Poco a poco, Mateo dejó de salir al recreo con los demás niños. Prefería quedarse en la biblioteca del colegio fingiendo que leía. Mientras en realidad, arrancaba trocitos pequeños de las páginas cuando nadie lo miraba. Los libros de la biblioteca empezaron a desaparecer uno tras otro.
El bibliotecario, un hombre mayor llamado Rafael, comenzó a notar que faltaban ejemplares importantes de las estanterías.