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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, La extraña historia de Jonathan Small - 09

La extraña historia de Jonathan Small - 09

Bueno, señores, estoy cansándoles á ustedes con mi largo relato, pues veo que mi amigo el señor Jones está impaciente por encerrarme en un calabozo bien seguro. Voy á abreviar todo lo que pueda. El infame Sholto fué á la India, pero jamás volvió á vernos. El capitán Morstan me enseñó su nombre en la lista de pasajeros de uno de los vapores salidos poco después. Un tío suyo había muerto, dejándole su fortuna, y él se había separado del ejército; pero su herencia no le impedía engañar á cinco hombres como nos había engañado á nosotros. Morstan fué á Agra á los pocos días, y comprobó, como lo esperábamos, que el tesoro había desaparecido. El bandido se lo había robado sin cumplir una sola de las condiciones en que le habíamos vendido nuestro secreto. Desde ese día ya no viví más que para la venganza, pensando en ella de día y soñando con ella de noche. La venganza llegó á ser mi pasión dominante y avasalladora. Poco me importaba la ley, poco el presidio. Escaparme, perseguir á Sholto hasta encontrarlo, estrangularlo con mis propias manos; tal era mi único pensamiento. El mismo tesoro de Agra se había convertido para mí en cosa de poca importancia al lado de la necesidad de exterminar á Sholto.

Sepan ustedes, señores, que durante mi vida me he propuesto muchas cosas, y todas las he realizado, sin excepción. Pero esta vez pasó un largo tiempo antes de que me llegara mi día. Les he dicho á ustedes que había aprendido algo de medicina. Un día que el doctor Somerset estaba en cama con fiebre, una cuadrilla de presidiarios que había ido al bosque á trabajar, recogió á un pequeño indígena, que, viéndose mortalmente enfermo, había ido en busca de un lugar solitario para morir. Yo me hice cargo de él, por más que fuera malo como una serpiente y al cabo de dos meses se había curado y puesto en actitud de andar. El isleño me tomó una especie de cariño, y muy pocas veces fué á ver á su gente en los bosques: la mayor parte del tiempo lo pasaba en mi choza. Yo llegué á aprender algo de su jerga, lo que hizo que me quisiera más.

Tonga - éste era su nombre, - era muy experto en la navegación de las costas, y tenía una canoa bastante grande. Cuando me convencí de que realmente me tenía cariño y estaba dispuesto á hacer cualquier cosa en mi favor, vi que las probabilidades de escaparme eran serias, y un día hablé al respecto con él. Convinimos en que una noche, designada de antemano, se acercara con su embarcación á un muelle viejo, que nadie vigilaba y donde yo lo esperaría, y le di instrucciones para que se proveyera de varios cántaros de agua y de una cantidad de batatas, cocos y papas dulces.

El pequeño Tonga era agradecido y fiel, y jamás hombre alguno tuvo un compañero tan leal como ese. Llegó la noche convenida y él estuvo con su canoa en el muelle. Pero dió la casualidad de que en esos momentos se encontrara por allí uno de los guarda - chusma, un miserable indígena que nunca había desperdiciado la oportunidad de insultarme y maltratarme. Muchas veces había jurado vengarme de él, y de improviso se me presentaba la ocasión de cumplir mi juramento. Se hubiera dicho que la suerte lo ponía en mi camino para que yo pudiera pagar mi deuda antes de salir de la isla. Estaba parado en la playa, dándome las espaldas y con su carabina al hombro. Miré á un lado y otro en busca de una piedra para hacerle volar los sesos, pero no la vi por ninguna parte.

Entonces se me ocurrió una extraña idea que me hizo ver dónde podría encontrar un arma en el instante. Me senté en el suelo, y en medio de la obscuridad me desaté del muslo la pierna de palo. Di tres largos saltos y caí sobre el hombre, quien se echó en el acto la carabina á la cara; pero yo le di un golpe en plena frente y se la hundí en los sesos. Todavía pueden ver ustedes la madera astillada en la parte que chocó contra el cráneo. Ambos rodamos por tierra, pues yo pude conservar el equilibrio, pero al incorporarme vi que él estaba suficientemente quieto.

Me dirigí á la embarcación, y al cabo de una hora estábamos en plena mar. Tonga había llevado consigo todos sus bienes, sus armas y sus dioses. Entre otras cosas, tenía un largo bambú y algunas esteras hechas de ramas de cocos, lo que me permitió preparar una especie de vela para la canoa. Durante diez días estuvimos voltejeando en una y otra dirección, confiados al azar, y al undécimo fuimos recogidos por un buque de vela que iba de Singapoore á Jedan, llevando un cargamento de peregrinos malayos. Estos eran tan numerosos, que llenaban el buque; pero Tonga y yo conseguimos acomodarnos entre ellos. Tenían una excelente cualidad: que no se ocupaban del prójimo ni le hacían preguntas.

Si fuera á contarles á ustedes todas las aventuras que pasamos mi pequeño compañero y yo, ustedes no me lo agradecerían, pues los tendría escuchándome hasta el amanecer. Vagamos por aquí y por allá en diferentes países, pues parecía que algo nos alejaba siempre de Londres. Pero yo no perdía de vista ni un momento mi propósito, y casi no había noche que no soñara con Sholto. Creo haberlo muerto en sueños más de cien veces. Por fin, hace unos tres ó cuatro años, conseguíamos desembarcar en Inglaterra. No me fué difícil encontrar la morada de Sholto, y en el acto me puse averiguar si había vendido las piedras ó todavía las conservaba. Me hice amigo de alguien que estaba en situación de ayudarme - no menciono nombres porque no deseo arrastrar al agujero á nadie, y pronto supe que aun conservaba el tesoro. Entonces traté de acercármele de diferentes modos; pero el hombre era muy astuto y siempre estaba custodiado por dos pugilistas, aparte de su hijo y su khitmutgar.

Un día recibí la noticia de que estaba moribundo. Corrí á la casa y me metí en el jardín, furioso al pensar que se escapaba de mis garras miré por la ventana, y lo vi en la cama, con uno de sus hijos á cada lado. Yo había ido resuelto á habérmelas con los tres; pero cuando le vi las quijadas caídas, comprendí que ya estaba muerto. Esa misma noche entré en el cuarto y registré los papeles para ver si encontraba las señas del lugar donde se hallaba mi tesoro; pero no hallé una línea que me lo revelara; y al salir de la habitación estaba tan rabioso como puede estarlo un hombre en la peor de las circunstancias. Antes de marcharme, me dije que si alguna vez volvía á ver á mis amigos los sikas, les agradaría saber que yo había dejado en el cuarto de nuestro expoliador un recuerdo del odio que le teníamos, y entonces escribí la señal de los cuatro en un papel que prendí en el pecho del cadáver. Era demasiado que lo llevaran á la tumba sin un recuerdo de los hombres burlados y robados por él.

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