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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, La extraña historia de Jonathan Small - 08

La extraña historia de Jonathan Small - 08

- Quería preguntarle á usted, señor, á quién corresponde, según la ley, un tesoro que se halla escondido. Yo sé dónde hay uno enterrado que vale dos millones y medio, y ya que no me puedo aprovechar de él, he creído que tal vez sería lo mejor denunciarlo á las autoridades, con lo que obtendría, quién sabe, se me redujera una parte de mi pena.

- ¿Dos millones y medio, Small? - balbució el mayor, y me miró fijamente, como para cerciorarse de que le decía la verdad.

- Sí, señor, eso, en piedras preciosas y perlas. Está en un sitio que yo sé, á la disposición del que vaya á buscarlo. Lo más curioso del caso es que su verdadero dueño ha sido declarado fuera de la ley, de modo que el tesoro pertenece al primero que lo encuentre.

- Al Gobierno, Small - me replicó, - al Gobierno - pero lo dijo con un acento que me hizo comprender que ya era mío.

- ¿Entonces usted cree, señor, que debo dar parte al gobernador general?- le pregunté con calma.

- Sí, sí; pero no haga usted nada con precipitación, porque tal vez se arrepentiría usted después. Cuénteme usted cómo es la cosa, Small. Presénteme usted hechos.

Le referí por entero la historia, introduciendo en ésta algunos pequeños cambios para que el mayor no pudiera identificar los lugares; y cuando hube concluido, siguió inmóvil y pensativo. En el temblor de sus labios conocí su lucha interior.

- El asunto es por demás importante, Small - me dijo por fin, - y no debe usted decir á nadie una palabra de él. Pronto volveremos á hablar.

A las dos noches se presentaron en mi choza él y su amigo el capitán Morstan, sirviéndose de una linterna para encontrar el camino por entre la negra obscuridad.

- Deseo que el capitán Morstan oiga la historia de los propios labios de usted, Small - me dijo el mayor.

Yo repetí el relato que le había hecho á él.

- ¿Le parece á usted verdad? - preguntó. - ¿Hay lo suficiente para proceder?

El capitán Morstan hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

- Mire usted, Small - me dijo el mayor. - Mi amigo y yo hemos hablado del asunto y hemos llegado á la conclusión de que en el secreto que usted posee, no toca intervención alguna al Gobierno: después de todo, no se trata sino de bienes privados, que le pertenecen á usted y en el cual usted puede hacer lo que mejor le parezca. Ahora, la cuestión es: ¿Qué precio pone usted á su secreto? Si llegáramos á entendernos en cuanto á este punto, podría ser que nosotros nos hiciéramos cargo del negocio, ó que por lo menos lo examináramos.

El mayor trataba de hablar en tono frío é indiferente; pero los ojos le brillaban de codicia y de impaciencia.

- ¡Ah! En cuanto á eso, señores - contesté, tratando yo también de aparecer dueño de mí mismo, pero mostrándome, á pesar de todo, tan sobreexcitado como él, - el hombre que se encuentra en mi posición no puede hacer más que un trato. Ustedes me ayudarán á recuperar la libertad, lo mismo que á mis tres compañeros. En cambio, les asociaremos á ustedes al negocio; es decir, que les daremos la quinta parte del tesoro.

- ¡Hum! - me contestó. - ¡La quinta parte! La propuesta no es muy tentadora.

- Doscientos cincuenta mil pesos para cada uno de los dos - le observé.

- Pero, ¿cómo podríamos libertarlos á ustedes? Bien sabe usted que eso es imposible.

- No hay tal imposibilidad - le contesté. - Todo lo tengo pensado, hasta los menores detalles. El único obstáculo para nuestra fuga consiste en la falta de una embarcación apropiada para el viaje y de provisiones para el tiempo que éste dure; pero en Calcuta y Madras hay multitud de yates y goletas que pueden servir perfectamente para el objeto. Nos embarcaríamos durante la noche, y con desembarcarnos en algún punto de la costa india, habrán ganado ustedes su parte del tesoro.

- Si no se tratara más que de uno - dijo.

- Todos ó ninguno - le contesté. - Nos lo hemos jurado. Los cuatro tenemos que salvarnos juntos.

- Ya ve usted, Morstan - hizo notar el mayor. - Small es hombre de palabra, pues no abandona á sus amigos. Me parece que podemos tener confianza en él.

- Este negocio es inmundo - contestó el otro. - Pero como usted me dice, con ese dinero podemos retirarnos del servicio.

- Bueno, Small - dijo el mayor. - Aceptamos el negocio; pero antes, naturalmente, tenemos que comprobar la verdad de su historia. Dígame dónde está escondido el cofre, y yo pediré permiso, de modo que en el vapor mensual de provisiones pasaré á la India con ese objeto.

- No tan pronto - le repliqué, calmándome más mientras más se excitaba él. - Yo debo obtener primero el consentimiento de mis tres camaradas. Ya le he dicho á usted que todos ó ninguno.

- ¡Qué tontería! - prorrumpió Sholto. - ¿Qué tienen que hacer esos negros con nuestro trato?

- Negros ó azules - le dije, - yo estoy con ellos, y con ellos tengo que ponerme de acuerdo.

El asunto se arregló en una segunda conferencia, á la que asistieron Mahomet Singh, Abdullah Khan y Dort Akbar. Volvimos á discutir el negocio, y por fin llegamos á este convenio:

Nosotros entregaríamos á cada uno de los dos oficiales un plano del fuerte de Agra, señalando en ellos el lugar donde el tesoro estaba escondido. El mayor Sholto iría á la India á comprobar nuestra información. Si encontraba el cofre lo dejaría allí, nos enviaría un pequeño yate provisto de víveres para el viaje, debiendo esta embarcación detenerse enfrente de la isla Rutland hasta que nosotros la abordáramos, y luego seguir adelante. El capitán Morstan pediría entonces licencia para ausentarse, se reuniría con nosotros, y nos llevaría á Agra, donde repartiríamos el tesoro, tomando el capitán la parte del mayor junto con la suya.

Este convenio lo sellamos con los juramentos más solemnes que la mente puede concebir y la boca expresar. Toda la noche la pasé trabajando, y por la mañana ya estaban listos los dos planos, marcados con la señal de los cuatro: Abdullah, Akbar, Mahomet y yo.

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