Sabrá encontrarlo? Escúcheme, tiene que quedarse. Doy una fiesta absolutamente paradisíaca esta noche. — Parloteó un rato más; él asentía a todo. Cuando salía de atrás del mostrador, la vendedora le sonrió.

—Convendría que le llevara una caja de dulces ¿no le parece, señor?

Shevek se detuvo.

—¿Sí?

—Nunca caen mal, señor.

Había un algo de descaro y complacencia en la voz de la mujer. El aire de la tienda era tibio y dulzón, como si todos los perfumes de la primavera se hubiesen acumulado allí. Shevek seguía en pie en medio de las vitrinas de pequeños lujos tentadores, alto, pesado, abstraído, como los pesados machos en los corrales, los carneros y toros adormecidos por la tibieza anhelante de la primavera.

—Le prepararé lo mejor de lo mejor —dijo la mujer, y llenó una cajita de metal, exquisitamente esmaltada, con hojas en miniatura de chocolate y rosas de azúcar. Envolvió la lata en papel de seda, puso el paquete en una caja de cartón plateado, envolvió la caja en un grueso papel de color rosa, y lo ató con una cinta de terciopelo verde. En todos los movimientos hábiles de la mujer había una divertida y simpática complicidad, y cuando le entregó a Shevek el envoltorio completo, y él lo tomó y se disponía a salir musitando las gracias, no había aspereza en la voz de la vendedora, que le recordó—: Son diez sesenta, señor. —Hasta lo hubiera dejado ir, compadeciéndolo, como las mujeres compadecen la fuerza; pero él regresó obedientemente y contó el dinero.

Tomó el tren subterráneo para llegar a los jardines del Palacio Viejo, y al estanque de los botes, donde niños graciosamente vestidos hacían navegar embarcaciones de juguete, barquichuelos maravillosos con cordaje de seda y arboladura de bronce que parecían piezas de orfebrería. Vio a Vea del otro lado del ancho y brillante círculo del agua y fue hacia ella bordeando al estanque, consciente de la luz del sol, del viento primaveral, del verde tierno de las primeras hojas en los árboles oscuros del parque.

Almorzaron en un restaurante del parque, en una terraza protegida por una alta cúpula de vidrio. En el interior de la cúpula, a la luz del sol, los árboles estaban cubiertos de hojas, sauces encorvados sobre un estanque en el que flotaban unas aves gordas y blancas, observando con indolente voracidad a Tos comensales, esperando las sobras. Vea no se encargó de ordenar la comida, poniendo en claro que era Shevek quien estaba a cargo de ella, pero unos camareros hábiles le aconsejaron con tanta delicadeza que él quedó convencido de que lo había resuelto todo; y por fortuna tenía dinero de sobra en los bolsillos.

La comida era excelente. Nunca había paladeado sabores tan sutiles. Acostumbrado a dos comidas diarias, solía pasar por alto el almuerzo de los urrasti, pero hoy comía de todo, mientras Vea picoteaba delicadamente, como un pajarito. Al fin no pudo más, y ella se rió del aire afligido de Shevek.

—Comí demasiado.

—Una pequeña caminata le sentará bien.

Fue una pequeñísima caminata: un lento paseo de diez minutos por el césped, y de pronto Vea se dejó caer con naturalidad a la sombra de un barranco de arbustos, brillantes de flores doradas. Shevek se sentó junto a ella. Recordó una frase de Takver mientras miraba los gráciles pies de Vea, decorados con zapatitos blancos de tacones muy altos. «Una aprovechada del cuerpo», llamaba Takver a las mujeres que utilizaban la sexualidad como un arma contra los hombres, en una lucha competitiva. Vea era, por su aspecto, la aprovechada del cuerpo más consumada. Los zapatos, el vestido, los cosméticos, las joyas, los gestos, todo en ella era provocación. Toda ella era tan elaborada y ostentosamente un cuerpo femenino que casi no parecía un ser humano. Encarnaba toda la reprimida sexualidad que los ioti sólo expresaban en sueños, en novelas y poemas, en infinitas pinturas de desnudos femeninos, en la música, las curvas y cúpulas arquitectónicas, las golosinas, los baños, los colchones. Era la mujer que se insinuaba en la tersura curvilínea de las mesas.

Se había espolvoreado la cabeza, enteramente afeitada, con un talco que contenía diminutos copos de mica, de manera que un ligero centelleo atenuaba la desnudez de los contornos. Vestía un chal o estola de una tela transparente, bajo la cual las formas y la textura de los brazos desnudos parecían suavizadas y protegidas. Tenía los pechos cubiertos: las mujeres ioti no salían a la calle con los pechos desnudos, reservaban la desnudez para sus propietarios. Unos pesados brazaletes de oro le adornaban las muñecas, y en el hueco de la garganta, contra la piel tersa, brillaba, solitaria, una gema azul.

—¿Cómo se sostiene ahí?

—¿Qué? —Como ella no veía la gema podía fingir que no sabía de qué hablaba Shevek, obligándolo a señalarla, quizá a pasar la mano por encima de los pechos para tocar la gema. Shevek sonrió, y la tocó.

—¿Está pegada?

—Ah, eso. No. Tengo un imán diminuto incrustado ahí adentro, y la gema tiene detrás un trocito de metal ¿o es al revés? De cualquier modo estamos unidas.

—¿Tiene un imán debajo de la piel? —inquirió Shevek con espontánea repugnancia.

Vea sonrió y retiró el zafiro para que él pudiera ver que no había allí nada más que el minúsculo hoyuelo plateado de una cicatriz.

—Usted me reprueba tan totalmente... es estimulante. Tengo la sensación de que por mucho que diga o haga, no puedo caer más bajo en la opinión de usted, ¡porque ya he tocado fondo!

—No es así —protestó él. Se daba cuenta de que ella estaba jugando, pero sabía poco acerca de las reglas del juego.

—No, no; sé reconocer el horror moral cuando lo veo. Como ahora. —Vea hizo un mohín de desesperación; los dos se echaron a reír—. ¿Tan distinta soy, realmente, de las mujeres anarresti?

—Oh, sí, realmente.

—¿Son todas tremendamente fuertes y musculosas? ¿Llevan botas, y tienen pies grandes y planos, y ropas sensatas, y se afeitan una vez por mes?

—No se afeitan.

—¿Nunca? ¿En ninguna parte? ¡Oh, Dios! Hablemos de otra cosa.

—De usted. —Shevek se recostó sobre la barranca herbosa, bastante cerca de Vea como para quedar envuelto en los perfumes naturales y artificiales que ella exhalaba—. Quiero saber si una mujer urrasti se contenta con ser siempre inferior.

—¿Inferior a quién?

—A los hombres.

—¡Oh, eso! ¿Qué le hace pensar que soy inferior?

—Al parecer, en la sociedad de ustedes los hombres se ocupan de todo. La industria, las artes, la administración, el gobierno, las decisiones.