En su clase había un niño llamado Bruno que siempre hacía reír a todos con sus historias y sus caras graciosas. Alba lo admiraba mucho y, en secreto, deseaba tener ese mismo talento. Cada día, después del recreo, se preguntaba por qué a ella nunca se le ocurría nada gracioso que decir. Pensaba que quizás algunas personas nacían divertidas y otras, como ella, nacían demasiado calladas.