Doña Rosa reunió a todos los vecinos confundidos frente a la tienda: Ramón, Carmen, Julián, doña Elvira y el alcalde. Les explicó que el espejo, después de tantos años guardado sin uso, parecía haberse quedado dormido y necesitaba ver a varias personas juntas para despertarse del todo. Todos se colocaron delante del espejo al mismo tiempo, nerviosos pero curiosos. Esta vez, por fin, cada uno vio su propia cara reflejada con total claridad.
El pueblo entero soltó un suspiro de alivio y desde aquel día nadie volvió a dudar de que un espejo, si pasa demasiado tiempo sin usarse, también necesita un poco de tiempo para acostumbrarse otra vez a la gente.