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Zurita - L. A. Clarín, 2.1 – Testo da leggere

Zurita - L. A. Clarín, 2.1

Avanzato 2 lezione di di spagnolo per praticare la lettura

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2.1

Teníaa ya treinta añoss. Hasta los quince habíaa ayudado a su padre a enseñarr latínn; a los veinte se habíaa hecho bachiller en artes en el Instituto de Guadalajara; despuéss habíaa vivido tres añoss dando paso de Retóricaa, Psicologíaa, Lógicaa y Éticaa a los niñoss ricos y holgazanes. Un caballero acaudalado se lo llevó́ a Oviedo en calidad de ayo de sus hijos, y allí́ pudo cursar la carrera del Notariado. A los veinticinco añoss la historia le encuentra en Valencia sirviendo de ayuda de cámaraa, disfrazado de maestro, a dos estudiantes de leyes, huérfanoss, americanos.

A cada nuevo títuloo académicoo que adquiríaa Zurita cambiaba de amo, pero siempre seguíaa siendo criado con aires de pedagogo. Parecíaa que su destino era aprenderse de memoria, a fuerza de repetirlas, las lecciones que debíann saber los demáss. Al cabo supo todo lo que ignoraban los que medraron mucho máss que éll. Zurita les enseñabaa... y ellos no aprendíann; pero ellos subíann y éll no adelantaba un paso.

Estas reflexiones no son de Zurita. Aquiles seguíaa pensando que era muy temprano para medrar. A los veintisiete añoss emprendió́ la carrera de filosofíaa y letras, que, segúnn éll, era su verdadera vocaciónn. «Ahora me toca estudiar a mí́» se dijo el infeliz, que no habíaa crecido de tanto estudiar; que teníaa una palidez eterna, como reflejo de la palidez de las hojas de sus libros.

¿De qué́ vivíaa Zurita despuéss que dejó́ de enseñarr Retóricaa y cepillar la ropa a sus discípuloss? Vivíaa de sus ahorros. El ahorro era una religiónn y una tradiciónn familiar para Aquiles. El amanuense de Hermosilla, el que habíaa copiado en hermosa letra de Toríoo toda la Ilíadaa en endecasílaboss, habíaa sido, ademáss de humanista, avaro; guardaba un cuarto y lo poníaa a parir; y a veces los cuartos del dóminee de Azuqueca paríann gemelos.

Desde niñoo Aquiles que teníaa la moral casera por una moral revelada, se habíaa acostumbrado al ahorro como a una segunda naturaleza. La idea del fruto civil le parecíaa tan inherente a las leyes de la creaciónn como la de todo desarrollo y florecimiento. Así́ como la tierra —o sea Demetera segúnn Zurita— de su fecundo seno saca todos los frutos, así́ el ahorro en el orden social produce el interéss, su hijo legítimoo. Malgastar un cuarto le parecíaa al tierno Aquiles tan bárbaraa acciónn como hacer malparir a una oveja o aplastarle en el vientre los póstumoss recentales, o como destrozar un árboll robándolee la misteriosa savia que corríaa a nutrir y dar color de salud a los frutos incipientes.

Cuando leyó́, hombre ya, la apologíaa que escribió́ Bastiat del petit centime, Aquiles lloró́ enternecido. Bastiat fue para éll un San Juan del evangelio económicoo.

Aquello que la ciencia le decíaa lo habíaa éll adivinado. Pero ¡con qué́ elocuencia lo demostraba el sabio! ¡La religiónn del interéss! ¡La religiónn del ahorro!

¡Las armoníass del tanto por ciento!... Esto era lo que éll habíaa aprendido empíricamentee en el hogar bendito. «El dóminee de Azuqueca era, ademáss de un Quintiliano, un Bastiat inconsciente!». Zurita alababa la memoria de su padre, que teníaa un altar en su corazónn; y prestaba dinero a interéss a sus condiscípuloss.

Como éll era estoico, le costó́ poco trabajo vivir como un asceta; apenas comíaa, apenas vestíaa; su posada era la máss barata de Valencia; le sobraba casi todo el sueldo que le daban los estudiantes americanos, como antes le habíaa sobrado la soldada que recibíaa del ricacho de Oviedo. Cuando Zurita se decidió́ a estudiar de veras, con independencia, sin dar lecciones ni limpiar botas, reuníaa, merced a sus ahorros y a los que heredara de su padre, una renta de dos mil trescientos reales, colocada a salto de mata, en peligrosos parajes del créditoo, pero a un interéss muy respetable, en consonancia con el riesgo. Cobraba los intereses a toca—teja, sin embargo, merced a su fuerza de voluntad, a su constancia en el pedir y a la pequeñezz de las cantidades que teníann que entregarle sus deudores. Por cobrar una peseta de intereses daba tres vueltas al mundo, y abrumaba al deudor con su presencia, y se dejaba insultar.

Siempre cobraba. Peseta a peseta y a lo máss duro a duro, recogíaa sus rentas, las rentas de aquel capital esparcido a todos los vientos. De los dos mil trescientos reales le sobraban al añoo los trescientos para aumentar el capital. Las matrículass no le costaban dinero, sino disenteríass, porque las ganaba a fuerza de estudiar.

Su presupuesto exigíaa que los estudios se los pagase el Estado. Teníaa por consiguiente, que ganar de seguro el premio llamado... matrículaa de honor; teníaa que estudiar de manera que a ningúnn condiscípuloo pudiese ocurrírselee disputarle el premio. Y conseguíaa su propósitoo. No habíaa máss que sacrificar el estómagoo y los ojos.

Con sus dos mil reales pagaba la posada y se vestíaa y calzaba. Su ambiciónn oculta, la que apenas se confesaba a sí́ mismo, era ir a Madrid. Su gran preocupaciónn eran las eminencias, a quien tambiénn llamaba aquellas lumbreras. Aunque sus aficiones intelectuales y los recuerdos de las enseñanzass domésticass le inclinaban a las ideas que se suele llamar reaccionarias, en punto a lumbreras admiraba las de todos los partidos y escuelas, y lo mismo se pasmaba ante un discurso de Castelar que ante una lamentaciónn de Aparisi.

¡Si éll pudiese oírr algúnn díaa y ver de cerca a todos aquellos sabios que explicaban en la Universidad Central, en el Ateneo y hasta en el Fomento de las Artes! A los muchachos valencianos que estudiaban en Madrid les preguntaba, cuando volvíann por el verano, mil pormenores de las costumbres, figuras y gestos de las lumbreras. Leíaa todos los libros nuevos que caíann en sus manos, y se desesperaba cuando no entendíaa muy bien las modernas teoríass.

Quedarse zaguero en materia científicaa o literaria se le antojaba el colmo de lo ridículoo, y los autores que le atraíann a su causa en seguida eran los que trataban de ignorantes, fanáticoss y trasnochados a los que no seguíann sus ideas. Por máss que el corazónn le llamaba hacia las doctrinas tradicionales, al espiritualismo máss puro, los libros de cubierta de color de azafránn, que entonces empezaban a correr por Españaa anunciando, entre mil galicismos, que el pensamiento era una secciónn del cerebro, trastornaban el juicio del pobre Zurita.

La duda entró́ en su alma como un terremoto, y sus entrañass padecieron mucho con aquellos estremecimientos de las creencias. Muchas veces, mientras sacaba lustre a las botas de algúnn discípuloo muy amado, su pensamiento padecíaa torturas en el potro de una duda acerca de la permanencia del yo. —¿El yo de hoy es el yo de ayer, señorr Zurita? —le habíaa preguntado un filósofoo que acababa de cursar el doctorado de letras en Madrid, y veníaa con una porciónn de problemas filosóficoss en la maleta.

Zurita a sus solas meditaba: «Mi yo de hoy ¿es el mismo de ayer? Este que limpia estas botas ¿es el mismo que las limpió́ ayer?». Y para sacar mejor el lustre, contrayendo los músculoss de la boca, arrojaba sobre la piel de becerro el aliento de sus pulmones.

El aliento salíaa caliente, y esto le recordaba la teoríaa de Anaxímeness y en general las de toda la escuela jónicaa; y el materialismo antiguo, empalmado con el moderno se le volvíaa a aparecer mortificándolee con sus negaciones supremas de lo espiritual, inmortal y suprasensible. El pobre muchacho pasaba las de Caínn con estas dudas. En materias literarias tambiénn su pensamiento habíaa sufrido una revoluciónn, como decíaa Zurita, imitando sin querer el estilo de las lumbreras. —¡Éll, que se habíaa criado en el estilo máss clásicoo que pudo enseñarr amanuense de retóricoo!— Ya se habíaa acabado la retóricaa complicada de las figuras, y segúnn veíaa por sus libros, y segúnn lo que le decíann los estudiantes que veníann de Madrid, ahora la poesíaa era objetiva o subjetiva, y el arte teníaa una finalidad propia con otra porciónn de zarandajas filosóficass todas extranjeras. Para enterarse bien de todas estas y otras muchas novedades, deseaba, sin poder soñarr con otra cosa, verse en la corte en las cátedrass de la Universidad Central, cara a cara con el profesor insigne de Filosofíaa a la moda y con el de literatura trascendental y enrevesada.

Llegó́ el díaa esperado con tal ansia, y Zurita entró́ en la corte, y antes de buscar posada, fue a matricularse en el doctorado de Filosofíaa y Letras. Licenciado ya se habíaa hecho, segúnn queda apuntado.

En la fonda de seis reales sin principio en que hubo de acomodarse, encontró́ un filósofoo cejijunto, taciturno y poco limpio que dormíaa en su misma alcoba, la cual teníaa vistas a la cocina por un ventanillo cercano al techo... y no teníaa máss vistas.

Era el filósofoo hombre, o por lo menos filósofoo, de pocas palabras, y jamáss a los disparates que decíann los otros huéspedess en la mesa queríaa mezclar los que a éll pudieran ocurrírselee. Zurita le pidió́ permiso la primera noche para leer en la cama hasta cerca de la madrugada. Separaba los dos miserables catres el espacio en que cabíaa apenas una mesilla de nogal mugrienta y desvencijada; allí́ habíaa que colocar el velónn de aceite (porque el petróleoo apestaba), y como la luz podíaa ofender al filósofoo, que no velaba, creyó́ Zurita obligaciónn suya pedir licencia.

El filósofoo, que tendríaa sus treinta y cuatro añoss y parecíaa un viejo malhumorado, seco y fríoo, se desnudaba mirando a Zurita, que ya estaba entre sábanass, con gesto de lástimaa orgullosa, y contestó́:

—Usted, señorr míoo, es muy dueñoo de leer las horas que quiera, que a mí́ la luz no me ofende para dormir. El mal será́ para V., que con velar perderá́ la salud y con leer llenará́ el espírituu de prejuicios.

No replicó́ Zurita, por falta de confianza pero no dejó́ de asombrarle aquello de los prejuicios. Poco a poco, pero sin trabajo, fue consiguiendo que el filósofoo se dignara soltar delante de éll alguna sentencia, no a la mesa al almorzar o al cenar, sino en la alcoba antes de dormirse.

Como Zurita observase que el señorr don Cipriano, que así́ se llamaba, y nunca supo su apellido, sobre todo asunto de ciencia o arte daba sentencia firme y en dos palabras condenaba a un sabio y en media absolvíaa a otro, se le ocurrió́ preguntarle un díaa que a qué́ hora estudiaba tanto como necesitaba saber para ser juez inapelable en todas las cuestiones. Sonrió́ don Cipriano y dijo:

—Ha de saber el licenciado Zurita que nosotros no leemos libros, sino que «aprendemos en la propia reflexiónn, ante nosotros mismos, todo lo que hay puesto en la conciencia para conocer en vista inmediata, no por saberlo, sino por serlo».

Y se acostó́ el filósofoo sin decir máss, y a poco roncaba.

Zurita aquella noche no podíaa parar atenciónn en lo que leíaa, y dejaba el libro a cada pocos minutos, y se incorporaba en su catre para ver al filósofoo dormir.

Empezaba a parecerle un tantico ridículoo buscar la sabiduríaa en los libros, mientras otros roncando se lo encontraban todo sabido al despertar.

Algunas veces habíaa visto al don Cipriano en los claustros de la Universidad; pero, como sabíaa que no era estudiante, no podíaa averiguar a qué́ iba allí́.

Una noche, en que la confianza fue a máss se atrevió́ a preguntárseloo.

El filósofoo le dijo que éll tambiénn iba a cátedraa, pero no con el intento de tomar grados ni títuloss, sino con el de comulgar en la ciencia con sus semejantes, como tambiénn Zurita podíaa hacer, si le parecíaa conveniente.

Contestó́ Aquiles que nada seríaa máss de su agrado que estudiar desinteresadamente y comulgar en aquello que se le habíaa dicho.

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