Día 9 (parte 1) 11.30 Me despierto en mi cama.
No sé cómo he llegado hasta aquí. Trato de levantarme, pero no puedo. De la cabeza, mejor no hablar. Decido quedarme en la cama un rato más. De todas formas, hoy es domingo y el bar de la señora Pilar y el señor Pedro estará cerrado. Todavía sin noticias de Burb. 14.00 Me visto y salgo a dar un paseo.
El tiempo es cálido y hay poca gente en la calle. Muchas familias se han ido a pasar el fin de semana en el campo en su segunda residencia. Todo está cerrado, incluso los bares y los restaurantes. Me da igual, porque tal y como tengo el estómago, soy incapaz de comer nada. 14.20 Encuentro una tiendecita que abre los domingos y alquila bicicletas.
Alquilo una bicicleta. Es un aparato muy simple de concepción, pero sumamente complicado de manejo, pues requiere el uso simultáneo de las dos piernas, a diferencia del andar, que permite dejar una pierna muerta mientras se avanza la otra. 15.00 Como la calle dispone de una pendiente pronunciada, el paseo en bicicleta se subdivide en dos partes bien distintas entre sí, a saber a) bajar, b) subir.
La primera parte (bajar) es una gozada; la segunda (subir), una tortura. Por suerte, la bicicleta lleva adosados a ambos lados del manillar unas palanquitas llamadas frenos. Los frenos, al ser accionados, impiden que la bicicleta gane velocidad en la bajada. En la subida, los frenos impiden que la bicicleta se vaya hacia atrás. 17.30 Devuelvo la bicicleta.
El ejercicio me ha abierto el apetito. Encuentro abierta una churrería y me como un kilo de churros, un kilo y medio de porras y tres kilos de buñuelos.