Finalmente, el espíritu reveló algo que ni siquiera nadie había llegado a comprender del todo. El verdadero propósito del sacrificio nunca había sido el objeto material en sí mismo. Sino el acto consciente de recordar y honrar genuinamente aquello que se había perdido a lo largo del tiempo. Propuso entonces una alternativa.
En lugar de entregar objetos físicos de valor sentimental, la comunidad podría realizar cada siete años una ceremonia pública de memoria. En esta ceremonia, las familias compartirían abiertamente sus pérdidas y recuerdos más importantes. Honrando así el equilibrio del río mediante el reconocimiento colectivo en lugar del sacrificio material individual.