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Sabato, Ernesto - Sobre heroes y tumbas, Parte (6)

Sólo horas más tarde tuvo fuerzas para terminar de arreglar su bolsa marinera. Cuando salió eran las dos de la mañana, y en el taller de su padre vio luz.

—”Ahí está —pensó—. A pesar de todo vive, todavía vive.”

Caminó hacia el garaje y pensó que debía sentir una gran liberación, pero no era así; una sorda opresión se lo impedía. Caminaba cada vez más lentamente.

Por fin se detuvo y vaciló. ¿Qué es lo que quería?

28

VIII

Hasta que volví a verla pasaron muchas cosas... en mi casa... No quise vivir más allá, pensé irme a la Patagonia, hablé con un camionero que se llama Bucich ¿no le hablé nunca de Bucich? pero esa madrugada... En fin, no fui al sur. No volví más a mi casa, sin embargo.

Se calló, rememorando.

—La volví a ver en el mismo lugar del parque, pero recién en febrero de 1955. Yo no dejé de ir en cada ocasión en que me era posible. Y sin embargo no me pareció que la encontrase gracias a esa espera en el mismo lugar.

—¿Sino?

Martín miró a Bruno y dijo:

—Porque ella quiso encontrarme.

Bruno no pareció entender.

—Bueno, si fue a aquel lugar es porque quiso encontrarlo.

—No, no es eso lo que quiero decir. Lo mismo me habría encontrado en cualquier otra parte. ¿Entiende? Ella sabía dónde y cómo encontrarme, si quería.

Eso es lo que quiero decir. Esperarla allá, en aquel banco, durante tantos meses, fue una de las tantas ingenuidades mías.

Se quedó cavilando y luego agregó, mirándolo a Bruno como si le requiriera una explicación.

—Por eso, porque creo que ella me buscó, con toda su voluntad, con deliberación, por eso mismo me resulta más inexplicable que luego... de semejante manera...

Mantuvo su mirada sobre Bruno y éste permaneció con sus ojos fijos en aquella cara demacrada y sufriente.

—¿Usted lo entiende?

—Los seres humanos no son lógicos —repuso Bruno—. Además, es casi seguro que la misma razón que la llevó a buscarlo también la impulsó a...

Iba a decir “abandonarlo” cuando se detuvo y corrigió: “a alejarse”.

Martín lo miró todavía un momento y luego volvió a sumirse en sus pensamientos, permaneciendo durante un buen tiempo callado. Luego explicó cómo había reaparecido.

Era ya casi de noche y la luz no le alcanzaba ya para revisar las pruebas, de modo que se había quedado mirando los árboles, recostado sobre el respaldo del banco. Y de pronto se durmió.

Soñaba que iba en una barca abandonada, con su velamen destruido, por un gran río en apariencia apacible, pero poderoso y preñado de misterio. Navegaba 29

en el crepúsculo. El paisaje era solitario y silencioso, pero se adivinaba que en la selva que se levantaba como una muralla en las márgenes del gran río se desarrollaba una vida secreta y colmada de peligros. Cuando una voz que parecía provenir de la espesura lo estremeció. No alcanzaba a entender lo que decía, pero sabía que se dirigía a él, a Martín. Quiso incorporarse, pero algo lo impedía. Luchó, sin embargo, por levantarse porque se oía cada vez con mayor intensidad la enigmática y remota voz que lo llamaba y (ahora lo advertía) que lo llamaba con ansiedad, como si estuviera en un pavoroso peligro y él, solamente él, fuese capaz de salvarla. Despertó estremecido por la angustia y casi saltando del asiento.

Era ella.

Lo había estado sacudiendo y ahora le decía, con su risa áspera:

—Levántate, haragán.

Asustado, asustado y desconcertado por el contraste entre la voz aterrorizada y anhelante del sueño y aquella Alejandra despreocupada que ahora tenía ante sí, no atinó a decir ninguna palabra.

Vio cómo ella recogía algunas de las pruebas que se habían caído del banco durante su sueño.

—Seguro que el patrón de esta empresa no es Molinari —comentó riéndose.

—¿Qué empresa?

—La que te da este trabajo, zonzo.

—Es la Imprenta López.

—La que sea, pero seguro que no es Molinari.

No entendió nada. Y, como muchas veces le volvería a suceder con ella, Alejandra no se tomó el trabajo de explicarle. Se sentía —comentó Martín— como un mal alumno delante de un profesor irónico.

Acomodó las pruebas y esa tarea mecánica le dio tiempo para sobreponerse un poco de la emoción de aquel reencuentro tan ansiosamente esperado. Y

también, como en muchas otras ocasiones posteriores, su silencio y su incapacidad para el diálogo eran compensados por Alejandra, que siempre, o casi siempre, adivinaba sus pensamientos.

Le revolvió el pelo con una mano, como las personas grandes suelen hacer con los chicos.

—Te expliqué que te volvería a ver, ¿recordás?, pero no te dije cuándo.

Martín la miró.

—¿Te dije, acaso, que te volvería a ver pronto?

—No.

Y así (explicó Martín) empezó la terrible historia. Todo había sido inexplicable. Con ella nunca se sabía, se encontraban en lugares tan absurdos como el hall del Banco de la Provincia o el puente Avellaneda. Y a cualquier hora: a las dos de la mañana. Todo era imprevisto, nada se podía pronosticar ni explicar: ni sus momentos de broma, ni sus furias, ni esos días en que se encontraba con él y no abría la boca, hasta que terminaba por irse. Ni sus largas 30

desapariciones. “Y sin embargo —agregaba— ha sido el período más maravilloso de mi vida.” Pero él sabía que no podía durar porque todo era frenético y era, ¿se lo había dicho ya?, como una sucesión de estallidos de nafta en una noche tormentosa. Aunque a veces, muy pocas veces, es cierto, parecía pasar momentos de descanso a su lado como si estuviera enferma y él fuera un sanatorio o un lugar con sol en las sierras donde ella se tirase al fin en silencio.

O también aparecía atormentada y parecía como si él pudiese ofrecerle agua o algún remedio, algo que le era imprescindible, para volver una vez más a aquel territorio oscuro y salvaje en que parecía vivir.

—Y en el que yo nunca pude entrar —concluyó, poniendo su mirada sobre los ojos de Bruno.

31

IX

Aquí es —dijo.

Se sentía el intenso perfume a jazmín del país. La verja era muy vieja y estaba a medias cubierta con una glicina. La puerta, herrumbrada, se movía dificultosamente, con chirridos.

En medio de la oscuridad, brillaban los charcos de la reciente lluvia. Se veía una habitación iluminada, pero el silencio correspondía más bien a una casa sin habitaciones. Bordearon un jardín abandonado, cubierto de yuyos, por una veredita que había al costado de una galería lateral, sostenida por columnas de hierro. La casa era viejísima, sus ventanas daban a la galería y aún conservaban sus rejas coloniales; las grandes baldosas eran seguramente de aquel tiempo, pues se sentían hundidas, gastadas y rotas.

Se oyó un clarinete una frase sin estructura musical, lánguida, desarticulada y obsesiva.

—¿Y eso? —preguntó Martín.

—El tío Bebe —explicó Alejandra—, el loco.

Atravesaron un estrecho pasillo entre árboles muy viejos (Martín sentía ahora un intenso perfume de magnolia) y siguieron por un sendero de ladrillos que terminaba en una escalera de caracol.

—Ahora, ojo. Seguime despacito.

Martín tropezó con algo: un tacho o un cajón.

—¡No te dije que andes con ojo! Espera.

Se detuvo y encendió un fósforo, que protegió con una mano y que acercó a Martín.

—Pero Alejandra, ¿no hay lámpara por ahí? Digo... algo... en el patio...

Oyó la risa seca y maligna.

—¡Lámparas! Vení, coloca tus manos en mis caderas y seguime.

—Esto es muy bueno para ciegos.

Sintió que Alejandra se detenía como paralizada por una descarga eléctrica.

—¿Qué te pasa, Alejandra? —preguntó Martín, alarmado.

—Nada —respondió con sequedad—, pero haceme el favor de no hablarme nunca de ciegos.

Martín volvió a poner sus manos sobre las caderas y la siguió en medio de la oscuridad. Mientras subían lentamente, con muchas precauciones, la escalera metálica, rota en muchas partes y vacilante en otras por la herrumbre, sentía bajo sus manos, por primera vez, el cuerpo de Alejandra, tan cercano y a la vez remoto y misterioso. Algo, un estremecimiento, una vacilación, expresaron aquella sensación sutil, y entonces ella preguntó qué pasaba y él respondió, con 32

tristeza, “nada”. Y cuando llegaron a lo alto, mientras Alejandra intentaba abrir una dificultosa cerradura, dijo “esto es el antiguo Mirador”.

—¿Mirador?

—Sí, por aquí no había más que quintas a comienzos del siglo pasado. Aquí venían a pasar los fines de semana los Olmos, los Acevedo...

Se rió.

—En la época en que los Olmos no eran unos muertos de hambre... y unos locos...

—¿Los Acevedo? —preguntó Martín—. ¿Qué Acevedos? ¿El que fue vicepresidente?

—Sí, ésos.

Por fin, con grandes esfuerzos, logró abrir la vieja puerta. Levantó su mano y encendió la luz.

—Bueno —dijo Martín—, por lo menos acá hay una lámpara. Creí que en esta casa sólo se alumbraban con velas.

—Oh, no te vayas a creer. Abuelo Pancho no usa más que quinqués. Dice que la electricidad es mala para la vista.

Martín recorrió con su mirada la pieza como si recorriera parte del alma desconocida de Alejandra. El techo no tenía cielo raso y se veían los grandes tirantes de madera. Había una cama turca recubierta con un poncho y un conjunto de muebles que parecían sacados de un remate: de diferentes épocas y estilos, pero todos rotosos y a punto de derrumbarse.

—Vení, mejor sentáte sobre la cama. Acá las sillas son peligrosas.

Sobre una pared había un espejo, casi opaco, del tiempo veneciano, con una pintura en la parte superior. Había también restos de una cómoda y un bargueño.

Había también un grabado o litografía mantenido con cuatro chinches en sus puntas.

Alejandra prendió un calentador de alcohol y se puso a hacer café. Mientras se calentaba el agua puso un disco.

—Escucha —dijo, abstrayéndose y mirando al techo mientras chupaba su cigarrillo.

Se oyó una música patética y tumultuosa.

Luego, bruscamente, quitó el disco.

—Bah —dijo—, ahora no la puedo oír.

Siguió preparando el café.

—Cuando lo estrenaron, Brahms mismo tocaba el piano. ¿Sabes lo que pasó?

—No.

—Lo silbaron. ¿Te das cuenta lo que es la humanidad?

—Bueno, quizá...

—¡Cómo, quizá! —gritó Alejandra—, ¿acaso crees que la humanidad no es una pura chanchada?

—Pero este músico también es la humanidad...

33

—Mira, Martín —comentó mientras echaba el café en la taza—, ésos son los que sufren por el resto. Y el resto son nada más que hinchapelotas, hijos de puta o cretinos, ¿sabes?

Trajo el café.

Se sentó en el borde de la cama y se quedó pensativa. Luego volvió a poner el disco un minuto:

—Oí, oí lo que es esto.

Nuevamente se oyeron los compases del primer movimiento.

—¿Te das cuenta, Martín, la cantidad de sufrimiento que ha tenido que producirse en el mundo para que haya hecho música así?

Mientras quitaba el disco, comentó:

—Bárbaro.

Se quedó pensativa, terminando su café. Luego puso el pocillo en el suelo.

En el silencio, de pronto, a través de la ventana abierta, se oyó el clarinete, como si un chico trazase garabatos sobre un papel.

—¿Dijiste que está loco?

—¿No te das cuenta? Ésta es una familia de locos. ¿Vos sabes quién vivió en ese altillo, durante ochenta años? La niña Escolástica. Vos sabes que antes se estilaba tener algún loco encerrado en alguna pieza del fondo. El Bebe es más bien un loco manso, una especie de opa, y de todos modos nadie puede hacer mal con el clarinete. Escolástica también era una loca mansa. ¿Sabes lo que le pasó? Vení. —Se levantó y fue hasta la litografía que estaba en la pared con cuatro chinches.— Mira: son los restos de la legión de Lavalle, en la quebrada de Humahuaca. En ese tordillo va el cuerpo del general. Ése es el coronel Pedernera. El de al lado es Pedro Echagüe. Y ese otro barbudo, a la derecha, es el coronel Acevedo. Bonifacio Acevedo, el tío abuelo del abuelo Pancho. A Pancho le decimos abuelo, pero en realidad es bisabuelo.

Siguió mirando.

—Ese otro es el alférez Celedonio Olmos, el padre de abuelo Pancho, es decir mi tatarabuelo.



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Sólo horas más tarde tuvo fuerzas para terminar de arreglar su bolsa marinera. Cuando salió eran las dos de la mañana, y en el taller de su padre vio luz.

—”Ahí está —pensó—. A pesar de todo vive, todavía vive.”

Caminó hacia el garaje y pensó que debía sentir una gran liberación, pero no era así; una sorda opresión se lo impedía. Caminaba cada vez más lentamente.

Por fin se detuvo y vaciló. ¿Qué es lo que quería?

28

VIII

Hasta que volví a verla pasaron muchas cosas... en mi casa... No quise vivir más allá, pensé irme a la Patagonia, hablé con un camionero que se llama Bucich ¿no le hablé nunca de Bucich? pero esa madrugada... En fin, no fui al sur. No volví más a mi casa, sin embargo.

Se calló, rememorando.

—La volví a ver en el mismo lugar del parque, pero recién en febrero de 1955. Yo no dejé de ir en cada ocasión en que me era posible. Y sin embargo no me pareció que la encontrase gracias a esa espera en el mismo lugar.

—¿Sino?

Martín miró a Bruno y dijo:

—Porque ella quiso encontrarme.

Bruno no pareció entender.

—Bueno, si fue a aquel lugar es porque quiso encontrarlo.

—No, no es eso lo que quiero decir. Lo mismo me habría encontrado en cualquier otra parte. ¿Entiende? Ella sabía dónde y cómo encontrarme, si quería.

Eso es lo que quiero decir. Esperarla allá, en aquel banco, durante tantos meses, fue una de las tantas ingenuidades mías.

Se quedó cavilando y luego agregó, mirándolo a Bruno como si le requiriera una explicación.

—Por eso, porque creo que ella me buscó, con toda su voluntad, con deliberación, por eso mismo me resulta más inexplicable que luego... de semejante manera...

Mantuvo su mirada sobre Bruno y éste permaneció con sus ojos fijos en aquella cara demacrada y sufriente.

—¿Usted lo entiende?

—Los seres humanos no son lógicos —repuso Bruno—. Además, es casi seguro que la misma razón que la llevó a buscarlo también la impulsó a...

Iba a decir “abandonarlo” cuando se detuvo y corrigió: “a alejarse”.

Martín lo miró todavía un momento y luego volvió a sumirse en sus pensamientos, permaneciendo durante un buen tiempo callado. Luego explicó cómo había reaparecido.

Era ya casi de noche y la luz no le alcanzaba ya para revisar las pruebas, de modo que se había quedado mirando los árboles, recostado sobre el respaldo del banco. Y de pronto se durmió.

Soñaba que iba en una barca abandonada, con su velamen destruido, por un gran río en apariencia apacible, pero poderoso y preñado de misterio. Navegaba 29

en el crepúsculo. El paisaje era solitario y silencioso, pero se adivinaba que en la selva que se levantaba como una muralla en las márgenes del gran río se desarrollaba una vida secreta y colmada de peligros. Cuando una voz que parecía provenir de la espesura lo estremeció. No alcanzaba a entender lo que decía, pero sabía que se dirigía a él, a Martín. Quiso incorporarse, pero algo lo impedía. Luchó, sin embargo, por levantarse porque se oía cada vez con mayor intensidad la enigmática y remota voz que lo llamaba y (ahora lo advertía) que lo llamaba con ansiedad, como si estuviera en un pavoroso peligro y él, solamente él, fuese capaz de salvarla. Despertó estremecido por la angustia y casi saltando del asiento.

Era ella.

Lo había estado sacudiendo y ahora le decía, con su risa áspera:

—Levántate, haragán.

Asustado, asustado y desconcertado por el contraste entre la voz aterrorizada y anhelante del sueño y aquella Alejandra despreocupada que ahora tenía ante sí, no atinó a decir ninguna palabra.

Vio cómo ella recogía algunas de las pruebas que se habían caído del banco durante su sueño.

—Seguro que el patrón de esta empresa no es Molinari —comentó riéndose.

—¿Qué empresa?

—La que te da este trabajo, zonzo.

—Es la Imprenta López.

—La que sea, pero seguro que no es Molinari.

No entendió nada. Y, como muchas veces le volvería a suceder con ella, Alejandra no se tomó el trabajo de explicarle. Se sentía —comentó Martín— como un mal alumno delante de un profesor irónico.

Acomodó las pruebas y esa tarea mecánica le dio tiempo para sobreponerse un poco de la emoción de aquel reencuentro tan ansiosamente esperado. Y

también, como en muchas otras ocasiones posteriores, su silencio y su incapacidad para el diálogo eran compensados por Alejandra, que siempre, o casi siempre, adivinaba sus pensamientos.

Le revolvió el pelo con una mano, como las personas grandes suelen hacer con los chicos.

—Te expliqué que te volvería a ver, ¿recordás?, pero no te dije cuándo.

Martín la miró.

—¿Te dije, acaso, que te volvería a ver pronto?

—No.

Y así (explicó Martín) empezó la terrible historia. Todo había sido inexplicable. Con ella nunca se sabía, se encontraban en lugares tan absurdos como el hall del Banco de la Provincia o el puente Avellaneda. Y a cualquier hora: a las dos de la mañana. Todo era imprevisto, nada se podía pronosticar ni explicar: ni sus momentos de broma, ni sus furias, ni esos días en que se encontraba con él y no abría la boca, hasta que terminaba por irse. Ni sus largas 30

desapariciones. “Y sin embargo —agregaba— ha sido el período más maravilloso de mi vida.” Pero él sabía que no podía durar porque todo era frenético y era, ¿se lo había dicho ya?, como una sucesión de estallidos de nafta en una noche tormentosa. Aunque a veces, muy pocas veces, es cierto, parecía pasar momentos de descanso a su lado como si estuviera enferma y él fuera un sanatorio o un lugar con sol en las sierras donde ella se tirase al fin en silencio.

O también aparecía atormentada y parecía como si él pudiese ofrecerle agua o algún remedio, algo que le era imprescindible, para volver una vez más a aquel territorio oscuro y salvaje en que parecía vivir.

—Y en el que yo nunca pude entrar —concluyó, poniendo su mirada sobre los ojos de Bruno.

31

IX

Aquí es —dijo.

Se sentía el intenso perfume a jazmín del país. La verja era muy vieja y estaba a medias cubierta con una glicina. La puerta, herrumbrada, se movía dificultosamente, con chirridos.

En medio de la oscuridad, brillaban los charcos de la reciente lluvia. Se veía una habitación iluminada, pero el silencio correspondía más bien a una casa sin habitaciones. Bordearon un jardín abandonado, cubierto de yuyos, por una veredita que había al costado de una galería lateral, sostenida por columnas de hierro. La casa era viejísima, sus ventanas daban a la galería y aún conservaban sus rejas coloniales; las grandes baldosas eran seguramente de aquel tiempo, pues se sentían hundidas, gastadas y rotas.

Se oyó un clarinete una frase sin estructura musical, lánguida, desarticulada y obsesiva.

—¿Y eso? —preguntó Martín.

—El tío Bebe —explicó Alejandra—, el loco.

Atravesaron un estrecho pasillo entre árboles muy viejos (Martín sentía ahora un intenso perfume de magnolia) y siguieron por un sendero de ladrillos que terminaba en una escalera de caracol.

—Ahora, ojo. Seguime despacito.

Martín tropezó con algo: un tacho o un cajón.

—¡No te dije que andes con ojo! Espera.

Se detuvo y encendió un fósforo, que protegió con una mano y que acercó a Martín.

—Pero Alejandra, ¿no hay lámpara por ahí? Digo... algo... en el patio...

Oyó la risa seca y maligna.

—¡Lámparas! Vení, coloca tus manos en mis caderas y seguime.

—Esto es muy bueno para ciegos.

Sintió que Alejandra se detenía como paralizada por una descarga eléctrica.

—¿Qué te pasa, Alejandra? —preguntó Martín, alarmado.

—Nada —respondió con sequedad—, pero haceme el favor de no hablarme nunca de ciegos.

Martín volvió a poner sus manos sobre las caderas y la siguió en medio de la oscuridad. Mientras subían lentamente, con muchas precauciones, la escalera metálica, rota en muchas partes y vacilante en otras por la herrumbre, sentía bajo sus manos, por primera vez, el cuerpo de Alejandra, tan cercano y a la vez remoto y misterioso. Algo, un estremecimiento, una vacilación, expresaron aquella sensación sutil, y entonces ella preguntó qué pasaba y él respondió, con 32

tristeza, “nada”. Y cuando llegaron a lo alto, mientras Alejandra intentaba abrir una dificultosa cerradura, dijo “esto es el antiguo Mirador”.

—¿Mirador?

—Sí, por aquí no había más que quintas a comienzos del siglo pasado. Aquí venían a pasar los fines de semana los Olmos, los Acevedo...

Se rió.

—En la época en que los Olmos no eran unos muertos de hambre... y unos locos...

—¿Los Acevedo? —preguntó Martín—. ¿Qué Acevedos? ¿El que fue vicepresidente?

—Sí, ésos.

Por fin, con grandes esfuerzos, logró abrir la vieja puerta. Levantó su mano y encendió la luz.

—Bueno —dijo Martín—, por lo menos acá hay una lámpara. Creí que en esta casa sólo se alumbraban con velas.

—Oh, no te vayas a creer. Abuelo Pancho no usa más que quinqués. Dice que la electricidad es mala para la vista.

Martín recorrió con su mirada la pieza como si recorriera parte del alma desconocida de Alejandra. El techo no tenía cielo raso y se veían los grandes tirantes de madera. Había una cama turca recubierta con un poncho y un conjunto de muebles que parecían sacados de un remate: de diferentes épocas y estilos, pero todos rotosos y a punto de derrumbarse.

—Vení, mejor sentáte sobre la cama. Acá las sillas son peligrosas.

Sobre una pared había un espejo, casi opaco, del tiempo veneciano, con una pintura en la parte superior. Había también restos de una cómoda y un bargueño.

Había también un grabado o litografía mantenido con cuatro chinches en sus puntas.

Alejandra prendió un calentador de alcohol y se puso a hacer café. Mientras se calentaba el agua puso un disco.

—Escucha —dijo, abstrayéndose y mirando al techo mientras chupaba su cigarrillo.

Se oyó una música patética y tumultuosa.

Luego, bruscamente, quitó el disco.

—Bah —dijo—, ahora no la puedo oír.

Siguió preparando el café.

—Cuando lo estrenaron, Brahms mismo tocaba el piano. ¿Sabes lo que pasó?

—No.

—Lo silbaron. ¿Te das cuenta lo que es la humanidad?

—Bueno, quizá...

—¡Cómo, quizá! —gritó Alejandra—, ¿acaso crees que la humanidad no es una pura chanchada?

—Pero este músico también es la humanidad...

33

—Mira, Martín —comentó mientras echaba el café en la taza—, ésos son los que sufren por el resto. Y el resto son nada más que hinchapelotas, hijos de puta o cretinos, ¿sabes?

Trajo el café.

Se sentó en el borde de la cama y se quedó pensativa. Luego volvió a poner el disco un minuto:

—Oí, oí lo que es esto.

Nuevamente se oyeron los compases del primer movimiento.

—¿Te das cuenta, Martín, la cantidad de sufrimiento que ha tenido que producirse en el mundo para que haya hecho música así?

Mientras quitaba el disco, comentó:

—Bárbaro.

Se quedó pensativa, terminando su café. Luego puso el pocillo en el suelo.

En el silencio, de pronto, a través de la ventana abierta, se oyó el clarinete, como si un chico trazase garabatos sobre un papel.

—¿Dijiste que está loco?

—¿No te das cuenta? Ésta es una familia de locos. ¿Vos sabes quién vivió en ese altillo, durante ochenta años? La niña Escolástica. Vos sabes que antes se estilaba tener algún loco encerrado en alguna pieza del fondo. El Bebe es más bien un loco manso, una especie de opa, y de todos modos nadie puede hacer mal con el clarinete. Escolástica también era una loca mansa. ¿Sabes lo que le pasó? Vení. —Se levantó y fue hasta la litografía que estaba en la pared con cuatro chinches.— Mira: son los restos de la legión de Lavalle, en la quebrada de Humahuaca. En ese tordillo va el cuerpo del general. Ése es el coronel Pedernera. El de al lado es Pedro Echagüe. Y ese otro barbudo, a la derecha, es el coronel Acevedo. Bonifacio Acevedo, el tío abuelo del abuelo Pancho. A Pancho le decimos abuelo, pero en realidad es bisabuelo.

Siguió mirando.

—Ese otro es el alférez Celedonio Olmos, el padre de abuelo Pancho, es decir mi tatarabuelo.


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