Una noche fría, húmeda y ventosa esperaban una visita poco habitual. El invitado se retrasaba y empezaba a percibirse cierta inquietud en el ambiente familiar. De repente, oyeron el golpe de la verja del jardín y unos pasos débiles que se acercaban. En aquel instante comenzaba, para los tres habitantes de la casa, una velada larga y misteriosa que alteraría la paz de la familia.
El señor White se levantó y fue a abrir la puerta. Madre e hijo oyeron que murmuraba algo al recién llegado. La señora White tosió suavemente y, poco después, su marido regresó a la sala acompañado de un hombre alto y corpulento, de ojos penetrantes y rostro enrojecido.
—El sargento Morris —dijo el señor White.
El sargento estrechó la mano de la madre y del hijo, aceptó el asiento que le ofrecían junto al fuego y observó con satisfacción cómo el dueño de la casa sacaba una botella de whisky y unos vasos.
Después del tercer vaso, con los ojos más brillantes, el sargento empezó a hablar. El pequeño círculo familiar observaba con interés a aquel visitante de tierras lejanas que hablaba de actos heroicos, de guerras, epidemias y pueblos extraños.
—A mí también me gustaría ir a la India —dijo el señor White—. Me gustaría ver aquellos viejos templos, los faquires y los malabaristas. Por cierto, Morris, ¿qué era aquello que quería explicarme el otro día sobre una pata de mono o algo así?