Tras la muerte de la anciana, pocos meses después, Iván comprendió con creciente preocupación que la promesa de cuidar su jardín para siempre implicaba literalmente dedicar una parte considerable de su tiempo y libertad futura a aquella tarea. No había ninguna posibilidad real de abandonarla en algún momento posterior sin sufrir las consecuencias severas que la inscripción del anillo prometía para quien incumpliera deliberadamente sus compromisos. Empezó, entonces, a sentir el peso creciente de sus propias palabras. Se dio cuenta de que cada promesa pronunciada con demasiada ligereza podía transformarse en una obligación mágica imposible de ignorar durante el resto de su existencia.