Durante las primeras semanas, Mateo intentó ignorar su nueva condición. Se aisló en su casa con la esperanza de que, al evitar el contacto con otras personas, el dolor ajeno dejara de alcanzarlo. Sin embargo, pronto descubrió que la distancia física no lo protegía en absoluto. Incluso encerrado, seguía sintiendo destellos de sufrimiento provenientes de todo el pueblo.
Era como si aquel vínculo no dependiera de la cercanía, sino de algo mucho más profundo. Agotado física y emocionalmente, comprendió que aislarse sólo empeoraba su situación. No encontraba ninguna forma de aliviar aquel peso constante que cargaba sin descanso.