—¿Y tú, Morris? ¿Pediste tus tres deseos? —pregunta Herbert.
El sargento no sonríe. Su cara cambia.
—Sí. Ya pedí mis tres deseos —dice el sargento, muy serio.
—¿Y qué pasó? —pregunta la señora White.
—El primer hombre que tuvo esta pata pidió tres deseos también. Recibió las tres cosas. Pero la tercera cosa... fue la muerte —dice el sargento.
Nadie habla. Hay silencio.