Silvia tenía treinta y cuatro años y trabajaba en una oficina de Madrid. Su vida era tranquila. Demasiado tranquila.
Un martes por la tarde sonó su móvil. Era un número de Galicia.
—¿Silvia Martín? Soy Julio Castro, notario de Porto Escuro. Llamo por su tía abuela, Rosario Ferreiro.
Silvia tardó un momento en recordar. La tía Rosario. Solo la había visto una vez, cuando tenía seis años. En su familia nadie hablaba de ella.
—Siento comunicarle que su tía falleció hace dos semanas —dijo el notario—. Y le ha dejado su casa. A usted. Solo a usted.
Silvia no supo qué decir.
—Hay algo más —continuó el notario—. Su tía también le ha dejado una caja.