14. El diario de Ana Frank. Sábado, 11 de julio de 1942
Sábado, 11 de julio de 1942.
Querida Kitty, papá, mamá y Margot no logran acostumbrarse a las campanadas de la Iglesia del Oeste, que suenan cada quince minutos anunciándo la hora.
del Oeste, que suenan cada quince minutos anunciándola ahora.
Yo sí, me gustaron desde el principio, y sobre todo por las noches me dan una sensación de amparo.
Te interesará saber qué me parece mi vida de escondida.
Pues bien, solo puedo decirte que ni yo misma lo sé muy bien.
Creo que aquí nunca me sentiré realmente en casa, con lo que no quiero decir en absoluto que me desagrade estar aquí.
Más bien me siento como si estuviera pasando unas vacaciones en una pensión muy curiosa.
Reconozco que es una concepción un tanto extraña de la clandestinidad, pero las cosas son así y no las puedo cambiar.
Como escondite, la casa de atrás es ideal.
Aunque hay humedad y está toda inclinada, estoy segura de que en todo Ámsterdam, y quizás hasta en toda Holanda, no hay otro escondite tan confortable como el que hemos instalado aquí.
La pequeña habitación de Margot y mía, sin nada en las paredes, tenía hasta ahora un aspecto bastante desolador.
Gracias a papá, que ya antes había traído mi colección de tarjetas postales y mis fotos de estrellas de cine, pude decorar con ellas una pared entera, pegándolas con cola.
Quedó muy, muy bonito, por lo que ahora parece mucho más alegre.
Cuando lleguen los Fandán, ya nos fabricaremos algún armarito y otros chismes con la madera que hay en el desván.
Margot y mamá ya se han recuperado un poco.
Ayer mamá quiso hacer la primera sopa de guisantes, pero cuando estaba abajo charlando, se olvidó de la sopa, que se quemó de tal manera que los guisantes estaban negros como el carbón y no había forma de despegarlos del fondo de la olla.
Ayer por la noche bajamos los cuatro al antiguo despacho de papá y pusimos la radio inglesa.
Yo tenía tanto miedo de que alguien pudiera oírnos, que le supliqué a papá que volviéramos arriba.
Mamá comprendió mi temor y subió conmigo.
También con respecto a otras cosas, tenemos mucho miedo de que los vecinos puedan vernos u oírnos.
Ya el primer día tuvimos que hacer cortinas, que en realidad no se merecen ese nombre, ya que no son más que unos trapos sueltos, totalmente diferentes entre sí en forma, caridad y dibujo.
Papá y yo, que no entendemos nada del arte de coser, las unimos de cualquier manera con hilo y aguja.
Estas verdaderas joyas las colgamos luego con chinchetas delante de las ventanas y ahí se quedarán hasta que nuestra estancia aquí acabe.
A la derecha de nuestro edificio se encuentra una filial de la compañía Keck, de Zandam, y a la izquierda una evanistería.
La gente que trabaja allí abandona el recinto cuando termina su horario de trabajo, pero aún así podrían oír algún ruido que nos delatara.
Por eso hemos prohibido a Margot que tosa por las noches, pese a que está muy acatarrada y le damos codeína en grandes cantidades.
Me hace mucha ilusión la venida de los Zandam, que se ha fijado para el martes.
Será mucho más ameno y también habrá menos silencio.
¿Por qué es el silencio lo que por las noches y al caer la tarde me pone tan nerviosa?
Y daría cualquier cosa porque alguno de nuestros protectores se quedará aquí a dormir.
La vida aquí no es tan terrible, porque podemos cocinar nosotros mismos y abajo, en el despacho de papá, podemos escuchar la radio.
El señor Kleiman y Mip y también Bep Fosquil nos han ayudado muchísimo.
Nos han traído ruibarbo, fresas y cerezas y no creo que por el momento nos vayamos a aburrir.
Tenemos suficientes cosas para leer y aún vamos a comprar un montón de juegos.
Está claro que no podemos mirar por la ventana ni salir fuera.
También está prohibido hacer ruido, porque abajo no nos deben oír.
Ayer tuvimos mucho trabajo.
Tuvimos que deshuesar dos cestas de cerezas para la oficina.
El señor Kugler quería usarlas para hacer conservas.
Con la madera de las cajas de cerezas haremos estantes para libros.
Me llaman.
Tu Ana.