×

We use cookies to help make LingQ better. By visiting the site, you agree to our cookie policy.

Español con Juan, La mejor lección (1) – Text to read

Español con Juan, La mejor lección (1)

Intermediate 1 Spanish lesson to practice reading

Start learning this lesson now

La mejor lección (1)

Hoy quería hablar de un tema que me sorprende y que, bueno, me ha dejado perplejo en más de una ocasión. A veces leo comentarios de personas en las redes sociales que se sienten ofendidas por una simple palabra, por algo que han leído en un libro, por ejemplo, por algo que han escuchado en la tele o en la radio, o por algo que han visto en alguna película.

Yo mismo he sido víctima de este tipo de comentarios. Hay personas que se quejan de mis libros, de mis opiniones en el podcast o de algo que he hecho en alguno de mis vídeos, y me piden que evite ciertas palabras o ciertos temas, o que, bueno, que no haga bromas sobre ciertas cosas. En otras palabras, me piden que me censure a mí mismo, que me autocensure.

Para alguien como yo, que vivió la transición democrática en España en los años 80, la transición de la dictadura franquista a la democracia, que haya gente que pida ahora la vuelta de la censura, es algo muy sorprendente y me deja bastante perplejo. Yo recuerdo que en España, tras la muerte de Franco, en la década de los 80, este debate entre libertad individual y respeto a los sentimientos de las personas fue un debate muy intenso y fundamental en nuestra transición hacia la democracia. Y quizás por eso, quizás por esa razón, yo pensaba que era un debate ya superado, que todos teníamos claro que la libertad de expresión era algo básico (es algo básico) en una democracia.

Franco, el dictador Francisco Franco, murió en 1975 cuando yo tenía 12 años. Obviamente, yo era muy niño y no podía entender bien qué significaba vivir en una dictadura. Yo, bueno, iba a la escuela, jugaba al fútbol en la calle con los chicos del barrio y veía la tele mientras merendaba pan con chocolate.

(Sonido de un programa de la televisión de los años setenta: Los payasos de la tele)

Es decir, era un niño normal de los años 70, pero obviamente me eduqué en la mentalidad de la sociedad de la España de aquella época. Había cosas que estaban bien y otras que estaban mal, por ejemplo, los besos en la boca, los desnudos o las escenas eróticas, por ejemplo, estaban censuradas. No se podían ver ni en la tele ni en el cine. No se podían decir palabrotas, no se podía hacer burla de la religión. Eran temas tabú, había muchos temas tabú: la sexualidad, la religión, incluso la historia. No se podía hablar de ciertos temas históricos, como la muerte de Federico García Lorca, por ejemplo. Y entonces había que tener mucho cuidado de lo que se decía.

Lo que yo recuerdo de la dictadura franquista no es un ambiente de miedo, de campos de concentración, de torturas, de fusilamientos al amanecer. No, para mí, y creo que para una buena parte de la gente que vivía en España en aquella época, el franquismo era más que nada una sociedad paternalista. Para mucha gente, Franco era visto más que un dictador, como un padre, como un abuelo, un patriarca al que había que respetar porque él sabía mejor que tú lo que te convenía, lo que era bueno para ti.

Franco era ese padre estricto, serio, tradicional, que le decía a la gente lo que tenía que hacer por su propio bien. La idea que prevalecía en la sociedad franquista era que el pueblo era incapaz de pensar por sí mismo, que los españoles eran unos pobres infelices, unos ignorantes que no entendían de nada: no entendían de política, ni de economía, ni de salud, ni de historia, ni de religión, ni de moral, de nada. Y que, por lo tanto, era necesario que hubiera un padre que le guiara, que le educase, que le dijese lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo que se podía hacer y lo que no se podía hacer.

(Sonido de Televisión Española: concentración de apoyo a Franco en Madrid)

Así veo yo a una gran parte de la sociedad española durante el franquismo, una sociedad infantilizada que pensaba que el gobierno debía controlar lo que hacía la gente por el propio bien de la gente, porque la gente, como los niños, no sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal.

“En las primeras horas de la madrugada del 20 de noviembre de 1975, en la residencia sanitaria La Paz de la Seguridad Social en Madrid, dejó de latir el corazón de Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España, Generalísimo de los Ejércitos y Jefe del Estado Español.

Miles y miles de personas de todas las edades, clase y condición social rindieron así su último homenaje de admiración y cariño a su excelencia el jefe del Estado. El dolor era patente en todos los rostros. Muchos no pudieron contener las lágrimas y los sollozos.

El desfile de los madrileños y de multitud de españoles venidos de todos los rincones de la patria se prolongó hasta las primeras horas de la mañana siguiente”.

Cuando Franco murió en 1975, se produjo un cambio brutal en España. Durante los años siguientes a su muerte, podemos decir que se pasó de un extremo a otro. Desapareció la censura, se legalizaron todos los partidos políticos y se promulgó una constitución democrática que estableció la libertad de expresión como un principio fundamental.

A partir de ahí, las películas, por ejemplo, se llenaron de desnudos. Era la época de lo que se llamó "el destape" y cualquier excusa era buena para que los actores y, sobre todo, las actrices se quitaran la ropa y se quedaran desnudos delante de la cámara.

En el mundo de la música, hubo una explosión de grupos que hacían música rock, punk, y muchas veces las letras de las canciones iban contra la moral tradicional. Buscaban la provocación, querían causar escándalo.

Fue una época muy creativa en el cine y en la música y, en general, en todas las artes: en la fotografía, en la pintura, en la literatura. Era como si durante el franquismo toda esa creatividad hubiera estado encerrada y de pronto, al morir Franco, se hubieran abierto las puertas.

“La Movida madrileña fue una explosión brutal cultural, social, incluso económica, en España en, pues, en los cambios de los 70 a los 80, más o menos”.

“Y entonces era como un optimismo, un vitalismo, unas ganas de vivir, de luchar, de expresarse, de ser cada uno como era y, bueno, acompañado de, pues, una serie de cambios sociales y políticos importantes de ese momento”.

“Fueron unos años intensísimos, fascinantes y había tanta creatividad y que todo el mundo era supercreativo, trabajador, imaginativo…”

Cualquier cosa era posible. Se hacían cosas que buscaban el impacto, se rompieron muchas barreras morales. Todo lo que antes era visto como inmoral o pecado, ahora se podía hacer y se hacía, aunque ello ofendiera a las personas con una moralidad, digamos, más tradicional.

“De hecho hubo más de más de un incidente con letras, canciones y músicas que eran absolutamente irreverentes y claro ocasionaban un caos en la sociedad conservadora española”.

“Y entonces era como una explosión… Canalizar ahí toda esa, bueno, pues toda esa inquietud que ellos tenían dentro, de crear, de ser ellos mismos. Pero lo importante era vivir el aquí y el ahora y romper con todo”.

Hoy en día vivimos en un mundo donde predomina la idea de que está mal ofender los sentimientos de otras personas, y hay que tener cuidado con lo que se dice para intentar no herir a otras personas. Pero en los años 80, en España, durante la época de la movida, lo que sucedía era todo lo contrario. Se buscaba ofender, escandalizar, provocar… En contra de la moral tradicional.

Fue en aquella época que Pedro Almodóvar, por ejemplo, el famoso director de cine que muchos supongo que conocéis, hizo sus primeros “films” (filmes), sus primeras películas.

Las primeras películas de Almodóvar eran un escándalo, tanto por los temas que trataban (la homosexualidad, el incesto, la prostitución, las drogas…) como por el lenguaje vulgar y lleno de palabrotas que usaban los personajes, y también por las imágenes sexuales explícitas que se mostraban a veces.

(Escena de la primera película de Pedro Almodóvar: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón)

Para mí, todo aquello era muy chocante, ¿no? Yo era un adolescente, me había educado en la escuela y en la sociedad franquista. Iba, por ejemplo, todos los domingos a misa y pensaba que había cosas que no se podían hacer porque eran pecado.

Todo lo que estaba pasando en España me planteaba un dilema moral. Después de la muerte de Franco, ¿no estábamos llegando a extremos un poco exagerados? ¿Había que dejar que la gente hiciera lo que quisiera, aunque fuera inmoral, aunque fuese indecente, aunque fuese pecado? ¿Había que permitirlo todo? La droga, la homosexualidad, las palabrotas, los desnudos en la tele, el aborto… ¿Cuál era el límite?

Muchas personas empezaron a pensar que, si no se ponían límites, se llegaría a la anarquía, al desorden total, al caos. De hecho, durante aquellos años se puso de moda una frase: “Con Franco vivíamos mejor”. Es decir, había personas que sentían nostalgia de la sociedad franquista en la que ciertas cosas no se podían hacer o no se podían decir.

“Franco encontró una España destruida, deshecha, llena de piojos, llena de cadáveres, saqueada miserablemente por el comunismo y la masonería; y nos dejó una España maravillosa, una España arriba, una patria limpia, llena de alegría, y nos la han destruido, nos lo han dejado lleno de terrorismo, de miseria, de anarquía. Nos están destrozando todo. Los impuestos nos destruyen, nos deshacen todo. Defendemos España, defendemos nuestro Caudillo que sacrificó su vida por la patria.”

Para estas personas, era importante que hubiera un dictador-padre, un dictador-padre que impusiera orden en el país. Un padre estricto e inflexible que le dijera a la gente lo que estaba bien y lo que estaba mal, porque, según ellos, la gente, el pueblo, no sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal. Creían que la gente, el pueblo, la sociedad, los españoles, eran como un adolescente malcriado al que había que educar de forma estricta por su propio bien.

Hay un refrán muy español que resume muy bien esta mentalidad: “Quien bien te quiere, te hará llorar”. Es decir, si alguien te quiere, va a hacer cosas que a ti no te gustan, pero será por tu bien. Esa era la mentalidad de los que sentían nostalgia por la dictadura franquista en los años 80 en España.

Y yo tengo que reconocer que yo mismo, durante algún tiempo, fui uno de ellos. Yo era muy joven, pero había muchas cosas que a mí también me chocaban. Como digo, me había educado en la escuela y en la sociedad franquista, y había cosas que me parecía que eran ofensivas, que eran inmorales, que iban contra los principios o los sentimientos de otras personas, y creía que había que prohibirlas.

Ese fue un debate que hubo en la sociedad española durante la transición, durante la transición de la dictadura a la democracia. ¿Dónde está el límite? ¿Se puede permitir todo? ¿Hay que dejar que cada uno haga lo que quiera, diga lo que le dé la gana, aunque ofenda a la religión, al ejército, a la patria, a la moral, a Dios?

El problema es quién decide. ¿Quién decide lo que se puede decir o lo que no se puede decir? ¿Quién decide lo que es ofensivo y lo que no es ofensivo? Este es el debate que se daba en la sociedad española de la época.

Y al final, al final lo que pasó fue que los españoles, por lo menos la mayoría de los españoles, llegamos a la conclusión de que vivir en democracia, vivir en libertad, implica aceptar que a veces alguien pueda decir algo que a nosotros nos molesta o nos ofende porque va en contra de nuestra concepción del mundo, de nuestra moral, de nuestros sentimientos.

Learn languages from TV shows, movies, news, articles and more! Try LingQ for FREE