Silvia supo por fin por qué su abuela y su tía Rosario no se hablaban. Solo le quedaban dos llaves, la del corazón y la que no tenía dibujo. Silvia se sentó en el salón de la casa a pensar. ¿Por qué la eligió Rosario a ella?
Solo la vio una vez cuando tenía seis años. Silvia intentó recordar aquel día. Recordaba la playa y una mujer mayor que le hacía muchas preguntas. Miró a su alrededor.
En la pared había un cuadro grande del mar con un barco azul. Silvia lo había visto muchas veces, pero ahora notó algo raro. El cuadro estaba un poco torcido. Todo en esa casa estaba perfecto, menos aquel cuadro.
Silvia se levantó y lo apartó de la pared. Detrás había una pequeña puerta de metal.