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Sherlock Holmes - El misterio del valle Boscombe, El mister… – Text to read

Sherlock Holmes - El misterio del valle Boscombe, El misterio del valle Boscombe - 05

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El misterio del valle Boscombe - 05

Los acompañé hasta la estación, después me puse a pasearme por las calles de la pequeña población, y por último volví al hotel, donde me recosté en el sofá y traté de interesarme en la lectura de una novela de forro amarillo. La intrincada trama de la historia era, sin embargo, tan mezquina si se le comparaba con el profundo misterio que íbamos a investigar, y mi atención se escapaba tanto de la ficción a la realidad, que concluí por tirar el libro al otro extremo del cuarto y entregarme completamente a la meditación sobre los sucesos del día. En la suposición de que lo que decía aquel desventurado joven fuera absolutamente cierto qué infernal cosa, qué calamidad extraordinaria e imprevista podía haber ocurrido en el tiempo que medió entre el momento que se separó de su padre y aquel en que, atraído por sus gritos, volvió al claro del bosque? Había pasado algo terrible y mortífero. ¿Qué? ¿La naturaleza de las heridas no contendrían alguna revelación para mis instintos médicos? Toqué la campanilla, y pedí el periódico semanal del distrito, que contenía un resumen de la investigación. El medico decía en su declaración, que el tercio posterior del hueso parietal izquierdo, y la mitad izquierda del hueso occipital, habían sido destrozados por un fuerte golpe dado con un pesado objeto. Señalé el sitio en mi cabeza: claro estaba que semejante golpe tenía que haber sido descargado por detrás.

Eso era bastante favorable para el acusado, pues cuando se le vió riñendo con su padre estaba cara a cara con él. Sin embargo, no era una prueba de valor muy grande, pues el anciano podía haber vuelto la espalda antes de que le cayera el golpe. Con todo, valía la pena de llamar la atención de Holmes hacia ese punto. Después, había la extraña referencia del moribundo a una rata. ¿Qué podía significar eso? No podía ser delirio: muy poco común es que un hombre que se muere de un golpe que ha recibido de repente, se ponga a delirar. No: más probable era que hubiera tratado de explicar la manera como habían pasado las cosas. Pero ¿qué podía indicar eso? Yo me devanaba los sesos para hallar una explicación aceptable. Y luego, la tela gris que había visto el joven Mc Carthy.

Si eso era cierto, el asesino al huir debía haber dejado caer alguna pieza de su traje, probablemente su sobre todo, y debía haber tenido el atrevimiento de volver y recogerlo, cuando el hijo estaba arrodillado, con la espalda vuelta hacia ese lado, a menos de doce pasos de distancia.

¡Qué tejido de misterios e improbabilidades era el asunto entero! No me asombraba el que Lestrade se hubiera formado la opinión que tenia, pero al mismo tiempo tenía tal fe en la perspicacia de Sherlock Holmes, que no podía perder la esperanza desde que cada nuevo hecho parecía reforzar su convicción de la inocencia del joven Mc Carthy.

Era tarde cuando Sherlock Holmes volvió. Estaba solo; Lestrade se había quedado en su alojamiento en la ciudad.

—Todavía el barómetro está muy alto—dijo, al sentarse. Es importante que no llueva antes de que vayamos al terreno.

Por otra parte, para una labor tan delicada como esta, un hombre debe estar lo más fresco y reposado que sea posible, y yo no querría emprenderla cansado por un largo viaje. He visto al joven Mc Carthy.

—¿Y qué ha sabido usted por él?

—Nada.

—¿No ha podido arrojar ninguna luz?

—Ninguna. Hubo un momento en que creí que sabía quién había cometido el crimen y lo ó la ocultaba con su silencio; pero ahora estoy convencido de que el asunto es para él tan misterioso como para cualquier otro. No es un joven de inteligencia muy viva, pero su apariencia es simpática, y creo que tiene buen corazón.

—Si es cierto que no quería casarse con una joven tan encantadora como esa señorita Turner, no le admiro el gusto.

—¡Ah! ahí hay una historia bastante dolorosa. Esa joven la ama loca, desesperadamente; pero hace unos dos años, cuando todavía no era más que un muchacho y antes de que la hubiera realmente conocido, pues la niña había estado cinco años lejos, interna en un colegio, qué hace el idiota, sino caer en las garras de una muchacha de restaurante y casarse con ella en la oficina del registro civil? Nadie sabe una palabra del asunto, pero usted puede imaginarse cuán enloquecedor debe ser para él verse impedido de hacer lo que daría los ojos de la cara por hacer pero que le es absolutamente imposible hacer. Una desesperación frenética de esa clase fue lo que le hizo alzar los brazos cuando su padre, en la última conversación que tuvieron, lo compelía a pedir la mano de la señorita Turner. Por otro lado, el mozo no tenía medios de mantenerse solo, y su padre que, según todos los informes, era hombre muy rudo, lo habría literalmente arrojado a la calle si hubiera sabido la verdad.

Con su esposa, empleada de restaurante, habla pasado los tres últimos días en Bristol, y su padre no sabia dónde estaba. Retenga usted ese punto, porque tiene importancia. Algo bueno ha salido del mal, sin embargo, pues la sirvienta de restaurante, al ver en los diarios que está en serios apuros, lo ha arrojado por encima de la borda, escribiéndole que antes de casarse con él ya tenía un marido en el puerto de Bermuda, de manera que realmente no hay vínculo ninguno entre ellos. Creo que esta sola noticia ha consolado al joven Mc Carthy de todo cuanto ha sufrido.

—Pero si él es inocente ¿quién ha cometido el delito?

—¡Oh! ¿Quién? Llamaré la atención de usted muy particularmente hacia dos puntos. El uno es que el asesinado tenía una cita con alguien en la laguna, y que ese alguien no podía haber sido su hijo, porque éste se hallaba ausente, y él no sabía cuándo volvería. El otro punto es que el asesinado gritó: «Cuii» antes de saber que su hijo había vuelto. Esos son los puntos capitales de que el caso depende. Y ahora, hablemos de Jorge Meredith, si a usted le place, y dejemos los puntos de menor cuantía hasta mañana.

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