La familia decidió quedarse una temporada en Robledal, reconstruyendo poco a poco algunas partes del pueblo abandonado, empezando por la pequeña iglesia donde Nico había encontrado la campana. Limpiaron la fuente de piedra, recuperaron el nombre tallado en la puerta de la antigua casa familiar y colgaron de nuevo la campana en su sitio, haciéndola sonar por primera vez en muchísimos años. Desde aquel día, la casa se quedó completamente quieta, como si después de tantas noches caminando en silencio, hubiera encontrado por fin un lugar del que ya no necesitaba marcharse nunca más.