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Sabato, Ernesto - Sobre heroes y tumbas, Parte (5)

Quedó mirando el techo y luego sus ojos recorrieron las paredes hasta detenerse en la ilustración de Billiken que tenía pegada con chinches desde su infancia: Belgrano haciendo jurar la bandera azul y blanca a sus soldados, en el cruce del río Salado.

La bandera inmaculada pensó.

Y también volvieron a su mente palabras clave de su existencia: frío, limpieza, nieve, soledad, Patagonia.

Pensó en barcos, en trenes, pero ¿de dónde sacaría el dinero? Entonces recordó aquel gran camión que paraba en el garaje cercano a la estación Sola y que, mágicamente, lo había detenido un día con su inscripción: TRANSPORTE

PATAGÓNICO. ¿Y si necesitaran un peón, un ayudante, cualquier cosa?

—Claro que sí, pibe —dijo Bucich con el cigarro apagado en su boca.

—Tengo ochenta y tres pesos —dijo Martín.

—Déjate de macana —dijo Bucich, quitándose el overall sucio de grasa.

Parecía un gigante de circo, pero algo encorvado, con pelo canoso. Un gigante con expresión candorosa de niño. Martín miraba el camión: al costado, en grandes caracteres, decía TRANSPORTE PATAGÓNICO; y detrás, con letras doradas, se leía: SI LO VIERAS, VIEJA.

—Vamo —dijo Bucich siempre con su colilla apagada.

Sobre el pavimento mojado y resbaladizo brillaba por un momento un rojo lechoso y delicuescente. En seguida venía el relámpago violáceo, para ser nuevamente reemplazado por el rojo lechoso: CINZANO-AMERICANO

GANCIA.

CINZANO-AMERICANO GANCIA.

23

—Se vino el frío —comentó Bucich.

¿Lloviznaba? Era más bien una neblina de finísimas gotitas impalpables y flotantes. El camionero caminaba a grandes trancos a su lado. Era candoroso y fuerte: acaso el símbolo de lo que Martín buscaba en aquel éxodo hacia el sur.

Se sintió protegido y se abandonó a sus pensamientos. Aquí es, dijo Bucich.

CHICHÍN pizza faina despacho de bebidas. Salú, dijo Bucich. Salú, dijo Chichín, poniendo la botella de ginebra LLAVE. Do copita; este pibe e un amigo. Mucho gusto, el gusto e mío, dijo Chichín, que tenía gorra y tiradores colorados sobre camisa tornasol. ¿La vieja?, preguntó Bucich. Regular, dijo Chichín. ¿L'hicieron l'análisis? Sí. ¿Y? Chichín se encogió de hombros. Vo sabe cómo son esa cosa. Irse lejos, el sur frío y nítido pensaba Martín mirando el retrato de Gardel en frac, sonriendo con la sonrisa medio de costado de muchacho pierna pero capaz de gauchadas, y la escarapela azul y blanca sobre la Masseratti de Fangio, muchachas desnudas rodeadas por Leguisamo y Américo Tesorieri, de gorra, apoyado contra el arco, al amigo Chichín con aprecio y muchas fotos de Boca con la palabra ¡CAMPEONES! y también el Torito de Mataderos con malla de entrenamiento en su clásica guardia. Salto a la cuerda, todo menos raspajes, como los boxeadores, hasta me golpeaba el vientre, por eso saliste medio tarado seguro, riéndose con rencor y desprecio, hice todo, no me iba a deformar el cuerpo por vos le dijo, y él tendría once años. ¿Y Tito?

preguntó Bucich. Ahora viene, dijo Chichín, y decidió irse a vivir al altillo. ¿Y

el domingo? preguntó Bucich. Ma qué sé yo, respondió Chichín con rabia, te juro que yo no me hago ma mala sangre mientras ella seguía oyendo boleros, depilándose, comiendo caramelos, dejando papeles pegajosos por todas partes, mala sangre por nada, decía Chichín, lo que se dice propio nada de nada un mundo sucio y pegajoso mientras repasaba con rabia callada un vaso cualquiera y repetía, haceme el favor huir hacia un mundo limpio, frío, cristalino hasta que dejando el vaso y encarándose con Bucich exclamó: perder con semejante bagayo, mientras el camionero parpadeaba, considerando el problema con la debida atención y comentando la pucha, verdaderamente mientras Martín seguía oyendo aquellos boleros, sintiendo aquella atmósfera pesada de baño y cremas desodorantes, aire caliente y turbio, baño caliente, cuerpo caliente, cama caliente, madre caliente, madre-cama, canastacama, piernas lechosas hacia arriba como en un horrendo circo casi en la misma forma en que él había salido de la cloaca y hacia la cloaca o casi mientras entraba el hombre flaquito y nervioso que decía, Salú y Chichín decía; Humberto J. D'Arcángelo se lo saluda, salú Puchito, el muchacho e un amigo, mucho gusto el gusto e mío dijo escrutándolo con esos ojitos de pájaro, con aquella expresión de ansiedad que siempre Martín le vería a Tito, como si se le hubiese perdido algo muy valioso y lo buscara por todas partes, observando todo con rapidez e inquietud.

—La gran puta con lo diablo rojo.

—Decí vo, decí. Contale a éste.

—Te soy franco: vo, con el camión, te salva de cada una.

24

—Pero yo —repetía Chichín— no me hago ma mala sangre. Lo que se dice nada de nada. Te lo juro por la memoria de mi madre. Con eso lisiado. Haceme el favor. Ma contale a éste, contale.

Humberto J. D'Arcángelo, conocido vulgarmente por Tito, dictaminó:

—Propio la basura.

Y entonces se sentó a una mesa cerca de la ventana, sacó Crítica, que siempre llevaba doblada en la página de deportes, la colocó con indignación sobre la mesita y escarbándose los dientes picados con el escarbadientes que siempre llevaba en la boca, dirigió una mirada sombría hacia la calle Pinzón. Chiquito y estrecho de hombros, con el traje raído, parecía meditar en la suerte general del mundo.

Después de un rato, volvió su mirada hacia el mostrador y dijo:

—Este domingo ha sido trágico. Perdimo como cretino, ganó San Lorenzo, ganaron lo millonario y hasta Tigre ganó ¿me queré decir a dónde vamo a parar?

Mantuvo la mirada en sus amigos como poniéndolos de testigos, luego volvió nuevamente su mirada hacia la calle y escarbándose los dientes, dijo:

—Este paí ya no tiene arreglo.

VII

No puede ser, pensó, con la mano detenida sobre la bolsa marinera, no puede ser. Pero sí la tos, la tos y esos crujidos.

Y años después, también pensó, recordando aquel momento: como habitantes solitarios de dos islas cercanas separadas por insondables abismos.

Años después, cuando su padre estaba pudriéndose en la tumba, comprendiendo que aquel pobre diablo había sufrido por lo menos tanto como él y que, acaso, desde aquella cercana pero inalcanzable isla en que habitaba (en que sobrevivía) le habría hecho alguna vez un gesto silencioso pero patético requiriendo su ayuda, o por lo menos su comprensión y su cariño. Pero eso lo entendió después de sus duras experiencias, cuando ya era tarde, como casi siempre sucede. Así que ahora, en ese presente prematuro (como si el tiempo se divirtiese en presentarse antes de lo debido, para que la gente haga representaciones tan grotescas y primarias como las que hacen ciertos cuadros de aficionados a los que les falta experiencia: Otelos que todavía no han amado), en ese presente que debería ser futuro, entraba falsamente su padre, subía aquellas escaleras que durante tantos años no había transitado. Y de espaldas a la puerta, Martín sintió que se asomaba como un intruso: oía su jadeo de tuberculoso, su vacilante espera. Y con deliberada crueldad, hizo como que no lo advirtiese. Claro, ha leído mi mensaje, quiere retenerme. ¿Retenerlo para qué? Durante años y años 25

apenas cruzaban alguna palabra. Pugnaba entre el resentimiento y la lástima. Su resentimiento lo impulsaba a no mirarlo, a ignorar su entrada en la pieza, a lo que era todavía peor, a hacerle comprender que quería ignorarla. Pero volvió su cabeza. Sí, la volvió, y lo vio tal como lo había imaginado: con las dos manos sobre la baranda, descansando del esfuerzo, su mechón de pelo canoso caído sobre la frente, sus ojos afiebrados y un poco salidos, sonriendo débilmente con aquella expresión de culpa que tanto le fastidiaba a Martín, diciéndole “hace veinte años yo tenía el taller aquí” echando luego una mirada circular sobre el altillo y quizá sintiendo la misma sensación que un viajero, envejecido y desilusionado, siente al volver al pueblo de su juventud, después de haber recorrido países y personas que en aquel tiempo habían despertado a su imaginación y sus anhelos. Y acercándose a la cama se sentó en el borde, como si no se sintiese autorizado a ocupar demasiado espacio o a estar excesivamente cómodo. Para luego permanecer un buen tiempo en silencio, respirando trabajosamente, pero inmóvil como una desanimada estatua. Con voz apagada, dijo:

—Hubo un tiempo en que éramos amigos.

Sus ojos, pensativos, se iluminaron, mirando a lo lejos.

—Recuerdo una vez, en el Parque Retiro... Vos tendrías... a ver... cuatro, tal vez cinco años... eso es... cinco años... querías andar solo en los autitos eléctricos, pero yo no te dejé, tenía miedo de que te asustaras con los choques.

Rió suavemente, con nostalgia.

—Después, cuando volvíamos a casa, subiste a una calesita que estaba en un baldío de la calle Garay. No sé por qué siempre te recuerdo de espaldas, en el momento en que, a cada vuelta, acababas de pasar frente a mí. El viento agitaba tu camisita, una camisita a rayas azules. Era ya tarde, apenas había luz.

Se quedó pensativo y después confirmó, como si fuera un hecho importante:

—Una camisita a rayas azules, sí. La recuerdo muy bien.

Martín permanecía callado.

—En aquel tiempo pensaba que con los años llegaríamos a ser compañeros, que llegaríamos a tener... una especie de amistad...

Volvió a sonreír con aquella pequeña sonrisa culpable, como si aquella esperanza hubiera sido ridícula, una esperanza sobre algo que él no tenía ningún derecho. Como si hubiese cometido un pequeño robo, aprovechando la indefensidad de Martín.

Su hijo lo miró: los codos sobre las rodillas, encorvado, con su mirada puesta en un punto lejano.

—Sí... ahora todo es distinto...

Tomó entre sus manos un lápiz que estaba sobre la cama y lo examinó con expresión meditativa.

—No creas que no te comprendo... ¿Cómo podríamos ser amigos? Debes perdonarme, Martincito...

—Yo no tengo nada que perdonarte.

26

Pero el tono duro de sus palabras contradecía su afirmación.

—¿Ves? Me odias. Y no creas que no te entiendo.

Martín hubiera querido agregar: “no es cierto, no te odio”, pero lo monstruosamente cierto era que lo odiaba. Ese odio lo hacía sentirse más desdichado y aumentaba su soledad. Cuando veía a su madre pintarrajearse y salir a la calle canturreando algún bolero, el aborrecimiento hacia ella se extendía hasta su padre y se detenía al fin en él, como si fuera el verdadero destinatario.

—Por supuesto, Martín, comprendo que no puedas estar orgulloso de un pintor fracasado.

Los ojos de Martín se llenaron de lágrimas.

Pero quedaban suspendidas en su gran rencor, como gotas de aceite en vinagre, sin mezclarse. Gritó:

—¡No digas eso, papá!

Su padre lo miró conmovido, extrañado de su reacción.

Casi sin saber lo que decía, Martín gritó con encono:

—¡Éste es un país asqueroso! ¡Aquí los únicos que triunfan son los sinvergüenzas!

Su padre lo miró callado, con fijeza. Después, negando con la cabeza, comentó:

—No, Martín, no creas.

Contempló el lápiz que tenía entre sus manos y después de un instante, terminó:

—Hay que ser justos. Yo soy un pobre diablo y un fracasado en toda regla y con toda justicia: no tengo ni talento, ni fuerza. Ésa es la verdad.

Martín empezó a retraerse de nuevo hacia su isla. Estaba avergonzado del patetismo de aquella escena y la resignación de su padre empezaba a endurecerlo nuevamente.

El silencio se volvió tan intenso y molesto que su padre se incorporó para irse. Probablemente había comprendido que la decisión era irrevocable y, además, que aquel abismo entre ellos era demasiado grande y definitivamente insalvable. Se acercó hasta Martín y con su mano derecha le apretó un brazo: habría querido abrazarlo, pero, ¿cómo podía hacerlo?

—Y bien... —murmuró.

¿Habría dicho algo cariñoso Martín de saber que aquéllas eran realmente las últimas palabras que oiría de su padre?

¿Sería uno tan duro con los seres humanos —decía Bruno— si se supiese de verdad que algún día se han de morir y que nada de lo que se les dijo se podrá ya rectificar?

Vio cómo su padre se daba vuelta y se alejaba hacia la escalera. Y también vio cómo, antes de desaparecer, volvió su cara, con una mirada que años después de su muerte, Martín recordaría desesperadamente.

Y cuando oyó su tos, mientras bajaba las escaleras, Martín se tiró sobre la 27

cama y lloró.



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Quedó mirando el techo y luego sus ojos recorrieron las paredes hasta detenerse en la ilustración de Billiken que tenía pegada con chinches desde su infancia: Belgrano haciendo jurar la bandera azul y blanca a sus soldados, en el cruce del río Salado.

La bandera inmaculada pensó.

Y también volvieron a su mente palabras clave de su existencia: frío, limpieza, nieve, soledad, Patagonia.

Pensó en barcos, en trenes, pero ¿de dónde sacaría el dinero? Entonces recordó aquel gran camión que paraba en el garaje cercano a la estación Sola y que, mágicamente, lo había detenido un día con su inscripción: TRANSPORTE

PATAGÓNICO. ¿Y si necesitaran un peón, un ayudante, cualquier cosa?

—Claro que sí, pibe —dijo Bucich con el cigarro apagado en su boca.

—Tengo ochenta y tres pesos —dijo Martín.

—Déjate de macana —dijo Bucich, quitándose el overall sucio de grasa.

Parecía un gigante de circo, pero algo encorvado, con pelo canoso. Un gigante con expresión candorosa de niño. Martín miraba el camión: al costado, en grandes caracteres, decía TRANSPORTE PATAGÓNICO; y detrás, con letras doradas, se leía: SI LO VIERAS, VIEJA.

—Vamo —dijo Bucich siempre con su colilla apagada.

Sobre el pavimento mojado y resbaladizo brillaba por un momento un rojo lechoso y delicuescente. En seguida venía el relámpago violáceo, para ser nuevamente reemplazado por el rojo lechoso: CINZANO-AMERICANO

GANCIA.

CINZANO-AMERICANO GANCIA.

23

—Se vino el frío —comentó Bucich.

¿Lloviznaba? Era más bien una neblina de finísimas gotitas impalpables y flotantes. El camionero caminaba a grandes trancos a su lado. Era candoroso y fuerte: acaso el símbolo de lo que Martín buscaba en aquel éxodo hacia el sur.

Se sintió protegido y se abandonó a sus pensamientos. Aquí es, dijo Bucich.

CHICHÍN pizza faina despacho de bebidas. Salú, dijo Bucich. Salú, dijo Chichín, poniendo la botella de ginebra LLAVE. Do copita; este pibe e un amigo. Mucho gusto, el gusto e mío, dijo Chichín, que tenía gorra y tiradores colorados sobre camisa tornasol. ¿La vieja?, preguntó Bucich. Regular, dijo Chichín. ¿L'hicieron l'análisis? Sí. ¿Y? Chichín se encogió de hombros. Vo sabe cómo son esa cosa. Irse lejos, el sur frío y nítido pensaba Martín mirando el retrato de Gardel en frac, sonriendo con la sonrisa medio de costado de muchacho pierna pero capaz de gauchadas, y la escarapela azul y blanca sobre la Masseratti de Fangio, muchachas desnudas rodeadas por Leguisamo y Américo Tesorieri, de gorra, apoyado contra el arco, al amigo Chichín con aprecio y muchas fotos de Boca con la palabra ¡CAMPEONES! y también el Torito de Mataderos con malla de entrenamiento en su clásica guardia. Salto a la cuerda, todo menos raspajes, como los boxeadores, hasta me golpeaba el vientre, por eso saliste medio tarado seguro, riéndose con rencor y desprecio, hice todo, no me iba a deformar el cuerpo por vos le dijo, y él tendría once años. ¿Y Tito?

preguntó Bucich. Ahora viene, dijo Chichín, y decidió irse a vivir al altillo. ¿Y

el domingo? preguntó Bucich. Ma qué sé yo, respondió Chichín con rabia, te juro que yo no me hago ma mala sangre mientras ella seguía oyendo boleros, depilándose, comiendo caramelos, dejando papeles pegajosos por todas partes, mala sangre por nada, decía Chichín, lo que se dice propio nada de nada un mundo sucio y pegajoso mientras repasaba con rabia callada un vaso cualquiera y repetía, haceme el favor huir hacia un mundo limpio, frío, cristalino hasta que dejando el vaso y encarándose con Bucich exclamó: perder con semejante bagayo, mientras el camionero parpadeaba, considerando el problema con la debida atención y comentando la pucha, verdaderamente mientras Martín seguía oyendo aquellos boleros, sintiendo aquella atmósfera pesada de baño y cremas desodorantes, aire caliente y turbio, baño caliente, cuerpo caliente, cama caliente, madre caliente, madre-cama, canastacama, piernas lechosas hacia arriba como en un horrendo circo casi en la misma forma en que él había salido de la cloaca y hacia la cloaca o casi mientras entraba el hombre flaquito y nervioso que decía, Salú y Chichín decía; Humberto J. D'Arcángelo se lo saluda, salú Puchito, el muchacho e un amigo, mucho gusto el gusto e mío dijo escrutándolo con esos ojitos de pájaro, con aquella expresión de ansiedad que siempre Martín le vería a Tito, como si se le hubiese perdido algo muy valioso y lo buscara por todas partes, observando todo con rapidez e inquietud.

—La gran puta con lo diablo rojo.

—Decí vo, decí. Contale a éste.

—Te soy franco: vo, con el camión, te salva de cada una.

24

—Pero yo —repetía Chichín— no me hago ma mala sangre. Lo que se dice nada de nada. Te lo juro por la memoria de mi madre. Con eso lisiado. Haceme el favor. Ma contale a éste, contale.

Humberto J. D'Arcángelo, conocido vulgarmente por Tito, dictaminó:

—Propio la basura.

Y entonces se sentó a una mesa cerca de la ventana, sacó Crítica, que siempre llevaba doblada en la página de deportes, la colocó con indignación sobre la mesita y escarbándose los dientes picados con el escarbadientes que siempre llevaba en la boca, dirigió una mirada sombría hacia la calle Pinzón. Chiquito y estrecho de hombros, con el traje raído, parecía meditar en la suerte general del mundo.

Después de un rato, volvió su mirada hacia el mostrador y dijo:

—Este domingo ha sido trágico. Perdimo como cretino, ganó San Lorenzo, ganaron lo millonario y hasta Tigre ganó ¿me queré decir a dónde vamo a parar?

Mantuvo la mirada en sus amigos como poniéndolos de testigos, luego volvió nuevamente su mirada hacia la calle y escarbándose los dientes, dijo:

—Este paí ya no tiene arreglo.

VII

No puede ser, pensó, con la mano detenida sobre la bolsa marinera, no puede ser. Pero sí la tos, la tos y esos crujidos.

Y años después, también pensó, recordando aquel momento: como habitantes solitarios de dos islas cercanas separadas por insondables abismos.

Años después, cuando su padre estaba pudriéndose en la tumba, comprendiendo que aquel pobre diablo había sufrido por lo menos tanto como él y que, acaso, desde aquella cercana pero inalcanzable isla en que habitaba (en que sobrevivía) le habría hecho alguna vez un gesto silencioso pero patético requiriendo su ayuda, o por lo menos su comprensión y su cariño. Pero eso lo entendió después de sus duras experiencias, cuando ya era tarde, como casi siempre sucede. Así que ahora, en ese presente prematuro (como si el tiempo se divirtiese en presentarse antes de lo debido, para que la gente haga representaciones tan grotescas y primarias como las que hacen ciertos cuadros de aficionados a los que les falta experiencia: Otelos que todavía no han amado), en ese presente que debería ser futuro, entraba falsamente su padre, subía aquellas escaleras que durante tantos años no había transitado. Y de espaldas a la puerta, Martín sintió que se asomaba como un intruso: oía su jadeo de tuberculoso, su vacilante espera. Y con deliberada crueldad, hizo como que no lo advirtiese. Claro, ha leído mi mensaje, quiere retenerme. ¿Retenerlo para qué? Durante años y años 25

apenas cruzaban alguna palabra. Pugnaba entre el resentimiento y la lástima. Su resentimiento lo impulsaba a no mirarlo, a ignorar su entrada en la pieza, a lo que era todavía peor, a hacerle comprender que quería ignorarla. Pero volvió su cabeza. Sí, la volvió, y lo vio tal como lo había imaginado: con las dos manos sobre la baranda, descansando del esfuerzo, su mechón de pelo canoso caído sobre la frente, sus ojos afiebrados y un poco salidos, sonriendo débilmente con aquella expresión de culpa que tanto le fastidiaba a Martín, diciéndole “hace veinte años yo tenía el taller aquí” echando luego una mirada circular sobre el altillo y quizá sintiendo la misma sensación que un viajero, envejecido y desilusionado, siente al volver al pueblo de su juventud, después de haber recorrido países y personas que en aquel tiempo habían despertado a su imaginación y sus anhelos. Y acercándose a la cama se sentó en el borde, como si no se sintiese autorizado a ocupar demasiado espacio o a estar excesivamente cómodo. Para luego permanecer un buen tiempo en silencio, respirando trabajosamente, pero inmóvil como una desanimada estatua. Con voz apagada, dijo:

—Hubo un tiempo en que éramos amigos.

Sus ojos, pensativos, se iluminaron, mirando a lo lejos.

—Recuerdo una vez, en el Parque Retiro... Vos tendrías... a ver... cuatro, tal vez cinco años... eso es... cinco años... querías andar solo en los autitos eléctricos, pero yo no te dejé, tenía miedo de que te asustaras con los choques.

Rió suavemente, con nostalgia.

—Después, cuando volvíamos a casa, subiste a una calesita que estaba en un baldío de la calle Garay. No sé por qué siempre te recuerdo de espaldas, en el momento en que, a cada vuelta, acababas de pasar frente a mí. El viento agitaba tu camisita, una camisita a rayas azules. Era ya tarde, apenas había luz.

Se quedó pensativo y después confirmó, como si fuera un hecho importante:

—Una camisita a rayas azules, sí. La recuerdo muy bien.

Martín permanecía callado.

—En aquel tiempo pensaba que con los años llegaríamos a ser compañeros, que llegaríamos a tener... una especie de amistad...

Volvió a sonreír con aquella pequeña sonrisa culpable, como si aquella esperanza hubiera sido ridícula, una esperanza sobre algo que él no tenía ningún derecho. Como si hubiese cometido un pequeño robo, aprovechando la indefensidad de Martín.

Su hijo lo miró: los codos sobre las rodillas, encorvado, con su mirada puesta en un punto lejano.

—Sí... ahora todo es distinto...

Tomó entre sus manos un lápiz que estaba sobre la cama y lo examinó con expresión meditativa.

—No creas que no te comprendo... ¿Cómo podríamos ser amigos? Debes perdonarme, Martincito...

—Yo no tengo nada que perdonarte.

26

Pero el tono duro de sus palabras contradecía su afirmación.

—¿Ves? Me odias. Y no creas que no te entiendo.

Martín hubiera querido agregar: “no es cierto, no te odio”, pero lo monstruosamente cierto era que lo odiaba. Ese odio lo hacía sentirse más desdichado y aumentaba su soledad. Cuando veía a su madre pintarrajearse y salir a la calle canturreando algún bolero, el aborrecimiento hacia ella se extendía hasta su padre y se detenía al fin en él, como si fuera el verdadero destinatario.

—Por supuesto, Martín, comprendo que no puedas estar orgulloso de un pintor fracasado.

Los ojos de Martín se llenaron de lágrimas.

Pero quedaban suspendidas en su gran rencor, como gotas de aceite en vinagre, sin mezclarse. Gritó:

—¡No digas eso, papá!

Su padre lo miró conmovido, extrañado de su reacción.

Casi sin saber lo que decía, Martín gritó con encono:

—¡Éste es un país asqueroso! ¡Aquí los únicos que triunfan son los sinvergüenzas!

Su padre lo miró callado, con fijeza. Después, negando con la cabeza, comentó:

—No, Martín, no creas.

Contempló el lápiz que tenía entre sus manos y después de un instante, terminó:

—Hay que ser justos. Yo soy un pobre diablo y un fracasado en toda regla y con toda justicia: no tengo ni talento, ni fuerza. Ésa es la verdad.

Martín empezó a retraerse de nuevo hacia su isla. Estaba avergonzado del patetismo de aquella escena y la resignación de su padre empezaba a endurecerlo nuevamente.

El silencio se volvió tan intenso y molesto que su padre se incorporó para irse. Probablemente había comprendido que la decisión era irrevocable y, además, que aquel abismo entre ellos era demasiado grande y definitivamente insalvable. Se acercó hasta Martín y con su mano derecha le apretó un brazo: habría querido abrazarlo, pero, ¿cómo podía hacerlo?

—Y bien... —murmuró.

¿Habría dicho algo cariñoso Martín de saber que aquéllas eran realmente las últimas palabras que oiría de su padre?

¿Sería uno tan duro con los seres humanos —decía Bruno— si se supiese de verdad que algún día se han de morir y que nada de lo que se les dijo se podrá ya rectificar?

Vio cómo su padre se daba vuelta y se alejaba hacia la escalera. Y también vio cómo, antes de desaparecer, volvió su cara, con una mirada que años después de su muerte, Martín recordaría desesperadamente.

Y cuando oyó su tos, mientras bajaba las escaleras, Martín se tiró sobre la 27

cama y lloró.


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