Con la llegada de la primavera, las vides empezaron a llenarse de pequeñas flores blancas y el trabajo en la bodega se volvió mucho más intenso. Clara y Diego pasaban juntos casi todo el día revisando cada fila del viñedo para asegurarse de que la floración fuera fuerte y saludable. Poco a poco, el silencio incómodo de los primeros días se había convertido en una rutina de trabajo cómoda, incluso con pequeñas bromas que empezaban a aparecer entre ellos.
DIEGO: Si estas flores se convierten en buenas uvas, este año podría ser mejor de lo que usted imagina.
CLARA: No me llames de usted todo el rato, Diego. Ya llevamos meses trabajando juntos.
DIEGO: Tienes razón. Perdona la costumbre.
Clara sonrió sorprendida de lo natural que empezaba a sentirse aquella nueva confianza entre los dos.