Alba volvió al jardín casi todos los días después del colegio. Buscaba entre los árboles y las cajas viejas. Allí encontró muchos tarros de cristal más, escondidos debajo de piedras y hojas secas. Cada tarde llenaba uno o dos tarros nuevos con risas de sus compañeros de clase.
Lo hacía sin que nadie se diera cuenta de lo que hacía. Guardaba los tarros de cristal en una estantería secreta dentro de su armario. Estaban ordenados por tamaño y por color.