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Sherlock Holmes - La faja atigrada, La faja atigrada - 02

La faja atigrada - 02

Holmes volvió a su escritorio, lo abrió, sacó una cartera de apuntes y la consultó.

—Farintosh…—dijo, ¡Oh, sí, ya me acuerdo del asunto: el de la tiara de Ópalo! Creo que eso fue antes de que usted viniera, Watson. Lo único que puedo decir a usted, señora, es que tendré mucho placer en consagrar al asunto de usted el mismo cuidado que dediqué al de su amiga. En cuanto a la compensación, mi profesión la contiene en sí misma, pero usted es libre de sufragar los gastos que yo tenga que hacer cuando sea más cómodo para usted. Ahora, ruego a usted que nos diga cuánto pueda ayudarnos para formarnos una opinión sobre el asunto.

—¡Ah!—contestó nuestra visitante.—Todo el horror de mi situación reposa en el hecho de que mis temores son tan vagos y mis sospechas dependen tan enteramente de puntos pequeños, que podrían parecer triviales a otro, que aún aquel a quien, de entre todos los demás, tengo derecho de volver los ojos en demanda de ayuda y consejo, considera todo lo que digo fantasías de una mujer nerviosa. No lo dice, pero yo puedo leerlo en sus calmantes respuestas y en sus ojos descreídos. Pero he oído decir, señor Holmes, que usted puede descubrir hasta lo más profundo de la maldad humana, y puede usted aconsejarme cómo deberé dirigir mis pasos por entre los peligros que me rodean.

—Soy todo atención, señora.

—Me llamo Elena Stoner y vivo con mi padrastro, que es el último sobreviviente de una de las familias sajonas más antiguas de Inglaterra, los Roylott, de Stoke Moran, en la margen occidental de Surrey.

Holmes hizo una señal afirmativa con la cabeza.

—El nombre me es familiar—dijo.

—La familia fue, en un tiempo, una de las más ricas de Inglaterra, y sus propiedades se extendían hasta el Berkshire por el norte y hasta el Hampshire en el oeste. En el siglo pasado, sin embargo, cuatro sucesivos herederos fueron de costumbres disolutas y despilfarradores, y otro un jugador. Consumó la ruina de la familia en la época de la Regencia.

Nada quedó, salvo algunos acres de tierras y la casa de más de doscientos años de construida, sobre la cual gravita también una pesada hipoteca. El último Hidalgo arrastró su existencia allí, viviendo la horrible vida de un aristócrata pobre. Pero su único hijo, mi padrastro, comprendiendo que tenía que adaptarse a las nuevas condiciones, obtuvo un préstamo de un pariente con el cual estudió hasta graduarse de médico y se marchó a Calcuta donde, con su habilidad profesional y su fuerza de carácter, se formó una vasta clientela. Pero un día, en un rapto de cólera, cansado por algunos robos perpetrados en su casa, mató a golpes a uno de sus criados indígenas y difícilmente se escapó de la pena de muerte. Sufrió una larga prisión, después de la cual volvió a Inglaterra, desengañado y sombrío.

Cuando el doctor Roylott estaba en la India, se casó con mi madre, que entonces se llamaba la señora Stoner, la joven viuda del mayor general Stoner de la artillería de Bengala. Mi hermana Julia y yo éramos gemelas y sólo teníamos dos años cuando mi madre volvió a casarse. Mi madre tenía una considerable renta, no menos de cinco mil libras por año, de todo lo cual hizo donación perpetua al doctor Roylott, con la condición de que, en el caso que nosotras nos casáramos, nos diera a cada una una cantidad anual. Poco después de nuestra llegada a Inglaterra murió mi madre. Pereció hace ocho años en un accidente de ferrocarril, cerca de Crewe. El Dr. Roylott, entonces, abandonó sus tentativas de establecerse en Londres para ejercer su profesión y nos llegó a vivir con él en la casa solariega de Stoke Moran. El dinero que mi madre había dejado era bastante para todas nuestras necesidades y parecía que no había obstáculos para nuestra felicidad.

Pero un terrible cambio se operó en nuestro padrastro en esos días. en vez de hacerse de amigos y de cambiar visitas con nuestros vecinos, los cuales al principio se habían regocijado de ver a un Roylott de Stoke Moran de vuelta en la antigua mansión de familia, se encerró en la casa. Raras veces salió y cuando lo hizo fue para empeñar feroces riñas con las personas, fueran quienes fueran, que lo encontraban en el camino. La violencia de actor, casi en el estado de manía, había sido hereditaria en la familia, y en mi padrastro, creo yo, se había intensificado por su larga permanencia en los trópicos. Hubo una serie de lamentables peleas, dos de las cuales terminaron en el tribunal de policía, hasta que por fin mi padrastro llegó a ser el terror de la aldea, y la gente huía al él, porque es hombre de una fuerza inmensa y su cólera es absolutamente indomable.

La semana pasada arrojó al herrero del pueblo por encima de un parapeto a un arroyo y solo mediante el pago de todo el dinero que pude reunir he podido evitar otro proceso público. No tiene amigos de ninguna a no ser los gitanos vagabundos a quienes da permiso para que acampen en los pocos acres de tierras cubiertas de zarzas que constituyen los bienes de la familia y acepta en cambio la hospitalidad en sus tiendas yéndose con ellos a veces a vagar por los caminos durante una semana o más.

Tiene también pasión por los animales de la India que una gente le envía desde allá, Actualmente tiene un cinocéfalo y un leopardo cazador que se pasean libremente por la propiedad y son para los aldeanos objeto de tanto terror como su amo.

Pueden imaginarse a ustedes, por lo que les digo, que mi pobre hermana Julia y yo no llevábamos una vida muy alegre, no había sirvienta que quisiera servirnos y durante mucho tiempo, tuvimos nosotras que hacer todos los quehaceres de la casa. Julia, al morir, no tenía sino treinta años y, sin embargo, sus cabellos comenzaban a blanquear, lo que pasa también con los míos.

—Entonces ¿ha muerto su hermana?

—Murió hace dos años y su muerte es el asunto de que quiero hablar a usted. Comprenderá usted que, con la probabilidades teníamos de ver a nadie de nuestra edad y posición, pero teníamos una tía, una hermana de mi madre, soltera, la señorita Honoria Westphail, que vive cerca de Harrow, y de vez en cuando obteníamos permiso para hacerle una corta visita. Julia pasó la Navidad con nuestra tía hace dos años y conoció allí a un mayor retirado de la infantería de Marina, con el que se comprometió a casarse, cuando a su regreso a casa contó a nuestro padrastro lo que había hecho. Este no le opuso a objeción alguna, pero quince días después del fijado para el casamiento, ocurrió el terrible suceso que me privó de mi única compañera.

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