Capítulo 1. El dictador de Santa Fe
Filomeno Cuevas, un ranchero de Tierra Firme ha decidido armar a
sus peones y avanzan esa noche hacia la capital. En el camino, habla
con algunos de sus hombres, para explicarles su misión.
—Manuel Romero.
—¡Presente!
—No quiero verte borracho. La primera campanada de las doce es
la señal. Eres responsable de muchas vidas, y no te digo más.
—De acuerdo.
—Benito San Juan.
—¡Presente!
—¿Chino Viejo te ha contado tu tarea?
—Chino Viejo me dijo que he de entrar con algunos caballos en el
mercado y tirar todos los puestos. Soltar algunos disparos y asustar
a la gente. El encargo no tiene muchas dificultades.
—¡A las doce! Con la primera campanada.
—Me voy a poner bajo el reloj de Catedral.
—Hay que disimular y hasta final tenemos que parecer pacíficos
compradores.
—Eso seremos.
—Atilio Palmieri.
—¡Presente!
Atilio Palmieri era primo de Filomeno por parte de madre:
—Atilio, tengo para ti una misión muy importante.
—Te doy las gracias, pariente.
—Estudia el mejor modo de prender fuego a un convento de
monjas, así todas salen a la calle. Esa es tu misión. Dile a la gente que
no beba esta noche. Hay que luchar con la cabeza despejada. ¡Atilio,
buena suerte!
—De acuerdo, Filomeno, vamos a triunfar.
—Así lo espero: Zacarías San José.
—¡Presente!
—Para ti ninguna misión especial, haz lo que crees mejor.
—Con algunos hombres voy a soltar a los animales del mercado
y a quemar las tiendas de los gachupines. Pero lo que quiero es la
sangre de Tirano Banderas. En esta bolsa llevo los restos de mi hijo,
los cerdos se lo comieron en el pantano por culpa del dictador. Me
ha dado suerte para escapar de los guardias y ahora me ayudan en mi
venganza.
—La vas a tener. En la guerra el valor es mejor que los amuletos
y tú eres valiente.
Mientras avanzan, se acerca a Filomeno el Coronelito de la Gándara,
desertor del ejército nacional, y se burla de sus planes militares.
—Filomeno, ¿qué quieres hacer? ¿Pretendes que tus hombres
mueran? Mejor poner al mando un militar de verdad, como yo.
—Domiciano, tú te crees Napoleón. Si me convences con un plan
de guerra mejor que el mío te cedo mis tropas .
—Los doscientos fusiles que tenemos los quiero convertir en un
ejército. Para eso nos subimos a la sierra y reclutamos campesinos.
Todos odian a Banderas.
—No es un buen plan. Yo voy a atacar esta noche Santa Fe,
la capital. En el río hay un barco de carga. Subo a mi gente, y la
desembarco en la playa. Sorprendo a la guardia del castillo, libero
a los presos de la cárcel, las tropas de la ciudad se rinden. Ése es mi
plan, Domiciano.
—¿Qué retirada has pensado? Olvidas que el buen militar nunca
ataca sin prudencia y siempre sabe por dónde huir cuando fracasa.
—El valor y la suerte ganan las guerras, y no las tácticas de
cobardes.
—Eres un irresponsable que llevas a tus soldados a una matanza.
La guerra es una técnica científica y tú confías en la suerte.
—No soy un científico, y solo me guio por el corazón. ¡Voy a Santa
Fe por la cabeza del Generalito Banderas!
—Más seguro es que vas a perder la tuya.
—Allí lo veremos.
Filomeno manda a sus hombres subir al barco y este empieza a
navegar a vela silencioso. El timonel canta en voz baja. Los soldados
juegan a las cartas. La capital los espera para triunfar o morir.
Ahora volvemos atrás unos días. Estamos en Santa Fe, es la Fiesta de los
Muertos, son días de mercado y en la ciudad hay mucho movimiento
de gente. En una colina se ve un antiguo convento. Sobre sus muros no hay frailes sino centinelas, porque aquí tiene su cuartel Don Santos
Banderas, el tirano de Santa Fe de Tierra Firme. El Generalito acaba
de llegar con algunos batallones de indios, ha luchado contra unos
sublevados contra su tiranía y ha fusilado a muchos. Ahora está
mirando el patio desde su ventana. Allí unos soldados con fusiles están
dando latigazos a un prisionero. Le han enterrado hasta la cintura y le
han atado las manos. Los golpes son terribles y su espalda está llena de
sangre, pero el vencido no grita.
Santos se aparta de la ventana porque han venido a verlo un grupo
de españoles ricos. Son los hijos de los antiguos dueños de estas tierras.
Después de la independencia, siguen con sus negocios y necesitan la
paz. Quieren darle las gracias por haber vencido a los revolucionarios,
que son también un peligro para ellos.
Tirano Banderas está contento por verlos allí. Él es medio indio,
pero se considera igual que los gachupines. Les cuenta que en la
batalla estuvo tres días sin dormir ni comer. Al final se van, pero le
pide a su jefe, don Celestino Galindo, calvo y gordo, que se quede.
Una criada les ha servido limonada y chocolate, el refresco preferido
del general, y se marcha. Entonces Banderas le dice al español:
—En toda revolución hay siempre dos momentos importantes: el
de las guerras y ejecuciones, y el segundo momento, cuando hacen
falta balas de plata. Amigo Don Celes, con esas balas se ganan las
mejores batallas. ¿Está de acuerdo?
—¡Es usted un gran soldado, y un político muy sabio!
—Necesito dos cosas. Una, un préstamo de dinero. Confió que sus
amigos españoles pueden dármelo.
—Hemos sufrido mucho en estos tiempos. Ya sabe que hacemos lo que podemos para apoyar el gobierno legítimo de la República,
que usted dirige, pero dinero tenemos poco...
El Generalito dobló la boca, concentrado en un pensamiento:
—¿No comprenden que sus negocios y sus campos peligran con
la Revolución?
Don Celes contestó:
—Esas ideas de que los indios van a ser libres y dueños de tierras
son absurdas.
—Por eso hay que evitar su triunfo. Y solo lo conseguimos con dinero.
Tienen que discutirlo entre ustedes y buscar una solución. Al enemigo
hay que dispararle con balas de plata, ya se lo he dicho. La segunda cosa
que necesito es sobre el embajador gachupín. Algunos países extranjeros
han creído las mentiras de los rebeldes. Dicen que hemos hecho matanzas
de nuestros enemigos y que los diplomáticos preparan una nota de
protesta. Es fundamental que el embajador de España no esté a favor.
—El embajador es un hombre extraño. Todos saben que le han
mandado aquí como castigo por algo que hizo.
—¿Cree que puede actuar de forma mala para nosotros?
—Podemos hablar con él.
Don Santos rompió con una sonrisa su máscara de indio:
—Así me gusta. Hay que hacer las cosas rápido. Los españoles
de aquí no pueden aceptar esas extrañas ideas de la Diplomacia.
En América, las tres razas, la blanca, la india y la negra, deben estar
separadas y cada una en su sitio.
En la embajada española está el Barón de Benicarlés, representante de
su Majestad Católica la reina de España. Es un hombre alto y un poco gordo, pero muy elegante. Se ve que le importa su aspecto y va vestido
con un quimono. Está soltero y no se conocen amistades femeninas
suyas. Ahora le está quitando las pulgas a su perrito.
En ese momento, entra don Celestino.
—Señor embajador, si interrumpo, me voy.
El animal se pone a ladrar y su dueño le tira de una oreja:
—¡Calla, Merlín! Adelante, ilustre Don Celes. Viene usted tan
poco a verme que no me acuerdo de la última vez. Supongo que me
trae algún mensaje de mis compatriotas españoles.
—Ustedes los diplomáticos son gente muy lista y lo adivinan todo.
Estamos preocupados por la situación. No nos gustan los métodos
salvajes del general Banderas, pero es la garantía del orden. ¡El triunfo
revolucionario trae el caos!
—No se preocupe, las revoluciones, cuando triunfan, se hacen
muy prudentes.
—Pero es muy malo para los negocios.
El embajador le dice:
—No más que ahora, con la guerra civil.
—¡La guerra civil! Los que llevamos muchos años en el país la
vemos como algo normal Las ideas revolucionarias son más graves,
porque van contra el principio sagrado de la propiedad. Las tierras
siempre han sido nuestras y los indios no pueden ser sus dueños. Le
pedimos no apoyar a los otros embajadores contra Banderas.
—Ilustre Don Celestino, usted es un español importante aquí pero
no es el embajador de España. Si quiere serlo, pida que me manden
a Europa. Es mejor que usted y nuestros españoles sigan siendo
neutrales y no molesten al Cuerpo Diplomático. Ahora necesito vestirme para ir a hablar con el embajador inglés. Buenas tardes.
El Jardín del convento de Banderas tiene vistas al mar. Allí estaba el
juego de la rana, pintado de verde. El Tirano se divierte allí todas
las tardes con sus ayudantes. Con mucha atención, lanza las fichas,
y cuando falla, pone gesto de enfado. No le distraen los tiros de fusil
que oye a lo lejos, en la playa. Ejecutan las sentencias de muerte al
ponerse el sol, y cada tarde fusilan a varios grupos de revolucionarios.
Doña Lupita, una vieja india, dueña de un famoso bar, sirve
limonada y aguardiente. Banderas le pregunta:
—¿Qué tal va el negocio, doña Lupita?
—Regular, mi general. Tengo vasos distintos para ofrecerles, porque
un coronel borracho me los rompió todos y no me quiere pagar.
—Pues hable con la policía. En este país hay justicia para todos —
le contesta el dictador
—Temo las consecuencias —dice la vieja india.
—Señor Licenciado. Ordeno que se encargue de averiguar el
nombre del responsable.
—Gracias mi general, le beso las manos —dice la india.
Banderas llama al jefe de policía.
—¿A qué hora es el acto de las Juventudes Democráticas?
—A las diez, en el Circo Harris.
—¿Se han seguido mis instrucciones? Nada de obstáculos. La
propaganda de ideas políticas, dentro de las leyes, es un derecho
ciudadano y merece todos los respetos del Gobierno.
El Tirano torcía la boca con gesto malvado. Se veía que no creía en
lo que decía. El Jefe de Policía le pregunta:
—Mi General, en caso de gritos contra el gobierno, ¿hacemos lo
de siempre?
—Claro que sí. Cumplan con la ley, sin piedad.
El Jefe de Policía pregunta:
—¿El Señor Presidente tiene otra cosa que mandarme?
—¿Ha averiguado cosas de las costumbres del Cuerpo Diplomático?
—Hemos hecho algún descubrimiento sensacional.
—Esta noche quiero un informe.
El Jefe de Policía se despide:
—¡A la orden, mi General!
Con su cara de momia india el dictador le para y le dice:
—Mi política es el respeto a la ley. Los gendarmes deben garantizar
el orden en el Circo Harris.
Tirano Banderas camina pensativo. Sus ayudantes, callados como en
un entierro, van detrás de él. Se detiene a la sombra del convento,
bajo el centinela que en el campanario sin campanas clava la luna
con la bayoneta. El dictador se queda un rato mirando el cielo de
estrellas. Le gustan la noche y las constelaciones. Sabe reconocerlas
por sus nombres. Luego cruza la puerta del convento bajo el grito
nocturno del guardián en la torre, y el retén, abriendo filas, presenta
armas como saludo. Tirano Banderas, desconfiado, mira al pasar el
rostro oscuro de los soldados.