Silvia le enseñó a Moncho, el viejo pescador, la llave del ancla.
Moncho no contestó a su pregunta. Se levantó y empezó a caminar. Silvia lo siguió. Caminaron por la playa hasta un cobertizo viejo de madera, al final del puerto. La puerta tenía un candado oxidado.
—Prueba —dijo Moncho.
Silvia metió la llave del ancla en el candado. Entró perfectamente. Giró. El candado se abrió.
Dentro, el cobertizo estaba oscuro y olía a mar. En el centro había un barco pequeño de madera, pintado de azul. Era viejo, pero estaba muy bien cuidado. En un lado tenía un nombre pintado en letras blancas: Rosario.
Moncho tocó el barco con la mano, muy despacio.
Debajo de un asiento, Silvia vio algo que brillaba. Era una caja de metal.