Lucía trabaja en la oficina de objetos perdidos de la estación de Atocha. Allí ha aprendido que las prisas hacen perder muchas cosas.
Un viernes, a las seis de la tarde, un chico entró corriendo en la oficina. Se llamaba Álvaro. Estaba pálido y no podía hablar bien.
—He perdido una caja pequeña. Roja. En el tren de Toledo.
Lucía buscó en el cajón de los objetos pequeños y encontró una caja roja. Dentro había un anillo. Pero Lucía no podía darle el anillo a cualquiera. Tenía que estar segura.
—¿Qué hay escrito dentro del anillo? —le preguntó.
—Siempre, Marta —contestó Álvaro sin pensarlo.
Era correcto. Lucía le dio la caja y Álvaro respiró por fin. Le explicó que esa noche quería pedirle matrimonio a su novia, en un restaurante del centro. Tenía la mesa reservada a las nueve.
—Entonces corre —le dijo Ramón—. Todavía llegas.
El lunes por la mañana había una caja de pasteles encima del mostrador. Tenía una nota: Ha dicho que sí. Gracias. Álvaro y Marta.