Por la mañana no fui al trabajo. Llamé y dije que me encontraba mal, que estaba enfermo. Era verdad, pero no del todo. Mi cuerpo estaba bien, pero mi cabeza no.
Pensaba que me estaba volviendo loco. Cogí la llave negra, bajé al tercero. La puerta estaba abierta. Dentro, la habitación ya no estaba vacía.
Ahora había una mesa, dos platos, pan, agua y sopa caliente. También había un reloj en la pared. El reloj no marcaba la hora real, marcaba las 7:20. Mi madre siempre decía que yo nací a las 7:20.
Me senté sin querer, era como si la silla me llamara. En la mesa había un documento y lo abrí. Ponía mi nombre completo y debajo, habitante del tercer piso.