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Español con Juan, De Franco al Rey – Text to read

Español con Juan, De Franco al Rey

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De Franco al Rey

Al final de los años setenta, cuando Franco llevaba ya varios años muerto, todo el mundo hablaba de política.

A algunos, a los más viejos, eso les daba un poco de miedo.

Como a mi vecina Loreto, que vivía sola y debía de tener unos setenta o setenta y cinco años. Quizás más o quizás menos. No estoy seguro. Yo todavía era muy niño y no sabía calcular la edad de la gente con mucha precisión. Igual no pasaba de los cincuenta y a mí me parecía más vieja que Matusalén. Vete tú a saber.

En cualquier caso, siempre que se cruzaba conmigo por las escaleras, Loreto bajaba la voz y me decía: “Tú no te metas en política, niño. Escucha y calla, pero no digas nada. Nunca se sabe quién puede estar escuchando…”

Muchos de los viejos que yo conocía (como mis tías, sin ir más lejos) contaban a menudo historias de la guerra y de la posguerra y aunque fuese en voz baja y con miedo en la mirada, recordaban lo que habían vivido, el hambre que habían pasado, el dolor y la miseria que habían visto con sus propios ojos y todo lo que habían sufrido durante aquellos terribles años.

A pesar de que Franco llevaba muerto el 20 noviembre de1975, una fecha que ningún español que vivió aquellos días jamás olvidará, años después, incluso en los ochenta, muchos viejos todavía desconfiaban de la política y de los políticos; no se fiaban de nada ni de nadie y a menudo bajaban la voz para contar sus recuerdos más dolorosos.

Ellos, los viejos de entonces, los viejos de los años setenta y ochenta, sabían que muchas personas inocentes habían sido fusiladas en la tapia de un cementerio o en la cuneta de cualquier carretera porque alguien las había denunciado a la Guardia Civil o a la Falange, a veces solo por venganza personal, por rencillas familiares o simplemente por envidia.

—¡Y los rojos, aún peor que los falangistas! —me susurró un día Loreto, mirándome con los ojos desencajados y echándome en la cara su repugnante aliento con olor a aguardiente—. Al cura de mi pueblo, los rojos lo metieron preso en la cárcel de la Modelo, en Madrid, y le hicieron perrerías durante una semana. Cuando se aburrieron de torturar al pobre hombre, que era un pedazo de pan, los milicianos le cortaron la cabeza y se pusieron a jugar al fútbol con ella y a darle patadas como si fuera una pelota.

Yo miré a mi vecina espantado. Estábamos los dos solos en las escaleras. Ella subía y yo bajaba. Me quedé callado. No sabía qué hacer ni qué decir.

—Y por si eso fuera poco —continuó ella—, obligaron a la madre del cura y a su hermana a estar allí, en el patio de la cárcel, mirando como los rojos jugaban al fútbol con la cabeza de su hijo y de su hermano.

Yo debía de tener entonces unos once o doce años y me parecía que la vieja me estaba contando una escena de una película de miedo, como aquellas Historias para no dormir que ponían en la tele por la noche y que a mí de niño nunca me dejaban ver para que no me dieran pesadillas.

—A mí me lo contó mi prima, que conocía a una de las sobrinas del cura —siguió diciendo la vieja—. Me contó que, mientras los rojos se divertían jugando al fútbol en el patio de la cárcel con la cabeza del cura, su madre y su hermana tenían que estar allí, mirando; y que los pelos de la cabeza del pobre hombre les caían a las dos mujeres cada vez que los rojos le daban una patada…

Han pasado muchos años desde aquella escena en las escaleras de mi casa y, sinceramente, yo no estoy nada seguro de si había algo de verdad en lo que me contó Loreto aquel día. Quizás era una patraña que se había inventado para impresionarme o tal vez ella misma se creía realmente lo que me estaba contando. No lo sé. La verdad es que la pobre no debía de estar muy en sus cabales.

De todas formas, hace poco leí algo que hizo que me volviese a acordar de mi vieja vecina. Resulta que en agosto del año 1936, tan solo unas semanas después del alzamiento militar contra la República, en la cárcel Modelo de Madrid, que todavía estaba en manos del gobierno republicano, se produjo una matanza de militares y de políticos de derechas que habían sido hechos prisioneros por su apoyo a los sublevados.

Yo todavía no sé qué fue lo que le pasó al cura del pueblo de Loreto en la cárcel Modelo de Madrid. Lo que sí sé es que la noche después de que Loreto me contara aquella terrorífica historia me costó mucho conciliar el sueño.

Con estos recuerdos todavía frescos en la memoria, no era de extrañar que los más viejos, los que habían vivido de cerca la guerra y la posguerra, tuvieran miedo y sintieran aprehensión hacia la política.

A pesar de todo, en la segunda mitad de los años setenta estábamos viviendo unos momentos decisivos en la historia de España. La historia estaba cambiando delante de nuestros ojos y era inevitable interesarse por lo que estaba pasando. Era inevitable incluso para mí, que todavía era apenas un niño y no me enteraba de nada.

Para mí, el cambio más grande era que antes teníamos a Franco hasta en la sopa (en la tele, en el NODO, en la cara de las pesetas, en los sellos…) y ahora teníamos al Rey.

¿Quién era el rey?

Para mí, un chaval de once o doce años, el rey era simplemente un tipo un poco soso, sin carisma, que hacía discursos aburridos en la televisión que no se entendían nada. Franco me caía mejor.

Para la mayoría de los españoles (y esto lo he aprendido después, leyendo libros de historia) parece que, en los primeros días de su reinado, Juan Carlos I era todavía una incógnita y nadie se fiaba totalmente de él. No estaba claro qué camino iba a tomar tras la muerte de Franco. ¿Continuaría con la dictadura? ¿Se convertiría él también en un dictador?

Como digo, el joven rey no inspiraba mucha confianza a nadie.

Aunque había jurado ser leal al Caudillo y a los principios del Movimiento Nacional (el partido único que gobernaba España durante la dictadura), los franquistas no estaban muy seguros de que Juan Carlos I fuese un fiel continuador de la obra de Franco y no se fiaban totalmente de él. A menudo había mostrado su admiración y su gratitud hacia Franco, sí, pero en realidad era una incógnita y nadie sabía cuáles eran sus verdaderas intenciones.

La oposición democrática, por su parte, tampoco se fiaba del joven rey y no le daba ningún crédito. Había sido nombrado a dedo por el dictador como su sucesor. Era el heredero político de Franco y nada bueno podía esperarse de él. El dictador había muerto en 1975, sí, pero la dictadura continuaba viva.

Sin embargo, tras ser nombrado rey, Juan Carlos I muy pronto empezó a dar muestras de que, si bien respetaba enormemente la figura de Franco, él, sin embargo, no estaba dispuesto a ser un dictador.

Ya en su primer discurso como rey, apenas dos días después de la muerte del Caudillo, Juan Carlos I había dicho que él quería ser el rey “de todos los españoles”.

Eso, al parecer, era clave. Yo, claro, todavía era muy niño y no me enteraba de nada. Cuando el rey salía en la tele, me aburría como una ostra y no entendía nada de lo que decía.

Pero recuerdo que Don Francisco, el profe de Historia, nos lo explicó en clase.

—Esa frase del Rey es muy importante, chicos— nos dijo el primer día que volvimos al colegio después de la muerte de Franco—. Esa frase va a cambiar la historia de España para siempre.

Yo entonces no entendí muy bien lo que Don Francisco quería decir. A mí me parecía obvio que el Rey fuese el Rey de todos los españoles y no entendía qué tenía de especial aquella frase.

Tuvieron que pasar algunos años para que yo llegara a comprender toda la importancia de lo que había dicho Juan Carlos I en su discurso de proclamación como Rey de España.

Aunque a muchos les pasaron desapercibidas, las primeras palabras del Rey diciendo que él quería ser el Rey de todos los españoles eran un guiño, una señal que anunciaba cuáles eran sus intenciones: reformar la dictadura desde dentro y hacer una transición a la democracia.

Como nos explicó Don Francisco, lo que pasaba es que Franco se había referido siempre a los comunistas, a los socialistas, a los nacionalistas y, en general, a todos los que no estaban de acuerdo con él, como “los enemigos de España”, pero ahora, tan solo dos días después de la muerte del dictador, el 22 de noviembre de 1975, Juan Carlos I había iniciado su reinado con un discurso en el que daba un giro de 180 grados a lo que había sido la política del Estado franquista hasta entonces y hablaba de consenso y concordia entre todos los españoles.

Visto desde la perspectiva que da el paso del tiempo, se me ocurre que, probablemente, el rey y otros políticos franquistas moderados eran conscientes de que, o hacían ellos mismos las reformas que hacían falta para cambiar la dictadura desde dentro y realizar una transición pacífica hacia la democracia o la oposición de izquierdas intentaría acabar con la dictadura desde fuera y por la fuerza, lo que a su vez podría dar lugar a una respuesta contundente del ejército y conduciría, seguramente, a una nueva guerra civil.

Aquellos días, el fantasma de otra guerra civil que enfrentase de nuevo a los españoles daba miedo y preocupaba a muchos, especialmente a los más viejos.

Yo entonces pensaba que los viejos tenían miedo porque eran viejos y los viejos, ya se sabe, siempre tienen miedo de todo lo nuevo.

Aunque era verdad que había habido una guerra civil muy sangrienta, una posguerra llena de miseria y dolor y una dictadura que se había mantenido en el poder durante cuarenta años gracias a una represión feroz de cualquier disidencia política, para mí era inimaginable que algo así volviera a suceder en España otra vez.

Ya no estábamos en los años treinta ni en los años cuarenta. Yo estaba convencido de que en España no volvería a ocurrir un baño de sangre como el del 36. Eso era algo impensable.

Así lo pensaba yo hasta que llegó el 23 de febrero de 1981. Aquel día por la tarde, los españoles vimos en la tele unas imágenes que, de repente, nos helaron la sangre.

Ese día comprendí que los viejos tenían razón y que en España seguía existiendo el peligro de que hubiese de nuevo una guerra civil.

Pero de eso hablaremos otro día.

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