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Sherlock Holmes - Un caso de identidad, Un caso de identidad - 03

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Un caso de identidad - 03

La señorita Sutherland se ruborizó; y sus dedos apretaron nerviosamente el borde de su chaqueta.

- La primera vez que le vi fue en el baile de los gasistas - dijo.- Cuando mi padre vivía, solían enviarle invitaciones, y después siguieron acordándose de nosotros, y enviando las invitaciones á mi madre. El señor Windibank no quería que fuésemos: nunca quería que fuéramos á ninguna parte. Si, por ejemplo, yo deseaba ir á alguna fiesta de escuela dominical, entraba en gran enojo. Pero esa vez me había propuesto ir al baile, é iría, porque qué derecho tenía él para impedírmelo. Decía que esa gente no era de nuestra clase, cuando todos los amigos de mi padre iban á estar allí. Y decía que yo no tenía nada decente que ponerme, cuando tenia mi blusa color púrpura que casi nunca había sacado de la cómoda. Por fin, cuando vió que ningún otro medio podía servirle, se marchó á Francia por negocios de la casa; pero nosotros fuimos, mi madre y yo, con el señor Hardy, el que había sido jefe de nuestro taller; y allí fué donde conocí al señor Hosmer Angel.

- ¿Supongo - preguntó Holmes - que cuando el señor Windibank volvió de Francia, le molestó mucho el que ustedes hubieran ido al baile?

- Pues no: se portó muy bien ese día. Se rió, me acuerdo, se encogió de hombros, y dijo que de nada servía negar algo á una mujer, porque ésta haría de todos modos lo que quería.

- Comprendo. De modo que en el baile de los gasistas conoció usted á un caballero que se llama Hosmer Angel.

- Si, señor. Lo conocí esa noche, y al día siguiente fué á casa á averiguar si habíamos llegado bien la noche anterior, y después no lo vimos…quiero decir, señor Holmes, que lo vi yo dos veces y paseamos á pie juntos; pero luego volvió papá, y ya no era posible que el señor Hosmer Angel fuera más á casa.

- ¿No?

- Pues no: mi padre no quería nada de eso. Nunca llegaban visitas á casa si él podía evitarlo, y solía decir que una mujer podía ser feliz en el círculo de su propia familia. Pero entonces, como yo decía a mi madre, una mujer necesita tener su propio circulo para empezar, y yo no tenía ninguno.

- Pero ¿y el señor Hosmer Angel? ¿Hizo alguna tentativa para verla á usted?

- La cosa fué así: mi padre tenía que volver á Francia una semana después, y Hosmer me escribió para decirme que sería mejor y más seguro no vernos hasta que mi padre se hubiera marchado, y que mientras tanto, podíamos escribirnos. Y me escribía todos los días. Las cartas llegaban en la mañana, de modo que mi padre no se enteraba.

- ¿Estaba usted ya entonces comprometida con ese caballero?

- ¡Oh, si, señor Holmes! Desde la primera vez que paseamos juntos nos comprometimos. Hosmer… el señor Angel… era cajero de una oficina de la calle de Leadenhall… y…

- ¿Qué oficina?

- Eso es lo peor, señor Holmes: no sé cuál.

- Entonces, ¿dónde vive?

- Dormía en la misma oficina.

-¿Y no conoce usted las señas de la casa?

- No, salvo la calle: Leadenhall.

- ¿Adónde le dirigía sus cartas, entonces?

- A la oficina de correos de la calle Leadenhall, «poste restante. Me decía que si le escribía á su oficina, los demás empleados se reirían de él porque recibía cartas de mujer, á lo que yo le contesté ofreciéndole escribir con máquina, como él me escribía á mi, lo que no aceptó, diciéndome que cuando las escribía con mi mano parecían realmente ser mías; pero cuando estaban hechas con la máquina, era como si ésta se hubiera interpuesto entre nosotros. Esto demostrará á usted, señor Holmes, lo enamorado que estaba de mi, y en qué pequeñeces pensaba para halagarme.

- Todo eso es en extremo sugerente - dijo Holmes: - hace tiempo que profeso el axioma de que las cosas pequeñas son las más importantes. Podría usted acordarse de algunas otras pequeñeces del señor Hosmer Angel?

- Era un hombre muy cauteloso, señor Holmes. Preferia pasearse conmigo de noche á hacerlo de día, porque, decía, le desagradaba hacerse notar. Era muy pulcro y caballeresco. Hasta su voz era suave. Me contó que de niño había tenido paperas, y que eso le había dejado muy débil la garganta y una manera de hablar vacilante y susurrante.

Siempre estaba bien vestido, muy correcto al mismo tiempo que sencillo; y como tenía los ojos débiles como yo, usaba anteojos ahumados para protegerlos del resplandor.

- Bien. ¿Qué sucedió cuando el padrastro de usted, el señor Windibank, volvió a Francia?

- El señor Hosmer Angel fué nuevamente á la casa, y propuso que nos casáramos antes de que mi padre regresara. Estaba terriblemente excitado, y me hizo jurar, con las manos sobre la Biblia, que, sucediera lo que sucediera, le sería siempre fiel. Mi madre decía que eso de hacerme jurar era muy razonable y una señal de amor. Desde el principio estuvo mi madre enteramente en su favor, y lo quería aún más que yo. Ese día, cuando hablaron de que el matrimonio se hiciera en la semana, yo empecé á preguntarles lo que diría mi padre; pero los dos me dijeron que eso no importaba, que lo mismo era decírselo después; y mi madre dijo que ella lo arreglaría todo bien. A mi no me gustó eso, señor Holmes: me parecía chistoso el tener que pedirle permiso, cuando sólo era pocos años mayor que yo: pero al mismo tiempo no quería hacer nada incorrecto, así le escribí á Burdeos, donde la compañía tiene su sucursal francesa: la carta, sin embargo, me fué devuelta el mismo día del casamiento.

- ¿No había llegado á tiempo?

- Así es, señor: había llegado á Burdeos poco después de su salida.

- ¡Ah! Esa fué una desgracia. Entonces, se arregló el casamiento para el viernes. ¿Debía ser en la iglesia?

- Si, señor, pero en forma muy privada. Iba á ser en San Salvador, cerca de King's Cross, y después almorzaríamos en el hotel San Pancracio. Hosmer vino á buscarnos en un hamson; pero como los tres no podíamos caber en el coche de dos asientos, nos puso á los dos en éste y él entró en un cupé, que la casualidad quiso fuera el único en la calle en ese momento. Nos otras llegamos primero a la iglesia, y cuando el cupé se detuvo, miramos para verle salir, pero no salió, y cuando el cochero bajó de su asiento y miró, no había nadie adentro. El cochero nos dijo que no podía imaginarse lo que había sido de él, pues con sus propios ojos lo había visto entrar en el coche. Esto sucedía el viernes último, señor Holmes, y desde entonces no lo he visto ni he sabido nada que arroje la menor luz sobre su misteriosa desaparición.

- A mi me parece que usted ha sido victima da un proceder en extremo vergonzoso.

- ¡Oh, no, señor! Hosmer era demasiado bueno y cariñoso para dejarme así. ¡Qué! Si toda la mañana había estado diciéndome que, sucediera lo que sucediera, yo debía serle fiel; y que, aun si ocurría algo imprevisto que nos separara, tenía que acordarme siempre de que estaba comprometida con él, y que él vendría tarde ó temprano á reclamarme el cumplimiento de mi compromiso. La conversación era extraña para un día de bodas, pero lo que ha sucedido después ha venido a darle un significado.

- Ciertamente se lo ha dado. ¿La opinión de ustedes, pues, que alguna catástrofe imprevista ha ocurrido al señor Angel?

- Si, señor. Yo creo que él preveía algún peligro, porque si no, no habría hablado en esa forma. Y luego, creo que él preveía lo sucedido.

- ¿Pero no tiene usted idea de lo que eso pueda haber sido?

- Ninguna.

- Una pregunta más: ¿cómo tomó la cosa la madre de usted?

- Se enojó, y me dijo que nunca volviera á hablar del asunto.

- ¿Y su padre? ¿Le dijo usted algo?

- Sí y él pareció pensar, como yo, que algo había sucedido, y que Hosmer me enviaría pronto noticias suyas. Como decía mi padre ¿qué interés podía tener nadie en llevarme hasta la puerta de la iglesia, y luego dejarme allí? Por otra parte, si me hubiera pedido dinero prestado ó si nos hubiéramos casado y me hubiera hecho traspasar á su nombre mi dinero, habría alguna razón: pero Hosmer era muy escrupuloso en materia de dinero, y nunca habría siquiera mirado un chelín de mi bolsa. Y sin embargo, ¡qué puede haber sucedido? ¿Y por qué no me escribe? ¡Oh! ¡El pensar en esto me enloquece! ¡Y no puedo dormir ni un instante en la noche!

Sacó de su manguito un pequeño pañuelo, se lo llevó á la cara, y empezó á sollozar amargamente.

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