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El Zorro (Graded Reader), Capítulo I. Diego Vega en España – Text to read

El Zorro (Graded Reader), Capítulo I. Diego Vega en España

Beginner 2 Spanish lesson to practice reading

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Capítulo I. Diego Vega en España

La primera vez que vi a Diego Vega, fue cuando llegó a la Universidad de Humanidades de Barcelona, donde yo también estudiaba. Los dos éramos adolescentes, de familias importantes, él provenía de un lejano territorio llamado California que dependía del Rey de España y tenía un Gobernador español y yo de Toledo en España.

Diego, el hijo de Don Alejandro Vega, que era el más rico de los colonos españoles de Alta California, había ido a España para seguir sus estudios literarios y el arte de la esgrima, como era deseo de su padre.

En cuanto a mí, me llamo Manuel y soy el hijo de Don Rodrigo Escalante, un importante armero de Toledo.

Diego parecía un muchacho robusto e inteligente, pero perdía los estribos fácilmente si le molestaban. Durante una de sus rabietas me convertí en su amigo. Tuve simplemente la desgracia (o la suerte) de cruzar sin mirar el patio de las caballerizas de la Universidad mientras él entraba montando a caballo. El animal se asustó mucho y se encabritó, pero como Diego era un buen jinete no lo tiró al suelo.

–¡Pero qué hace, Señor! –exclamó enojado Diego –¿me quiere matar?

–Lo siento mucho, pero un buen caballero no debe temer romperse el cuello cuando su caballo se descontrola –le respondí.

De un salto, Diego bajó de su caballo diciendo: –¿Es una provocación?, ¿quiere usted desafiarme a duelo?

–No, no es una provocación, pero si realmente usted quiere hacerse daño, estoy a su disposición –le contesté.

–¡Pero qué hacéis, Señores! –gritó una voz profunda detrás de nosotros.

–Si todos nuestros estudiantes se desafían a duelo y se matan antes de aprender el arte de las armas, ¿en qué nos convertiremos? –continuó.

Viendo nuestro asombro se presentó:

–Soy vuestro profesor de esgrima, y si queréis luchar entre vosotros deberéis antes pasar unos cuantos años en esta Universidad para que vuestros brazos se fortalezcan y vuestra táctica sea perfecta.

Aprenderéis a manejar la espada tan refinadamente que seréis capaces de cortar un cabello de vuestro oponente sin tocarlo. Mientras tanto me haréis el favor de no pelear fuera del horario escolar –dijo aquel hombre impresionante usando un tono medio en serio y medio divertido.

–Y ahora... ¡corred a clase! –ordenó el profesor.

Diego me miró, nuestras miradas se intercambiaron y de pronto, juntos, soltamos una gran carcajada.

–¡Ah! Veo que vuestro enojo se ha desvanecido rápidamente... –observó deteniéndose el profesor.

–Eso está bien: un verdadero caballero debe saber contener su ira y arriesgar su vida sólo por causas importantes –concluyó encaminándose hacia la Universidad.

–Me llamo Diego Vega, para servirle a usted –se presentó Diego, volviéndose hacia mí, mientras se inclinaba con una reverencia.

–Mi nombre es Manuel Escalante…. ¡mucho gusto! –le contesté con una sonrisa.

–El profesor tiene razón –agregué.

–¡Estoy completamente de acuerdo! Y pido disculpas por haber sido tan impetuoso –señaló Diego.

–Soy yo quien le pide disculpas –rebatí.

–¡No iremos a pelearnos ahora para saber quién debe pedir disculpas! – exclamó Diego riendo.

Me eché a reír yo también y pensé: me agrada este muchacho. Pronto se convertiría en algo más que un amigo: ¡un cómplice!

A partir de ese momento, los profesores tuvieron a los dos mejores estudiantes de la Universidad, pero también a los dos más rebeldes, para regocijo de nuestro maestro de armas cuya inmensa estatura nos impresionó tanto el día que lo conocimos. Aquel hombre estaba en lo cierto. Hicimos grandes progresos con la espada y también con la pistola. A los pocos meses la pólvora negra y el plomo dejaron de tener secretos para nosotros. Los otros maestros tenían más dificultad en calmar y canalizar nuestra energía y se lamentaban de que nuestra disciplina para las armas no fuera la misma que la que demostrábamos para las clases de historia, español, latín o música.

Sin embargo, a pesar de nuestro temperamento rebelde, aprendimos mucho más que los otros estudiantes y no nos suspendieron enviándonos prematuramente a nuestra casa. Pero ahora me doy cuenta que fue gracias a las importantes sumas que nuestras familias depositaban para pagar nuestros estudios.

Diego y yo éramos iguales: la misma corpulencia, el mismo tamaño, casi el mismo peso y si no hubiera sido por su típico acento de California todos hubieran podido pensar que éramos hermanos. Nos reíamos de las mismas bromas, teníamos los mismos deseos al mismo tiempo, y si alguien veía a uno de nosotros sabía que el otro no estaba muy lejos de allí. A veces bastaba que uno comenzara una frase para que el otro la finalizara: nuestros pensamientos eran similares.

Como los profesores se irritaban por nuestra constante charla en la clase, inventamos un nuevo juego: una especie de código gestual discreto, que nos permitía comunicarnos entre nosotros sin hablar. Un abrir y cerrar del ojo derecho significaba una cosa, un índice doblado otra y así fue como inventamos todo un vocabulario combinando los gestos básicos. Los profesores, para poder mantener un poco de calma en la clase, nos sentaban lejos el uno del otro, pero con nuestro código podíamos “conversar”desde lejos, sin decir una palabra todo el tiempo que el profesor volvía la espalda a la clase. Para poder ejercitarnos en esta empresa, nos quedábamos a veces días enteros sin pronunciar una palabra, pero intercambiándonos información sólo con nuestras señas. Los otros estudiantes no entendían nada y eso nos gustaba mucho.

De todo lo que nos enseñaban en la Universidad, la esgrima era lo que más nos apasionaba y a veces nos adiestrábamos mucho más que los otros estudiantes. Cuando todo el mundo salía a pasear por los locales de la ciudad, aprovechábamos que la sala de armas estuviera libre para intercambiar unos cuantos pases de espada. Después de los saludos habituales con un amplio movimiento del brazo imitando el paso del sombrero por el suelo y haciendo una reverencia al adversario, como debían hacerlo los verdaderos caballeros, comenzábamos con los molinetes, los asaltos y los atajos, cruzando nuestras armas. Durante los combates, además de las fintas y los amagos enseñados por nuestro maestro, tratábamos de desarrollar otras astucias. Gracias a nuestro espíritu ingenioso y a la afinidad de nuestras mentes, sabíamos cómo parar el ataque del contrincante cada vez, adivinando la dirección de la espada del otro. Apenas inventábamos una finta nueva, pasaba a ser parte de nuestros recuerdos para unirse a la larga lista de lo que ya habíamos aprendido. La noche estaba ya muy avanzada cuando terminábamos nuestro combate.

Nuestra amistad se hacía cada vez más fuerte con cada estocada de la espada. En poco tiempo sentimos que también nuestros cuerpos se habían reforzado y que nos habíamos convertido en hombres hechos y derechos.

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