Día 10 (parte 2) 11.25 Mientras intento despegar del techo una tortilla de veintidós huevos, regresa al bar el señor Pedro.
Antes de que pueda percatarse de los desperfectos, le digo que yo pagaré, de mi propio bolsillo, la reparación de la cafetera, la nevera, el lavaplatos, el televisor, las lámparas y las sillas. Para animarle, le informo de que esta mañana la clientela ha sido numerosa. La caja, que él dejó vacía al irse, contiene ahora 80 céntimos. Quizá no di bien el cambio. Pese a mis temores, el señor Pedro reacciona con indiferencia, como si todo lo que le cuento no le interesara.. Entonces me doy cuenta de que ha vuelto al bar solo, es decir, sin la señora Pilar. Me intereso por lo ocurrido. 11.35 El señor Pedro frunce el ceño y me dice que han internado a la señora Pilar en un hospital y que la operarán mañana sin falta.
Al parecer, se han presentado algunas complicaciones que exigen una intervención rápida. Mientras me lo cuenta, vamos cerrando el bar. 11.55 Regreso a la ciudad en metro.
Aunque todas las chicas que viajan en el metro están buenísimas, yo no me fijo en ellas, porque tengo el corazón en un puño . 12.20 Hasta la hora de comer, hago tiempo inspeccionando algunas obras que se llevan a cabo en solares céntricos.
Parece ser que está de moda construir hacia abajo más que hacia arriba. Edificios de cinco o seis plantas sobre el nivel de la calle, cuentan con diez o quince plantas subterráneas, destinadas, casi siempre, a parking o pupilaje. De ambas modalidades, esta última, la denominada pupilaje, es de largo la más cara. Muchas familias acomodadas han de enfrentarse a una terrible disyuntiva: o enviar a los hijos a estudiar a los Estados Unidos o tener el coche a pupilaje. Esto no sucedía hace años, cuando no existían los automóviles, y menos aún cuando no existían los automóviles ni los Estados Unidos. En aquella época antigua, los edificios apenas si contaban con una planta subterránea, llamada sótano y destinada a la bodega, la despensa y la mazmorra. 14.00 Llego al lugar donde ayer estaba la churrería y veo que ya no está.
Desconcierto. Preguntando a unos y a otros doy con ella. Resulta que la churrería es, en realidad, un remolque habilitado como churrería. Una de las paredes laterales del remolque se abate por medio de unas bisagras y se transforma en mostrador. Tras el panel, dentro del remolque, figura la churrería propiamente dicha. Este sistema permite a su dueño instalar la churrería (con el debido permiso municipal) allí donde las expectativas de negocio son o parecen ser más prósperas. Aliviado por la aclaración, compro diez quilos de churros.