Al regresar a casa esa misma noche, Elvira subió directamente al ático. Casi sin atreverse a mirar lo que encontraría. El retrato mostraba ahora un rostro visiblemente más anciano, con arrugas profundas y una expresión de cansancio. Esto contrastaba enormemente con la vitalidad que ella misma había sentido durante la celebración.
El cambio había sido, tal como esperaba, mucho más dramático que cualquier envejecimiento anterior. Era como si el retrato hubiera absorbido de golpe años enteros de tiempo acumulado durante aquella única noche de felicidad genuina y sin restricciones.