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Sin noticias de Burb - Eduardo Mendoza, Día 4 (parte 6)

Día 4 (parte 6) 23.00 o 24.00 El parroquiano que tiene monos en la cara pone en nuestro conocimiento que él podría haber sido alguien, porque no le han faltado nunca las ideas, pero que se han conjurado tres cosas para impedir su éxito, a saber a) la mala suerte, b) su inclinación por el vino, el juego y las mujeres y c) la mala voluntad de algunas personas poderosas que prefiere no nombrar.

La mujer que antes se ha sacado los billetes del escote salta y dice que de eso nada, que las causas verdaderas de que el tío sea lo que es son en realidad éstas: a) la vagancia, b) la vagancia y c) la vagancia, y que ya está harta de oír tanta mentira y tanta fantasía. Salen finalmente de la cocina los callos andando por su propio pie.

La mujer dice que ella es la única que puede vanagloriarse de algo, pues hasta hace muy poco era una sex symbol. Añade que si ahora la vemos un poco estropeada, no es por la edad, sino por otras causas, a saber a) su inmoderada afición a las judías secas, b) las palizas que le han dado los hombres y c) la operación de cirugía estética algo chapucera que le hizo cierto médico del seguro, cuyo nombre prefiere no mencionar. A continuación se pone a llorar. Entonces yo voy y le digo que no llore, que para mí es la mujer más hermosa y atractiva que jamás he visto y que de buena gana contraería matrimonio con ella, pero que me lo impide el hecho de ser extraterrestre y estar sólo de paso, camino de otras galaxias, a lo que ella responde que esto es lo que le dicen todos. El tipo de los monos en la cara le dice que deje ya de dar el coñazo y que se calle, a lo que replica ella (muy bien replicado), que a ella no la hace callar ni la madre que la parió y que ella dice lo que le sale de la alcachofa . Y entonces voy yo y le arreo una hostia en toda la boca al tío que la ha faltado o quizá se la arreo a otro, pero me da igual, y les digo a todos que a mi novia no la falta nadie. Negra noche.

El que ha recibido se levanta del suelo, me coge por las orejas y me hace dar vueltas en el aire como un ventilador. Aprovechando el incidente, el cantador se mete un puñado de albóndigas en la boca. El camarero le da con una sartén en el estómago y le obliga a devolver las albóndigas a su lugar de origen. Entra la policía nacional blandiendo porras. Consigo arrancarle la porra de las manos a un policía nacional y golpear con ella al otro policía nacional o al mismo policía nacional. Las cosas parecen complicarse. Decido desintegrarme, pero confundo la fórmula y desintegro dos chiringuitos del puerto. Somos conducidos a la comisaría.

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