En casa, Lucía observaba a su hermano con preocupación. Ya no jugaban juntos como antes. Mateo pasaba las tardes encerrado en su habitación, comiendo páginas de libros a escondidas. Una tarde, Lucía entró sin llamar y lo encontró con la boca llena de papel.
Le preguntó muy seria si aquello no le hacía daño. Pero Mateo se enfadó y le dijo que no se metiera en sus asuntos.