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NPR Radio Ambulante, Hasta encontrarlo (3)

Hasta encontrarlo (3)

DOÑA EMMA MOLINA THEISSEN: Hasta tratamos de hablar con el que era presidente entonces. Mandamos telegrama para que nos recibiera. Entonces contestaba que fuéramos a gobernación. Y no nos recibió nunca.

VARGAS: Fueron a hospitales. Incluso fueron hasta Quetzaltenango, a la base donde tuvieron encerrada a Emma.

DOÑA EMMA MOLINA THEISSEN: Y lo que nos decían: “Si el ejército lo tiene, el ejército se los va a devolver”.

VARGAS: Pero a pesar de buscar y buscar. Nada. Ninguna noticia sobre Marco Antonio.

El cansancio y el dolor empezó a quebrar a todos los de la familia, especialmente a los papás de Marco Antonio. Doña Emma era maestra y tuvo que abandonar su trabajo.

DOÑA EMMA MOLINA THEISSEN: No soporté porque ahí estaban todos los muchachitos que conocían a mi hijo. Yo me ponía a llorar ahí.

VARGAS: Su esposo tenía una oficina de contabilidad y con eso se mantenían, pero la mayoría del tiempo la pasaba buscando a su hijo. Aunque fuera solo saliendo a la calle, esperando verlo caminando por ahí o que alguien le dijera algo, por más irreal que fuera. La pérdida de Marco Antonio lo afectó demasiado.

DOÑA EMMA MOLINA THEISSEN: Él no... nunca dijo nada. Nunca externó su sentir, así, hablando. Dormía muy poco y a veces se ponía a… a… a como a maltratar, a gritar.

VARGAS: Esa era la forma en que se desahogaba. Y aunque pasaban sus días buscando a Marco Antonio, doña Emma y su esposo nunca hablaron de cómo se sentían.

MARÍA EUGENIA MOLINA THEISSEN: Comenzó esa cadena de… de muchos años de silencio entre nosotras. Era muy rara vez que… que podíamos hablar de eso.

VARGAS: Y el silencio los empezó a separar.

MARÍA EUGENIA MOLINA THEISSEN: Mi papá y mi mamá estaban no sólo llenos de dolor sino de culpa.

VARGAS: Culpa por no haber hecho más para proteger a sus hijos. Una culpa irracional, claro, Emma y Ana Lucrecia ya eran adultas, y lo de Marco Antonio nunca lo pudieron prever.

Y bueno, claro, Ana Lucrecia también sintió mucho dolor al perder a Marco Antonio. Durante los primeros días después del secuestro…

ANA LUCRECIA MOLINA THEISSEN: Para mí era imposible estar despierta. Es como que te metieran mil cuchillos a la vez en el cuerpo. Creo que eso sería menos doloroso.

VARGAS: Entre abril y mayo de 1982, la familia tomó una decisión importante: decidió volver el caso público. Tan solo dos meses antes, el militar Efraín Ríos Montt le había hecho un golpe de Estado a Fernando Romeo Lucas García.

Y aunque Ríos Montt también era un militar de derecha, no muy diferente al antiguo presidente, decidieron que valía la pena intentar llamar su atención. Entonces pusieron unos avisos en los periódicos para pedirle al gobierno que devolviera a Marco Antonio vivo.

Los anuncios no provocaron ningún cambio. Lo que sí podía pasar era que el rumor de los avisos llegara a Emma, que ya estaba en México. Por eso, la familia decidió que era el momento de contarle. Le pidieron a un amigo de ella, que estaba México, que lo hiciera.

EMMA MOLINA THEISSEN: Me acuerdo que me llamó un compañero, me dijo que necesitaba decirme algo y… y que era algo relacionado con mi familia. Y yo pensé en Lucrecia. Yo dije: “Seguro algo le pasó a Lucrecia”. Porque era lo… digamos, era la consecuencia lógica de nuestra participación, ¿verdad?

VARGAS: El amigo la llevó a un restaurante pequeño y le dio la noticia. Y bueno, decir que la devastó es poco.

EMMA MOLINA THEISSEN: Yo no paraba de llorar y no paraba de llorar y no paraba de llorar... yo estaba en un estado de… de… de desesperación tan grande.

VARGAS: Y no solo por el dolor de lo que le pasó a su hermano, sino que…

EMMA MOLINA THEISSEN: Hasta ese momento todo lo que yo había vivido tenía un contrapeso, que era el logro mío de haber logrado escapar. Era un logro. Era una victoria. Todo eso se desarma. Todo eso que me sostenía emocionalmente contra la tortura, contra el terror, contra la violencia sexual se deshace. Y aquello que era mi logro se convierte en mi peor error.

ALARCÓN: Una pausa y volvemos.

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ALARCÓN: Estamos de vuelta en Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa, escuchábamos cómo por fin Emma se dio cuenta de la desaparición de su hermanito, Marco Antonio, y el efecto que tuvo en ella. La culpa, pues, era casi inmanejable.

EMMA MOLINA THEISSEN: Yo quería entregarme, quería matarme, quería… Yo no hallaba qué hacer. Entonces yo empecé a pensar qué hacer para entregarme. Incluso fui a pararme frente a la Embajada de Guatemala en la Ciudad de México pensando: “¿Qué hago? ¿Me entrego, no me entrego?”. O sea, ese tipo de… de… de locura se apoderó de mí.

ALARCÓN: Emma decidió no entregarse pues hacerlo no garantizaba que devolvieran a Marco Antonio. Lo que sí estaba claro era que la política para ella ya no tenía sentido.

EMMA MOLINA THEISSEN: Mientras yo no supe de lo de Marco Antonio yo seguí con la idea de regresar a Guatemala. O sea, yo quería seguir militando y haciendo parte de esa resistencia, eh, en Guatemala. Pero ya en ese momento yo digo: “No valió la pena. No valió la pena”. No es que lo que uno hacía no era lo correcto, no era lo justo. Sí, sí lo era, pero tuvo un costo humano tan alto.

ALARCÓN: Ya eran demasiadas vidas dañadas. Así que decidió irse alejando poco a poco del Partido Guatemalteco del Trabajo, la organización a la que había dedicado casi toda su vida en los últimos años.

Luis Fernando nos sigue contando.

VARGAS: Los traumas de la familia Molina Theissen no terminaron con Marco Antonio. Pasarían casi dos años y medio de incertidumbre, dolor, ansiedad, hasta que un día de febrero de 1984, Héctor —el esposo de Maria Eugenia— salió a pie de su casa.

Era alrededor de las cinco de la tarde. Le dijo a María Eugenia que volvería en la noche. A eso de las seis, una vecina llegó a contarle a María Eugenia que había visto cómo se robaban el carro de Héctor. Fue en el parqueo del edificio de apartamentos donde vivían.

MARÍA EUGENIA MOLINA THEISSEN: Traté de… de minimizar el asunto diciéndole: “Debe ser delincuencia común”.

VARGAS: Pero llegaron las siete, ocho, nueve, diez de la noche y Héctor no aparecía. A las tres de la mañana, María Eugenia empezó a temer que algo le había pasado a su esposo. En la mañana llegó Ana Lucrecia a su casa.

MARÍA EUGENIA MOLINA THEISSEN: Y me dijo: “¿Usted sabe dónde está Héctor?”. Entonces ya le conté lo que había pasado el día anterior. Y me dijo: “Es que en el diario El Gráfico apareció la foto del carro, la placa era visible, con un cuerpo”.

VARGAS: Era el cuerpo de Héctor. Ana Lucrecia de inmediato le dijo a María Eugenia…

MARÍA EUGENIA MOLINA THEISSEN: “Hay que salir de aquí”. No hubo duelo. No había tiempo ni para duelo, ni para lágrimas.

VARGAS: María Eugenia agarró lo que podía —la ropa y algunos juguetes de sus hijas— y se fueron a la casa de sus suegros. Ahí le tocó darles la noticia.

MARÍA EUGENIA MOLINA THEISSEN: Yo creo que el dolor de… de mis suegros era tan grande que depositaron mucho enojo en mí. Me sentí culpabilizada por la muerte de él. Por… porque como esposa no me opuse a que él continuara su militancia.

VARGAS: Por protección, los papás de María Eugenia también se refugiaron en la casa de sus suegros. Pero para ese entonces…

ANA LUCRECIA MOLINA THEISSEN: Ya había una decisión de la dirección del partido de que todos... toda la militancia tenía que salir del territorio.

VARGAS: Bajo el gobierno de Ríos Montt, la represión siguió igual de violenta que con Fernando Romeo Lucas García. Incluso peor. Este es Ríos Montt el 23 de marzo de 1982, el día en que dio el golpe de Estado al presidente Romeo García

(SOUNDBITE DE ARCHIVO)

EFRAÍN RÍOS MONTT: El que tenga armas contra la institución de armas tiene que ser fusilado. Fusilado y no asesinado.

ANA LUCRECIA MOLINA THEISSEN: Era un contexto de absoluta persecución. Aislamiento total. Habían cerrado todos los espacios de participación política abierta.

VARGAS: La justificación del Estado guatemalteco siempre fue evitar una revolución armada, como la que había pasado en Cuba en 1959.

(SOUNDBITE DE ARCHIVO)

EFRAÍN RÍOS MONTT: Lo cierto del caso es que estamos en una guerra. Y en una guerra lo que realmente sucede es que uno le tiene que imponer su voluntad a otro. Al adversario.

ANA LUCRECIA MOLINA THEISSEN: Empezaron a detener gente y asesinarla en las calles casi a diario. Se vivía al borde del peligro, día con día.

VARGAS: O sea, no había otra opción, tenían que irse del país. Pero había un problema: los del partido...

ANA LUCRECIA MOLINA THEISSEN: No te daban los medios; no los tenían. No había ni un centavo para mover a la gente.

VARGAS: Entonces, idearon un plan: buscar una embajada, entrar —para que el ejército guatemalteco no los pudiera tocar— y pedir asilo político.

Para 1984, la mayoría de embajadas eran patrulladas por muchos policías. Esto, porque un sindicalista, que fue capturado y torturado como Emma, había logrado resguardarse en la sede de Bélgica.

Trataron en la del Vaticano, pero les fue imposible entrar por la seguridad. Una de las embajadas con menor protección era la de Ecuador. Además, tenía un gobierno democrático. Era una buena opción. El 23 de marzo de 1984, después de casi un mes de estar escondidos en una casa, la familia de Héctor y los Molina Theissen se fueron a la embajada. Pero sin Ana Lucrecia, que ya había planeado su salida a México.

MARÍA EUGENIA MOLINA THEISSEN: Llegamos a la… a la puerta de la embajada. Eh, recuerdo tanto que la secretaria del embajador abr... no abrió, sino que empieza, me pregunta a través del vidrio que qué queremos o qué quiero yo. Porque creo que solo a mí alcanzaba a verme con mi hija mayor

VARGAS: María Eugenia le dijo que quería saber sobre viajes turístico al Ecuador.

MARÍA EUGENIA MOLINA THEISSEN: Entonces se da la vuelta y… pero como se le hizo feo dejarme con la puerta cerrada, se regresa le quita llave a la puerta y se va a su escritorio a traer panfletos. Y aprovechamos a entrar todos y cerramos la puerta.

VARGAS: Y al volver, la secretaria…

MARÍA EUGENIA MOLINA THEISSEN: Se sorprende al ver a las ocho personas.

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