El misterio del valle Boscombe - 02
Los dos Mc Carthy fueron vistos después de que Guillermo Crowder, el guardacaza, los perdió de vista. La laguna de Boscombe está rodeada de espesas arboledas, entre las cuales y el agua hay una estrecha faja de césped. Una muchacha de catorce años, Paciencia Moran, hija del guardabosques de todo el valle de Boscombe, estaba en una de esas arboledas, cogiendo flores, y declara que, estando allí, vió en el límite del bosque y junto al lago, al señor Mc Carthy y a su hijo, y que parecían reñir violentamente. Oyó al padre emplear un lenguaje muy irritado contra su hijo, y vió a éste levantar la mano como si fuera a golpear a su padre. La muchacha se asustó tanto con la violenta escena, que huyó, y cuando llegó a su casa contó a su madre que había dejado a los Mc Carthy riñendo cerca de la laguna de Boscombe, y que parecía que fueran a darse golpes. No bien había dicho esto, llegó corriendo el joven Mc Carthy y dijo que había encontrado a su padre muerto en el bosque, y pidió que el guardabosques fuera con él. Estaba muy agitado, no tenía sombrero ni su escopeta, y su mano derecha y la manga del mismo lado estaban manchadas de sangre todavía húmeda. Fueron con él, y encontraron el cadáver de su padre tendido en el césped junto al lago. La cabeza había sido golpeada repetidas veces con alguna arma pesada y dura, y las heridas eran de tal clase, que bien podían haber sido hechas con la culata de la escopeta, que estaba en el césped, a pocos pasos del cadáver. Con tales circunstancias, el hijo fue arrestado inmediatamente, y habiendo resultado de la investigación del martes un veredicto de «Asesinato intencional», el miércoles se le condujo ante el tribunal de Ross, el cual ha enviado el caso a los próximos assises. Estos son los hechos principales, tal como resultan de investigaciones del coroner y del tribunal de policía.
—Dificil me sería imaginarme un casó más claro contra el acusado—observé. Si alguna vez las pruebas circunstanciales han indicado al criminal, es ésta seguramente.
—La prueba circunstancial es una cosa muy traviesa—contestó Holmes, pensativo;—pueden parecer indicar directamente una dirección, pero si luego cambia usted un poco su punto de vista, la verá usted entonces indicar, también de manera indudable, algo del todo diferente. Hay que confesar, sin embargo, que este caso parece excesivamente grave para el joven, y es muy posible que éste sea el culpable. Sin embargo, varias personas del vecindario, y entre ellas la señorita Turner, la hija del propietario de las tierras, lo creen inocente, y han contratado al agente Lestrade, de quien se acordará usted por su intervención en el Estudio de Escarlata, para que investigue el asunto en su favor. Lestrade, desorientado, me ha pasado la comisión, y he aquí por qué dos señores ya no muy viejos corren hacia el oeste con una velocidad de cincuenta millas por hora, en vez de digerir su almuerzo tranquilamente en casa.
—Temo mucho—dije—que, siendo los hechos tan obvios como son, halle usted muy poco crédito que ganar en este caso.
—Nada hay más engañoso que un hecho obvio—contestó Holmes, riéndose. Además, es posible que nosotros demos con otros hechos obvios que no lo habrían sido en manera alguna para el señor Lestrade. Me conoce usted demasiado para saber que no me jacto al decir que confirmaré ó destruiré la teoría de Lestrade por medios que él es completamente incapaz de emplear y aun de comprender. Tomando el primer ejemplo que tengo a la mano, observo en este momento, con toda claridad, que la ventana del dormitorio de usted está a la derecha; y pregunto si el señor Lestrade había notado siquiera una cosa tan visible como esa.
—¡Cómo es posible!…
—Mi querido amigo, yo lo conozco a usted bien, conozco la militar pulcritud que lo caracteriza. Usted se afeita todas las mañanas, y en esta estación se afeita usted con la luz del sol; pero como está usted menos y menos bien afeitado a medida que la barba avanza hacia atrás por la izquierda hasta no estarlo más que a trechos en el ángulo de la mandíbula, es evidente de toda evidencia que, cuando se afeita usted, ese lado está menos alumbrado que el otro, porque no puedo imaginarme que un hombre de las costumbres de usted, teniendo luz igual en ambos lados de la cara, se contente con resultados tan desiguales. Y cito esto sólo como un ejemplo trivial de observación e inferencia: en eso está la base de mi metier, y es posible que tales elementos nos sirvan en la investigación que tenemos ante nosotros. Hay uno ó dos puntos de menor volumen que fueron sacados a luz en el sumario, y que valen la pena de ser tenidos en cuenta.
—¿Cuáles son?
—Parece que el joven no fue arrestado en el momento, sino después de su vuelta a la granja Hatherley. Al anunciarle el inspector de la policía rural que debía darse preso, contestó él que eso no lo sorprendía, y que no era sino lo que merecía. Esta respuesta suya tuvo el efecto de desvanecer todas las dudas que podían haber quedado en el espíritu del jurado del coroner.
—¿Era eso una confesión?
—No, pues a esas palabras siguieron protestas de inocencia.
—Semejantes palabras al último de una serie de sucesos tan condenadora, eran por lo menos sospechosas.
—Al contrario:—dijo Holmes—ese es el único punto claro que yo veo por el momento entre las nubes. Por muy inocente que el joven fuera, no había de ser tan completamente imbécil para no ver que todas las circunstancias se acumulaban en su contra. Si hubiera manifestado sorpresa al verse arrestado, ó hubiera fingido indignación, yo habría considerado su actitud como sumamente sospechosa, porque semejante sorpresa ó cólera no seria natural en sus circunstancias, y, no obstante, parecer la mejor actitud a un culpable que tuviera preparada su farsa. La franqueza con que aceptó su situación lo señala, sea como un inocente, ó como un hombre de considerable firmeza y dominio sobre sí mismo. En cuanto a lo de que merecía lo que le pasaba, no hay que olvidar que al decir eso estaba al lado del cadáver de su padre y no hay la menor duda de que ese mismo día habla olvidado su deber filial hasta cambiar palabras con él y además, según la niña cuyo testimonio es tan importante, hasta levantar la mano como para golpearle. El reproche a sí mismo y la contrición que, caracterizan esa respuesta, me parecen más los signos de un espíritu sano que de una conciencia culpable.
Yo moví la cabeza.
—Muchos hombres han sido ahorcados con menores pruebas—observé.
—Así ha sido; y muchos hombres han sido ahorcados erróneamente.
—¿Cuál es la versión que el joven da del asunto?
—Una que temo no sea muy alentadora para los que lo defienden, aunque hay en ella uno ó dos puntos sugerentes. Aquí los encontrará usted: lea usted.